viernes, 25 de diciembre de 2015

Cruzando la plaza

Serie de unitarios

Cuarto Relato 

Sin Título Por Eduardo Wolfson


Otro circo que se despedía; los observé juntar sus cosas mientras el polvo se arremolinaba para escaparse del presagio de lluvia. Terminaba la sequía, Del Castillo, el Intendente, no solo engordó kilos y bigotes desde el paso del último coliseo romano, también festejaba el acrecentamiento de su fortuna, pasando horas en la confitería del club, con sus cómplices, el tano, el ruso y el gallego.


  
Cruzando la plaza, sobre la diagonal que plasmaba en monumentos el eclecticismo de los gobiernos locales, presenté mis respetos a un ecuestre general, deseando con vehemencia que algún viento, arroje del pedestal a su brioso equino de bronce.

De golpe, en todos estos años que el miedo nos enseñó a murmurar en voz baja, a comprar la soledad como compañía, a pretender ser los desconocidos de siempre, descubrí que la gente llenó siempre plateas y graderías. Me trastornaba pensar que después de tanto movimiento, de mezcla entre foráneos y locales, no quedase una historia para contar. La única prueba del acontecimiento fueron los agujeros dejados por las estacas y huellas de los garrotes en el baldío. Encendí un cigarrillo tras otro, solo fumaba la mitad y los tiraba encendidos sin pisotearlos. Aturdido, miraba como alguna brasita de la ceniza, se desprendía y elevaba, desapareciendo detrás de un árbol añoso.


Alfonsito, el “enano negro”, se aferró a mi pantalón, y afirmó con ronquera:
 -Vos buscás noticias y yo tengo una.
 Sorprendido, hallé en la espesura del monocromo el origen de su voz victoriosa
-me independizo, voy a ser pupilo del burdel ¿qué te parece?
Creo que subí los hombros mostrando desconcierto e ignorancia. Alfonsito no se amilanó.
- siempre discuto con mi familia, en el circo ocupamos el ghetto, y dentro del ghetto, el patio trasero.
 Provocó un silencio, se apoyó en un carromato y expulsó un susurro:
-por nuestro color de piel ¿entendés?

El padre abrazaba a la madre que tapaba sus orejas tratando de no escuchar, y la hermana menor de Alfonsito, se colgó a su cuello y besó su frente. Se despidieron, sabiendo que las giras del circo, podían ser inversamente proporcionales a los recorridos que Alfonsito tomaría.  Ninguno explicitó lo que colectivamente sentía, pero tuve la certeza que en aquellas vidas comenzaba una ausencia irreversible. Detrás de los últimos rollos de lona, a la cola de los animales, sobre un vagón playo, se acopló el trío oscuro, partiendo con lágrimas, con las gargantas secas, sin nada para agregar. Alfonsito, en una mezcla agridulce de sentimientos encontrados entre lo filial y la aventura, divisó los brazos de los suyos agitando el último saludo. Tardaron en desaparecer, lo hicieron cuando descendió el telón de una polvareda. Lo acompañé a Alfonsito hasta el burdel. Callados, arrastramos juntos una valija de cartón, yo pensando en la extraña demanda del prestigioso establecimiento del amor solidario, requiriendo los servicios de un enano negro, no me atreví a preguntárselo. Con sus ojos saltando casi fuera de  las cuencas, Alfonsito, me dijo sin titubear:

–Se acabó el circo, desde ahora yo construyo mi propio espacio. 

jueves, 3 de diciembre de 2015

Cruzando la plaza

             

Serie de unitarios

Tercer Relato sin título
Por Eduardo Wolfson



Obligado a recrear los sucesos de la atmósfera tenebrosa en una bobina aireada de papel, necesité cada día, para buscar a mis musas inspiradoras en oscuridades densas y sigilosas. En ellas, esfumados a la hora del amanecer, desfilaban personajes y espectros, que entraban y salían de la vivienda o predio acribillado. En horas nocturnas, la realidad era opresión y muerte, mi misión era transformarla, pasarle una mano de esmalte brilloso para la salida del matutino.

