lunes, 12 de diciembre de 2016

REMEMBRANZAS

Los porta retratos




             El sol separa las luces y las sombras de la manzana. Del otro lado, en la calle paralela, la arboleda se agita suave, verde, resplandece molesta encandilándolo en su fronda. Los lentes sucios, sus ojos irritados, lo obligan a agachar su horizonte. Con el índice y el pulgar, a cada lado de la nariz, refriega la picazón que aguijonea entre sus pestañas. La visión tan corta no puede dar crédito a la imagen difusa, será el espectro de una mujer se pregunta. A esta altura, distintas densidades avanzan juntas por la calle paralela. Mientras, su rostro construye un camino de arrugas, son como surcos labrados en una escultura de piedra. Hasta ahora camina lento por la plaza. Por culpa del rictus, su dentadura superior postiza se refresca a la intemperie. Se deja caer en un banco de madera, usa la mano como palanca con punto de apoyo en el respaldo. Se desplaza a lo largo hasta quedar completamente extendido. Casi sin sentido, advierte que su cabeza descansa sobre la falda de la mujer, la misma que le ofreció un té laxante a la salida de la pensión, y que él rechazó. La pensión, aguantadero, tugurio, términos sistemáticamente degradados que incorporó a su léxico para amortiguar el choque con la certeza del final. Aquel individuo que lo llamaba compañero, todo lo que hizo al fin es depositarlo en aquel espacio maloliente. Una cama desvencijada, un ropero de una hoja y sin espejo, y cuatro paredes, con una mixtura de pinturas y papeles, pretendiendo detener la humedad. Sin ventanas, solo una puerta angosta sosteniendo una claraboya, que muy de vez en cuando era penetrada por un rayo escuálido de sol, abanicado y acabado en la cabecera de la cama fundando líneas, que junto a la imaginación del que la padeciese, implantaba una figura.  Él, que si de algo se había jactado, era de su
agnosticismo, en ese sitio vio a la virgen.
Su vida se catequizaba en el efecto multiplicador de un cúmulo de ausencias que lo acompañaban transparentes por espacios verdes. En el hospedaje, sus ausencias eran presencias en una fila de porta retratos compartiendo el espacio estrecho. Cada anochecer Iluminaba el cuchitril con una lámpara enmarcada en telarañas, que por impotencia ofendían la intensidad casi nula de su luz. La ceremonia rutinaria, casi religiosa, consistía en pasar una franela desempolvando los vidrios que amparaban las imágenes cronológicas de amigos, novias, compañeros de lucha, y por fin, su árbol genealógico. Luego repasaba bajo la escasa luz y su poca vista, una por una las fotos. Sus ojos secos le impedían la lágrima y le inducían ardor. A la última noche, tuvo la certeza que un socavón minero la penetraba. Al día siguiente, la casera acompañó a los obreros municipales hasta el cuartucho. En el interior del cajón claveteado y sin cepillar, colocaron cuidadosamente los porta retratos. No hallaron cadáver. La mujer se asombró cuando depositaron el último, su inquilino desaparecido sonreía.
                                                                                  Eduardo Wolfson



domingo, 4 de diciembre de 2016

Remembranzas

Un gran lagarto verde                                      Por Eduardo Wolfson

            
                                   