Cruzando la plaza en esa noche temprana, creí ver que la vereda se desplazaba en sentido contrario debajo de mis pies. Boris me había dejado claro, que en tiempos de censura, no existía nada mejor que la metáfora para filtrarla, y poder comunicar lo que sucedía.


Necesitaba encontrar al tano, al ruso y al gallego, y entregarles el mensaje. Me hubiese gustado poder publicar con sobreentendidos esa relación pecaminosa entre ellos con el mandamás, tanto, que investigación mediante, convierta la noticia en chicle, extendida por varias contratapas, y que luego, a través de los días, se pierda tenue en las páginas interiores, manteniendo vivo el interés de un público chato y abúlico, ilusionado con que la historia llegue y acabe en policiales. Pero mi miedo, despertaba sospechas hasta de mis sobrentendidos, como mi dirección en la agenda de un desconocido, o mi firma en un reclamo de varios años. La vida me alineaba detrás de la enajenación del pensamiento.

Decidí pasar por el cine para llegar a ver la fila de espectadores, era el día de damas. No me interesaba la función, pero cumplir con la misión ordenada por el Intendente me exigía tantear los territorios pampeanos habituales. Me cuidé muy bien de que Boris no se enterara de esta búsqueda por encargo.  


Boris, solía decirme que me quería como un padre, entonces me aconsejaba con alegorías baratas: “Si no te sentís marinero no te metas en el mar”, “Los nubarrones anuncian solo las primeras gotas, pero el huracán arrecia con refugio y todo”.

En todas las funciones, “Cuenta y Guarda Ganado”, se plantaban a la entrada central de la sala. Sus tareas los obligaba a una guardia pretoriana enfrentándose todos los días en la misma puerta, “Cuenta Ganado” defendiendo con el contador plateado las arcas municipales, y “Guarda Ganado”, los intereses del empresario cinematográfico. “Cuenta Ganado”, comía con los ojos las propinas que recibía “Guarda Ganado”.

-Es “plata negra” (decía, y con bronca agregaba) -dinero que ni la municipalidad ni el dueño del cine contabiliza.
Mientras un hilo de bilis serpenteaba por sus finos labios, su voz intoxicada finalizaba envidioso:
-Plata negra que disfruta solo este “Guarda Ganado”.

Si alguna vez lo supo, el pueblo olvidó su nombre. Le decían “Cuenta ganado” por su instrumento de trabajo, que servía tanto para contar vacas, como para registrar los asistentes a cada función. Consiguió el empleo, en tiempo de democracias de partidos. “Cuenta”, hasta entonces un barrabrava raso de club, sintió que el nombramiento lo “convirtió en un pájaro gordo”. Desde aquel día siempre vistió igual, traje gris, corbata y botines negros. “Guarda ganado”, el acomodador, fue otro al que la memoria colectiva le dejó el mote. Tipo marcial de indumentaria castrense, provista por el cine teatro. Depositaba en el cesto el talón arrancado a la entrada, entregaba el programa, y recibía la propina con un (gracias…) rayado en la g. y extendido en la s. Fue él que con un halo misterioso me dio una pista: -El circo se despide, lo están desarmando, buscá por ahí, que a lo mejor encontrás al ruso detrás de una trapecista. Cuando llegué, del coliseo circense quedaban trancas, sogas, lonas y palos, cayendo a la primera noche de un día gris y ventoso. Caminé por el perímetro del cadáver de la carpa, no visualicé al ruso, pero si al gallego que mostrando la cacha de su pistola, le recordaba al del puesto del choripan, que no estaba exento del pago de peaje. A pocos metros, el tano ocupaba el lugar del acompañante en un falcon verde. Informé, y armé la hora y el día de encuentro en la sacristía con el Intendente, ellos se encargarían de anoticiarlo al ruso.