 El avión comienza el aterrizaje, la azafata nos indica la temperatura en el aeropuerto José Martí. Me descubro llorando, entre lagrimones diviso la pista. Carreteamos, todos aplauden, yo no puedo. Experimento a mi cuerpo convertido en ovillo, tal vez, producto de la vergüenza que siento por el llanto. El mandato estúpido de mi infancia todavía intenta gobernarme: “los hombres no lloran”. Lo mando al demonio, y con él, esta carga de siempre cuidarme del ridículo. El aparato se va deteniendo, una pequeña ventana, me separa de los primeros hombres que veo en tierra. Tengo 43 años, apenas falta una década para que termine el siglo. Aún no estoy seguro que esto me esté pasando, quizá, solo se trate del mismo sueño, que en sustancia repito desde hace 30 años. Dos azafatas, paradas en la puerta de salida, nos despiden con una sonrisa aerocomercial. Sobre la escalera, una brisa cálida me pega. Poco a poco, mi ser bebe por sorbos el encuentro con el gran lagarto verde de Guillén. Cada escalón que desciendo, me retrotrae a episodios de mi vida. Los saqueos del 89, “la casa está en orden del 87”, las esperanzas democráticas del 83, el desarraigo, el exilio interno, el silencio y la muerte del 76, la decepción y la bronca del 74, la algarabía joven de un espejismo de 30 días, en el 73. Lo veo a Fidel comiendo un choripán en la costanera, y escucho una voz engolada diciendo por la radio Colonia de los 60: “Cuba, la perla de la Antillas, hoy convertida en el infierno de América”. Y aquí estoy, en este 1990, apoyando mis pies en esta pista de aviación, y llorando no solo mí llanto. En este momento, mi cuerpo es el desborde de muchos que quedaron en el camino, sobre todo del Gato, amigo entrañable, con el que planeamos muchas veces recorrer América, para poder llegar a esta tierra libre. En el 85 nos dijo chau. A mi lado, tengo la impresión que una mujer se está cayendo, pero no, se arrodilla sobre la pista y la besa. No se por qué, evoco cuatro líneas que conozco de un verso de Martí. “mi verso es como un puñal / que por mi puño echa flor /mi verso es un surtidor / que da un agua de coral”. 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

            ¿La despedida?                                            Eduardo Wolfson

            Tomé el camperón relleno con pluma de ganso, lo inspeccioné. Por fin lo encontré en el bolsillo secreto más grande, ese con dos cierres reforzados y solapa. Lo acaricié sin lastimarlo. En el micro, la calefacción atosigante, me obligó a dejar el abrigo junto al bolso en el portaequipajes superior.
            El viaje, Buenos Aires Ushuaia, interminable. Me propuse protegerlo con mis manos en todo el trayecto, ni siquiera me desprendería cuando la azafata sirviera la cena. Resistí, delante de los otros pasajeros totalmente desconocidos, por temor a que alguien me lo quite en alguna distracción por causa del paisaje, o una frenada brusca, o segundos de somnolencia.
            Con mis palmas formé una cunita en la que iba súper cómodo, abrigado y protegido. En la estación de Ushuaia tomé un taxi, puedo jurar que llevaba el camperón puesto, el frío intenso de junio no me permitía otra cosa. Recuerdo que tomé la precaución de cerrar el medio centímetro de ventilación. En el hotel tomé una habitación, observé minuciosamente el sitio sin encontrar nada que lo haga sospechoso. No había cámaras y tampoco parlantes adheridos a los tabiques. Convencida, me quité la campera, y lo extraje  del bolsillo, lucía resplandeciente, como el primer día.
Volví a acariciarlo y me despedí.
            En el hall algunos grupos de huéspedes esperaban la apertura del comedor para cenar.
            Al regreso, la sorpresa fue mayúscula, sentí a mi corazón latir desproporcionadamente, él no estaba. Creo que intenté pedir auxilio, sé que un desmayo me dejó fuera de juego. Recuperé la conciencia en el sillón de dos cuerpos de la entrada. Me vi rodeada por gente ruda que abanicaba con revistas mi rostro. Al notarme despierta, comenzaron las preguntas: “¿Fue mucho dinero lo que le robaron?” Yo no hablaba, solo respuestas negativas de cabeza. “¿Tal vez un recuerdo de mucho valor?” Yo continuaba negando. Vi a un policía salir del cuarto, se acercó y me dijo: “No hay ningún equipaje que aparezca violado, ¿usted está segura que lo que le robaron estaba allí?”
            Esta vez contesté afirmando, pero siempre muda. A su pedido, lo acompañé hasta el destacamento para llenar las formulas de practica. La situación inesperada me desestabilizó y no pude ocultarle al escribiente dos lagrimones que surcaron mis mejillas. Tuve que deletrearle varias veces mi apellido, mi origen y edad. Cuando preguntó por lo robado respondí naturalmente: “mi amor”. El uniformado detuvo el tecleado de la lexicon y me miró por primera vez. Al final volvió al interrogatorio:
-¿Tenía mucho valor?
Sentí que el corazón se me estrujaba, aquella interrogación en pasado, me llevó a imaginar el más cruel de los desenlaces. El hombre, me ofreció un vaso de agua. Tomé dos sorbos aliviando un fuerte dolor que me atravesaba la boca del estomago hasta la columna vertebral. Corriendo el carro de la máquina de escribir preguntó: “¿pesaba mucho?”
            Otra vez hablaba en pasado. Sacada de quicio separé sus manos del teclado y grité: -¡Pesa mucho! Y volví a repetir: -¡Pesa mucho! Entiende.
Sin fuerzas y confundida, caí nuevamente en la silla. El policía pidió que me tranquilizara y que trate de colaborar con él contestando sus preguntas.
-¿Sospecha de algún huésped del hotel?
- De ninguno en particular.
- pudo haber escapado mientras usted cenaba
-Imposible, cerré puertas y ventanas, y aparte jamás mi amor escaparía.
- ¿Qué forma tiene?
- ¿El qué?
- Me refiero a su amor.
- Usted es un atrevido, su función no lo autoriza a humillar a mi amor
- Necesito tener la descripción del objeto sustraído señora
- Llame al comisario, no le voy a permitir a alguien que escribe con dos dedos a máquina llame objeto a mi amor.
- Señora, usted se encuentra muy alterada, carece de claridad para responderme. Mientras nuestro personal pesquisa el hotel, le ruego que vaya y tome una sopa caliente y que luego trate de descansar. Que si se produce alguna novedad, inmediatamente le avisaremos.
- Por favor, tienen que encontrarlo, estoy preparada para recibir la más horrible de las noticias.
- Le prometo que la enteraremos de todo.
- Usted cree que hay un asesino que me pinchó el globo ¿No es cierto?
                                                                   Fin