Fue en esos días que publiqué la compra por parte del Intendente, de unos campos que pertenecían a la familia Reguera, tradicional del lugar, y también, me dediqué a describir el extraño e improvisado viaje, que los Reguera en pleno iniciaron, después de dejar sus firmas en el escribano por lugares recónditos en otros continentes. Recuerdo, en uno de esos días que consultando enciclopedias, narraba el safari imaginario de la familia, tuve la necesidad de enfrentarme al espejo para saber como lucía. No me encontré, solo divisé la imagen de una idea que no me gustaba.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Cruzando la plaza

           Serie de unitarios
                      Segundo Relato Sin Título
                                      Por Eduardo Wolfson     
            Subí las viejas escaleras gastadas de mármol de la redacción, José el sereno me sirvió una taza de café humeante. El inminente parto diario del matutino, puso mis nervios en tensión derrotando cualquier hechizo. A mi ingreso, las órdenes de Boris, propietario y director, fueron claras, “no se publica nada sobre madres llorando por hijos desaparecidos”, “lo insoslayable, se relata con las palabras enfrentamiento, subversivos, cadáveres, fuerzas del orden Etc. Etc.” “Tener siempre a mano notas de color sobre personajes de la localidad para rellenar”. Hasta allí, sus instrucciones habían servido para esquivar y preservar nuestras vidas. El mundial de fútbol, fue un derrame de agua bendita, y salir campeones, la cereza que coronó el postre. Ese mes, lo recuerdo como el más sencillo para escribir y completar cada número, sin necesidad de bucear para transformar el dolor en tibio entretenimiento. Pero esa tarde, seis años después, golpeé la puerta de su despacho, no era rutina, necesitaba consultarle acerca de como ocultar una Plaza de Mayo llena, con un muerto, y obreros pidiendo pan y trabajo. Me senté frente a él, escuché su discurso, sus reproches, esperando el momento de la copa de whisky, el de la ternura. En esa reunión, Boris agregó un mandato ahorrándome preguntas “Las Malvinas son nuestras, las ocupamos, echamos al invasor, inventamos batallas y nuestros oficiales y soldados son héroes” De golpe la guerra. La Plaza del pueblo masacrado dos días antes, se convirtió en territorio de cantos, banderas, y una voz borracha, uniformada en el balcón, aplaudiendo a la próxima sangre.

            Cruzando la plaza, en aquel abril cuando las hojas caían, advertí que en el pueblo desaparecieron los horizontes abiertos. Habitábamos el interior de un gran sarcófago, sus muchas puertas y ventanas, encerraba el llanto y el gemido desgarrador de mis vecinos, algunos adivinando la muerte sin lápidas, y otros, el terror de la guerra amputándoles a sus hijos.

            Del Castillo, el Intendente, exultante llegó al club. Agitaba un papel exhibiendo un aire triunfador. Los popes, como solía llamar a aquel conjunto de viejos un poco próceres, y otro poco, dueños del pueblo, se sorprendieron.
-Acaban de declarar a nuestra fiesta, "fiesta nacional". (Exclamó el Intendente)
            Arrojó la nota con membrete del gobierno, el sello y la firma del general a cargo de la presidencia sobre la mesa, se arrepintió, y volvió a tomarla para refregarla en mi nariz, interrumpiendo el trago de mi fernet cotidiano, en la mesa junto a la ventana.
            No me sorprendió la actitud de Del Castillo, sus exabruptos me eran familiares, desde aquel día, que ha su pedido nos reunimos en la sacristía, cuatro años atrás. Mientras el párroco, tercer habitante del recinto beatífico, simulaba desatención frotando una platería, el intendente me acercó a un rincón haciéndome una propuesta que acepté. Quería que piense y escriba sus discursos. Cuando estrechamos nuestras manos, me advirtió que nadie debía enterarse del trato, incluido Boris.
- Ponete a tono con las circunstancias pibe. (El intendente desplegó una sonrisa abierta que percibí como advertencia).
           
            Fui periodista del diario local, también escribiente, mandadero y alcahuete del mandamás político, elegido democráticamente por una junta de las tres fuerzas. Sentí que era un comodín de comodines. Flotaba en una nube que se deslizaba sobre el fango, y más allá de un juego que tomaba aspecto de querubín, supe que el paseo podía terminar en una fosa.

            Los popes festejaron como si fuesen chicos que les salió bien la travesura. Lorenzo, el mozo, sin esperar el pedido, les depositó el cinzano y unas cuantas copas, simultáneamente el pibe, colocó los platitos tradicionales, aceitunas negras, queso mar del plata cortado en daditos y maní con cáscara. Hubo brindis, mucha alharaca y disolución de reunión.
            El Intendente, callado, pensativo, e inflando los bigotes se sentó frente a mí. Su brazo detuvo a Lorenzo que se acercaba pensando que había un pedido en ciernes. Al fin me habló:
- Prepárame una reunión urgente en la sacristía con el tano, el ruso y el gallego, también voy a necesitar al escribano, pero lográ que no se crucen. Como siempre, esto queda entre nosotros.
            Del Castillo se fue, no sin antes saludar a Lorenzo con un estruendoso ¡Viva la patria!


            Al tano, el ruso y el gallego se los veía muy poco por el pueblo. Cuando yo terminaba la primaria, ellos pisaban los 30. El tano fue contador, el ruso viajante y el gallego cana en la Federal, desplazado por la fuerza, según él, debido a un dolor insoportable,  provocado por sabañones que cultivaba en sus dedos, durante los fríos intensos de patrulla en el invierno capitalino.
            Cuando se juntaban, cada vez con menos asiduidad, lo hacían en el boliche o el burdel.  El tano leía La Prensa, decía que era un diario serio con periodistas de raza e información objetiva. El gallego opinaba que el tano hubiese deseado ser oligarca, dueño de campos luciendo apellidos bostosos. En cambio el ruso tenía todas las materias aprobadas de su profesión: contar chistes, jugar póquer, y levantarse una mina en cada pueblo para asegurarse compañía y no pasar necesidades. Los tres disfrutaban en común, todo aquello que involucraba lo que reconocían con la sigla (PRP) picana-retorno-peaje.
           
            Esa semana, mi pluma se permitió pintar con lujo de detalles el hundimiento por parte de nuestra armada del sheffield. En las noticias locales, como pie de página, mataba a nueve subversivos en un enfrentamiento, sobre campos aledaños escriturados recientemente por el Intendente, especificando que no tuvimos que lamentar bajas en las fuerzas del orden.


domingo, 1 de noviembre de 2015

“Cruzando la Plaza”

Serie de relatos sin título

por Eduardo Wolfson

            Pasaron más de siete años. Continúo caminando
por estas calles desdibujando el dolor. El encuentro inesperado con Antunez, al que hasta hoy solo conocí por foto, sacudió mi memoria, perforada por tantas ausencias, hechos terroríficos, algunos tragicómicos. Pasaron siete años desde mis 25, desde la noche en que se apagaron todas las luces ocultando ilusiones de pueblerinos dejando solo sus acciones mecánicas. Un día antes, el 23 de marzo, me incorporé al diario para redactar necrológicas y archivar sociales, el turco me advirtió que si alguien preguntaba por Antunez, le diga que yo lo reemplazaba, y que no tenía idea de su paradero.
            Boris, el director, me recibió en su despacho, habló sobre el sacerdocio periodístico, lo hacía como un autómata. Observé que su línea argumental perdía cordura, como si hubiese desertado. No fue el gong que lo salvó del despiste, sino Simón que me dejó unas palabras de bienvenida, y me explicó la rutina. Al día siguiente el panorama fue otro. Junto a la municipalidad, y rodeando la plaza, vi tanquetas y camiones del ejército. En la puerta del diario, cuatro soldados pertrechados pedían documentos, palpaban a los que ingresábamos y marcaban una planilla. En la redacción, Boris se encontraba flanqueado por dos oficiales, uno de marina y otro de ejército. Participaba del encuentro el Obispo, y un tal Del Castillo, estanciero de la zona que los milicos nombraron Intendente.