miércoles, 3 de agosto de 2016

La realidad es pura casualidad


El último torneo de Aristóbulo Buomtossi


En el puesto, echando hielo sobre los pescados, Giovanni vio acercarse al escribano. Sonrió al verlo. “Por ahora no necesitamos fileteadores”, expresó en voz alta con sorna. El escribano, sin darle importancia a su compañero de primaria, tomó de un banquito laqueado las botas de goma, un delantal, un gorro con orejeras de látex, unas antiparras enterizas, una caña plegable y una capa de plástico brilloso. Alisó el vaquero y la camisa leñadora. Se acercó al mármol dónde Giovanni desparramó su cardume muerto de grandes piezas. Se agachó sobre su hombro, y a modo de reflexión, en voz baja, apuntó, “Después de todo para llevarse un segundo premio no alcanzan con las copas, es necesario mostrar la evidencia”. Señaló un cazón con aspecto de fiera. Giovanni echó una carcajada cómplice, y el escribano sintió la abstinencia horaria del whisky. Recordó que sus amigos, la “Sociedad de los caballeros penetrantes”, lo esperaba en el bar frente al mercado del Plata. “Giovanni prepáralo y envolvelo con el equipo, que en una media hora los vengo a buscar. Los muchachos me están aguardando con el penúltimo trago”. Pangaro lo vio llegar, entonces dijo: “Brindemos por los tres días inolvidables que pasamos, por las hermosas locas que nos acompañaron, y sobre todo, por el segundo puesto de nuestro querido escribano Aristóbulo Buomtossi”. Levantaron sus copas, las chocaron y festejaron con carcajadas. Después de servir el segundo trago, el apodado Rasputín, un abogado de mirada intensa, preguntó “¿Por qué nunca querés sacarte el primer premio del torneo?”. El escribano bebió, peló unos maníes, y al fin, expuso:
“Mi mujer está convencida que soy un inútil, incapaz de ganar nada por mi cuenta, y que si algo tengo es porque me lo dieron las herencias. Siempre me menoscaba, lo hace con todos, sus amigas, mis parientes, en fin, con todos”. Los de la mesa adaptaron su rostro a la circunstancia y Rasputín interrumpió “¿Pero que tiene que ver el primer premio con tu mujer?”  Aristóbulo, no lo tuvo en cuenta, y prosiguió su relato “Estos torneos de pesca los inventé, buscando la excusa perfecta para zafar del agobio constante de la presencia de la bruja. Ustedes quieren creer que frunce la nariz, escoltando un gesto de asco cada vez que nombran al pescado y pescadores.  Me pasé varios meses planificando la forma de escabullirme para salir varios días con otras minas y con ustedes. Necesitaba que al volver de la libertad no haya escenas.
Desde entonces, cada vez que quiero irme de joda, publico un aviso recuadrado en el diario, anunciando un torneo de pesca. Las zonas que elijo no tienen ningún otro atractivo que el mar o el río, me percato muy bien de que no existan negocios, shopping, o gastronomía de calidad cerca, cosa que la turra no vaya a tentarse. En cada aviso agrego unas líneas de advertencia dramática, por ejemplo: - En la región se ha detectado últimamente víboras, cuyo parentesco con las boas se investiga. Recomendamos no olvidar de traer un antídoto específico- Cuando desayunamos, aprovecho para mostrarle la publicación, le pido que sea de la partida, sabiendo que jamás dirá que sí. Pero antes de todo esto y lo que sigue, Lo más importante, para que ella no sospeche, fue tener una coartada, un argumento de ¿cómo llegó a gustarme hasta el fanatismo la pesca?, deporte que como ya saben, nunca he practicado.
La solución vino con mi profesión, mejor dicho con el colegio de escribanos. El presidente es un rana, ex compañero del secundario. Si bien el puesto lo ha acartonado, a mí, por cortesía del pasado me escucha. Lo convencí que enviara una carta con membrete a mi domicilio, convocándome al primer concurso de pesca organizado por la institución, con asistencia obligatoria.
Para mi señora, que se instaure el evento -Escribanos a pescar-, fue original, yo se que pensó: <a un torneo de pesca no concurren mujeres>. Para que no capture sus cavilaciones, opinó que reuniones así deben resultar más agradables que los congresos, siempre con ponencias aburridas y una única conclusión de escribanos, dar fe.
Ella se acordó de algo que ni yo tuve en cuenta. Necesitaba poseer un buen equipo completo de pesca. No había que fijarse en gastos me dijo, no sea cosa que los colegas me tildaran de amarrete o de fundido. Como ganas de gastar más dinero de lo debido no tenía, no dejé que me acompañara a comprar ninguno de los accesorios. Imagínense, yo que nunca pesqué ni una mojarrita. Por suerte lo tengo a Giovanni, el que tiene la pescadería en el mercado, hicimos juntos la primaria, y si bien pertenecemos a ambientes diferentes, desde que nos conocimos fuimos compinches. El me explicó algunas cosas y me dio otras, como botas, capa, antiparras, caña, reel, medio mundo etc. De aquel seudo torneo volví entusiasmado, tanto, que solita al verme cayó en el lazo, hasta creyó que había sacado alguna distinción. En realidad, mi buen humor se debía al relax de Punta del Este, casino y bombón femenino. “Descubrí que la pesca es mi pasión” le dije dibujando una sonrisa de oreja a oreja. Ella hizo el gesto del pescado, luego aceptó lo inevitable, y con voz astuta dijo: “Puede ser que algún día te ganes una mención”.  Sin contestar, guardé el equipo en el armario. Sin saberlo, ella perfeccionaba mi plan.
Antes de un fin de semana de falsa pesca,  encargo en un negocio de la calle Montevideo, una copa o plaqueta, la hago grabar con el nombre del torneo, elegido antes, cuando publico el aviso y añado, pensando a la mina que me va acompañar, un tercer o cuarto premio, o una distinción. En esta oportunidad grabé una copa con el segundo premio, un poco para levantar mi autoestima, y para deslumbrarla. Para convencerla sobre un primer premio, querido Rasputin, necesitaría una publicación de un diario de la zona, con mi foto y el pescado en tapa, y otras tomas impresas, cuando la entrega de la copa gigante, rodeado de extras vestidos con esos equipos espantosos. Esa fuga consensuada me saldría un dineral que no creo que cambie el objetivo. Recién le pedí a Giovanni que me envuelva el equipo deportivo, y un cazón de notables dimensiones para llevar a casa.”