            Esa madrugada, caminé por el adoquinado principal que se estrellaba en la plaza. El pueblo era algo más, nací en él, y ahora atravesaba los 25. Tenía el hábito de llevar una libreta de apuntes y un bolígrafo, los vecinos me apodaron “El periodista”. En la adolescencia compartí con ellos, y en voz alta, mis sueños. Después nació y creció el miedo, y los sueños se volvieron muy privados. Decía que caminé por el adoquinado principal que se estrellaba en la plaza, y estaba solo. La oscuridad despeñaba agua nieve, presagios helados que porfiaban por penetrar mi gabán de cuero y gorro de lana. Mis pasos enfrentaban la llovizna inclinada. A esa hora, el pueblo se volvía inasible. La Municipalidad, la catedral, la plaza con sus próceres de hormigón, a todo lo envolvía una pátina fantasmal. El pueblo operaba como atrancado, los sobrevivientes cerraban sus ojos, jugaban a soñar.

            Avancé cruzando la plaza, tratando de armar el sentido de la conversación impertinente que acababa de tener con Antunez. Solo la luz del burdel detrás de la parroquia y en extramuros, Hablaba de vida sirviéndome de guía. Yo sabía muy poco sobre Antunez. Que fue redactor estrella, y que las “tres A” le dejaron una advertencia, tras la cual, sin tiempo para hacer maletas, Antunez dejó el pueblo. Tengo la certeza que él me esperaba, lo digo porque exageró su abrazo y presentación, como si desde el pasado nos uniera una vieja amistad.

 -No tenés idea de lo que se extraña todo esto. (El vozarrón de Antunez inundó la cuadra mientras desgarraba nuestro abrazo)
- Me lo imagino. (Alcancé a contestar sin convicción)
- Estar allá con el pensamiento siempre acá, y al mismo tiempo la impotencia de saber que lo que podés hacer es muy poco. (Llamó mi atención lo bien que modulaba)
- ¿hacer qué? (Pregunté confundido)
- No, no comprendés, vos te quedaste acá. (Me humillaba con tono resignado)
- Porque me quedé acá ¿no te comprendo? (Observé su rostro surcado por arrugas)
- Cuando estás con los tuyos no aprecias el valor. (Sus manos jugaban en mis solapas)

- Entonces, ¿los tendría que haber dejado?
- No dije eso.
- ¿Entonces?
- A mi no me dejaron otra posibilidad, que la de tomarme el buque.
- ¿Otra posibilidad?
- Por qué no largas el reproche pibe. (Su actitud intimaba)
- No hay reproche Antunez, alguna duda tal vez.

 - Esa tarde entraron en la redacción, me salvé porque no estaba.
- Me contó el turco, que nunca te nombraron
- Y ¿con eso qué?
- Simplemente nombraron a un tipo con lentes gruesos.
- Vos sabés que era yo, fue por lo de la nota aquella.
- Pero si esa nota nunca la publicaron.
- Para mi fue el turco el que me señaló.
- ¿Por qué?
- Es pro milico, y esa nota le vino como anillo al dedo.
- Pero no se publicó.
- Pero la leyó.
- ¿Esas son todas las pruebas que tenés?
- En aquel entonces no necesitabas pruebas pibe, suficiente con figurar en una lista negra y saberte perseguido.

            Nos sentamos en el café. Sin entender por qué yo tenía que recibir todas sus justificaciones, le pregunté:

- Y a vos quién te perseguía ¿Credibono?
- No seas gil, no necesitabas ser Firmenich para que te chupen. Irnos, fue la única manera que encontramos para seguir luchando
-¿Cómo?
- Desde afuera organizamos la resistencia y te puedo asegurar que no fue nada fácil.
- ¿Organizaron qué?
- La resistencia, denunciábamos a los milicos, tratábamos de obtener el apoyo de los lideres europeos, organizábamos conferencias de prensa para revelar al mundo la existencia de los desaparecidos, hicimos festivales para recaudar fondos. ¿O vos te crees que éramos turistas?
- Yo no creo nada.
- Los milicos no se fueron solos. El sacrificio fue muy grande. Andar como parias en un lugar que no es tu tierra, en muchos casos no saber que fue de tus seres queridos y tus compañeros, y no te digo nada de las veces que nos faltaba la guita. Pero le pusimos el pecho a todo, sabíamos que éramos el reaseguro, para que el mundo sepa lo que pasaba aquí.
-Tengo el honor de estar sentado con el héroe Antunez.
-No me cargués.
- No, si lo siento de verdad. Mientras vos te inmolabas tomando vino francés barato junto al Sena, por nosotros, aquí nos rascábamos las bolas.
- ¿¡Qué querés decir!?
- Nada, te quiero decir que nos acostumbramos a no decir nada, salvo eso de que las paredes oyen. Mientras vos en un festival en Italia, gritabas a los cuatro vientos y por un micrófono, que la tortura y los desaparecidos existen, nosotros callábamos, sabiendo en las tripas que los desaparecidos ya no existían y que residíamos en el borde de un agujero, adelgazando con el régimen del silencio. Es el reflujo de masas que le dicen, Antunez. Fue tanto el miedo, que compré unos auriculares, en aquel entonces me costaron medio sueldo, para poder escuchar encerrado un disco, que guardaba en un berretín, de Viglietti o la negra Sosa.

            Antunez  miró mis ojos, y yo sus manos, jugueteando nerviosas con el pinche de la adición. Tratando de desmoronar la sorpresa y la tensión consecuente habló reflexionando.

-Bueno, pero después de todo, a vos no te vino tan mal que me raje, te quedaste con mi puesto
- imagino tu desazón europea, extrañando a la compañera que dejaste embarazada, al bife de chorizo y al mate bien amargo
- no me jodas. (Se levantó, y ofendido, Antunez desapareció sin pagar el café)


domingo, 18 de octubre de 2015

Manual Practico del discurso

El siguiente texto, pertenece a la sección Mar del Plata   
escrito por Eduardo Wolfson

Intendente en campaña


Declaraciones a la prensa.
            
     Se debe estar prevenido. Hoy, los periodistas se aparecen y se multiplican en un instante. No se sabe de dónde, pero en menos que canta un gallo caen sobre usted grabadores, micrófonos y cámaras. Estos pro-hombres de la comunicación, no muestran respeto, ni siquiera  para que su excelencia elija su perfil más agraciado.

Evite siempre:
            1) Que sus guardaespaldas, usen a la vista de todos la cruz svástica como 
                 amuleto de la suerte. Si estuviesen tatuadas, compre en la mercería pitucones 
                 de cuerina y aplíqueselos con la plancha sobre los tatuajes.
            2) Vestir uniforme de boy scout para levantar el brazo y gritar
                 “Siempre listo”.        
            3) Decir que no tiene nada que declarar: Inmediatamente será tomado por inútil.

Como obrar:
            1) Sonreír a todos
            2) Vestir un traje de alpaca inglesa de corte moderno
            3) Dejar que pregunten todos a la vez sin interrumpir
            4) Terminadas las preguntas, comience a hablar sin precisiones, 
                 utilizando términos generales y contenedores, nombrando a la 
                 pobreza que deja el oficialismo, pero sin dramatizar ninguna cuestión.

Ejemplo
            <Toda mi vida, he posado mis manos en las criaturas más necesitadas. Debemos entre todos, coser el hilván de esta sociedad fragmentada, heroica, rota y trágica, que nos conmueve, cuando vemos la entereza que posee para soportar la democracia>.

            En la conferencia de prensa, mi querido futuro Intendente, no faltará un periodista desfachatado que lo interrumpa. El impertinente agitando a las masas, seguro, querrá conocer su pensamiento sobre la seguridad, las cloacas, el costo para los usuarios de transporte y  los abusos sexuales.
            Por favor, en este punto, la concentración es indispensable:
1) no se haga el desentendido
2) no transforme sus rasgos como si hubiese visto al mismo demonio
3) no se persigne
4) sonría mostrando su hermosa dentadura blanca y completa.
5) conteste de un modo elíptico


La réplica, tendrá que dársela de la siguiente forma:
1) debe fruncir su frente
2) que todo su gesto indique el advenimiento de una reflexión profunda.
3) luego delinea un rictus de calma y por fin, se pronuncia:

            < La adversidad que nos ha golpeado estos años, acompañada por la falta de obras, ha actuado de dos formas en la comunidad. Una parte vio  fortalecido su espíritu e iluminado su mirada, y otra, se ha desviado, siendo cómplice de la ponzoña inmigrante que ha invadido la ciudad, porque sus fronteras son un colador. En estas circunstancias mi gobierno será inflexible, la ciudadanía responsable tendrá que armarse, pedir el pasaporte a su vecino y no cometer abuso sexual si dicho vecino es blanco. Para la adquisición de armas daremos créditos blandos para reactivar la economía. Habrá empleo y un emisario submarino que no estará de adorno. Espero haber contestado satisfactoriamente su pregunta>
             El discurso no solo se dice, sino que se actúa:
1) Tenga en cuenta siempre que lo máximo, es atender en Buenos Aires.
2) Usted se colocará en el centro del escenario.
3) Un haz de luz azul, venido de las alturas abrigará su figura.
4) Su visión no reconocerá obstáculos, su única conexión parecerá que lo es con el infinito.
5) Debe inflar la cavidad torácica, abrir armónicamente los labios.
6) Pronunciará primero solo sonidos que convertirá en falsetes, y en este estado de concentración irradiará su primera palabra, cualquiera del “gran camelote”.
           
            Seguramente, el periodista, insistirá en temas como el abuso sexual, ya que está comprobado que el mismo mide buena audiencia. Párelo en seco y diga:
<La nuestra es una historia real, en la cual se conjuga lo emblemático como fruto de un desgarro muy doloroso, pero que también muestra la desidia, la negligencia y la falta absoluta de protección a la que estamos expuestos los ciudadanos inocentes de este país>.



sábado, 10 de octubre de 2015

Todavía no hemos cosechado el derecho a comenzar

Aquí comienza este mejunje
que es simplemente el mundo en que vos y yo vivimos.
Aquí comienza.
Y hasta aquí llega mi esperanza o la tuya,
o la de aquel pibe que da sus primeros pasos,
en esto conmensurable, quizá el bien más escaso,
que llamamos vida.
Pero recién inauguramos este mejunje,
nos queda todo el tiempo para atravesarlo hasta
el mismísimo final.
Sabremos de la despedida, te lo aseguro.
Nuestra cuidadora dejará su sombra en la puerta entreabierta.
Nos mirará con sus ojos negros respetando ladistancia.
Sabemos lo que está esperando, sembrándonos de dudas.
Aquí se entabla este mejunje, el mundo en que vos y yo vivimos.
¿Quedará tiempo para hacernos preguntas?
Escucharemos el golpeteo seco de la puerta cerrándose
La puerta quedará definitivamente cerrada cuando ella se retire.
¿Luego luchará la memoria contra el intruso olvido?
Aquí se origina este mejunje
Será un escenario sin árbitro ni relatores.
Se desdibujarán los rostros, y de inmediato sus nombres.
Estarán presentes los ojos de la piba sonriente, anunciando una lágrima

derramada en nuestro rostro.
Sentiremos un viento, un último viento frío.
Pero ¿cómo puede ser? Si puerta y ventana están cerradas.
Parece que cuento el final de este mejunje, pero no quiero.
Todavía no hemos conquistado el derecho a comenzar.
Todavía no hemos asaltado el derecho a comenzar.
Todavía no hemos derrotado el derecho a comenzar.
Recién aquí despunta este mejunje
La luz se convierte en tiniebla y la tiniebla en oscuridad.
Aquellos ojos de la piba sonriente ya no están
Aquí arranca este mejunje, ¡grito!
Como un tornado que todo lo da vuelta,
la oscuridad pasa a ser nuevamente tiniebla, y ésta luz, resplandece.
Todavía no hemos sujetado el derecho a comenzar.
Aquí recién ataca este mejunje, y
todavía no hemos alcanzado el derecho a comenzar.

                                Eduardo Wolfson







lunes, 5 de octubre de 2015

Manual Práctico del discurso

El siguiente texto pertenece a la Sección Mar del Plata  

Marketing para un
 Futuro INTENDENTE en campaña


            
            Se acabó el bajo perfil mi estimado candidato, estamos en campaña. Salga a la calle como un ciudadano más, sabiendo que lo rodearan periodistas, movileros y muchos lameculos, los que alabarán para la opinión pública "la actitud altamente democrática del hombre político que no teme mezclarse cotidianamente con el llano".
            Una vez asediado se detiene, arruga el entrecejo para luego distenderlo y con una voz íntima, casi confidente, se refiere a la pobreza, destacando la proeza cotidiana de quiénes tienen el destino de habitarla. Usted es un animal político al fin, no necesita ninguna indicación, toma en sus brazos a un chico asustado por tanto alboroto, avanza unos metros seguido por la purretada. Cuando alcanza a ponerse frente a la cámara de la televisión y visualiza la toma de un primer plano, con su pañuelo seca los mocos de la criatura y besa sus lágrimas aunque sienta asco. Ni bien deje de ser el centro de los camarógrafos, no olvide de deshacerse del chico, tirar el pañuelo en la primera fogata de la villa, y dejar a la purretada en manos del flautista de Hammelin. Cerca suyo, seguro que han quedado adultos que votan, hasta aquí todo el mensaje gestual fue para ellos, pero ahora, debajo de la lluvia finita que atraviesa los agujeros de sus paraguas, quieren oír las palabras del macho, que en poco tiempo más realizará el milagro de conducirlos. Comience marcial   
-Nuestra historia nos enseña muy bien que los ejércitos de la patria se formaron con héroes. No fueron otra cosa, aquellos generales de la civilización, los Rivas, los Paunero, los Elías, los Rauch, los Conessa, los Mitre, los Escalada, los Baigorria y tantos otros como nuestro benemérito fundador civil.
Con pocos apellidos en su voz de mando, usted baja línea. Para rematar, continúe – Ellos nos liberaron de la barbarie, me refiero a los coliqueo, los Pincén, los Catriel, los Namuncurá y sobre todo, el gran Cafulcurá.
Desgraciadamente atravesamos un momento democrático, así que deberá pulir un poco la idea. Ensaye una expresión tierna, aunque le duela, y empate
- Estoy nombrando a los que transformaron en combustible enérgico y arrollador, capaz de producir para el mundo una nación nueva, pujante y de iguales. Ahora acuérdese de la condición de pobres de esos morochos que votan, debe esperanzarlos. Por ejemplo:-Esta nación se templa en magnos sacrificios que nos señalan un futuro, en cuya hechura participan también ustedes, como dije al principio con su proeza cotidiana de transitar la pobreza.
 También introduzca un renglón para disculparse,(de nada), pero en el imaginario de los que escuchan se instalará la idea de su modestia.
 -Puede ser que en estos días, en los que brota el amor, las emociones y la solidaridad de nuestros corazones, podamos sin intención, cometer algunos errores menores en cuánto a los procedimientos burocráticos, pero no dudo un segundo, seguro de interpretar el sentimiento de nuestros vecinos, que esos errores se disculpan por carecer de existencia cuando la ejecutividad de los actos, permiten cristalizar el anhelo de la mayoría.


No deje el tema ahí, puede agregar algo que parezca más concreto
 - -    Yo sé que pude parecer anti democrático y por lo tanto egoísta y además, nunca faltará alguna mente afiebrada que vea en este hecho un acto de nepotismo y corrupción.
    Haga un paneo de sus oyentes y continúe exhibiéndose generoso, prometa planes de viviendas, generación de empleo, no diga nada sobre el muro. Nombre a los municipios vecinos como hermanos, no como delincuentes inmigrantes. No olvide de pedirles el voto cuando sus acompañantes repartan boletas, y si lo cree necesario, acaricie una cabecita más, Boris Karlof lo hacía.

De la oposición diga – han tirado nuestro pasado arrojando nuestros valores en el lodo.

                                                                                                     Eduardo Wolfson