Antes de volver al hogar, Buomtossi pasó por el mercado. Giovanni no lo pudo esperar, “Uno tiene el equipo, y el otro el tiburón. Para hacer tiempo me esmeré con la prolijidad” comentó el ayudante que le entregó una caja blanca y una bolsa plástica.
Contento Aristóbulo entro en su casa, y depositó sobre la mesa de la cocina la copa del segundo premio y el ataúd alargado del pescado, decorado con un moño azul francia. Con la mano desocupada abrazó apasionadamente a su señora, la beso, y sin decir palabra se acercó al armario y guardó el equipo hasta la próxima salida.
La mujer entusiasmada, pensando que aquel moño azul presagiaba el obsequio de un caballero, se abalanzó a sacarlo, luego hizo otro tanto con la tapa. La impresión, detuvo por segundos el grito: “Son filetes de pescado”. Aristóbulo llegó corriendo a su lado y comprendió todo, el ayudante de Giovanni fileteo prolijamente el cazón para hacer tiempo, como él dijo, y para congraciarse con el cliente lo envolvió para regalo.


                                                  Eduardo Wolfson 

sábado, 16 de julio de 2016

Narración sobre una jornada inconmensurable


La importancia
de un antepasado prominente


Camino marcial por la villa. Elevo la pierna, avanzo, y desciendo lentamente, cuidando no levantar polvo para no raspar el calzado con alguna piedra. Ignoro a los que me rodean, esos que chupan mate en el frente de sus taperas, luciendo con orgullo unas musculosas bombardeadas en la última guerra. Compulsivamente escupen la tierra, adictos a la Pacha Mama. Solo con el que se la da de psicólogo intercambio algunas palabras, discurso mañanero cultivado pero de contenido liviano, hoy le tocó al mandato que oculto en mi profesión. Me llamo Bruno Ramirez, y según él, la misma gracia portaba el primer cartero del Río de la Plata. Dice que mis datos filiatorios, adheridos a la historia me delatan. No le contesto, no le pregunto, lo saludo con un gesto, y huyo de su aliento despachando ajo.


Alcanzo el asfalto, la frontera, incluyo mi perfil en el gentío. Con la franela me deshago de los últimos vestigios adheridos a mi ropa, que evidencian mi mundo dormitorio, froto las botas hasta dejarlas espejadas como el primer día.

En este universo todos pasan ligero, estoy seguro que mi presencia, para ellos, no es más que una ausencia cosquillosa. Ayudándome con el espejo que alguna vez tuvo su nido en una cartera femenina, franeleo la visera y el escudo de la gorra. Ahora sí, ningún vecino o borrachín del otro lado, podrá reconocerme.


¿Será cierto lo del psicólogo? Yo, ¿Pariente directo del primer cartero en estos pagos?

Llego al correo, selecciono la correspondencia que debo entregar, observo a mis colegas. Juntos, interpretan un cuadro del orgullo perdido. Exhiben su fracaso en la ropa y en su postura, el que no está arrugado tiene lamparones brillosos por la plancha, a la mayoría se le nota un zurcido malo entre piernas gastadas con destino al pitucón. Les tengo bronca por desmerecer con sus figuras desinfladas, la responsabilidad de un funcionario de la correspondencia.

Ordeno las cartas, los folletos, las cuentas dentro de la mochila, en su división correspondiente.

Imagino a mi antepasado, al  fundador de la dinastía “corre, ve y dile”, orgulloso, porque su descendiente gana en Recoleta. Olfateo la zona y ya es otra cosa, saludo a los encargados de los edificios señoriales, mi blanca sonrisa abre su persiana y así la dejo hasta el fin de la jornada. Las mucamas admiran mi porte y uniforme, y algunas tratan de llamar mi atención con sus contoneos. “Aquí pasa Bruno Ramirez descendiente del primer cartero que tuvo la aldea”. Con simpatía y formalidad hago mi trabajo. Sin embargo el invento de Internet se vuelve una competencia fuerte. Cada día termino más temprano, menos papel, menos direcciones. Poco más o menos, los únicos que reciben correspondencia en estos tiempos, son los alojados en el cementerio. Destinatarios ilustres, muertos pero con domicilio conocido. Sin embargo, los remitentes, testarudos que insisten en escribir a quiénes no les podrán contestar, poseen en común la delicadeza de perfumar los sobres y estampar en ellos algunas flores. En varias oportunidades me sentí tentado a leer alguna esquela, si no fuese un emisario oficial con voto sagrado de reserva, estoy seguro de haber quedado atrapado en el pecado.

Abro la casilla que poseo en el correo central, contiene una carta y un telegrama de despido sin causa. Antes de que mis ojos se obnubilen con lágrimas, enfrento el contenido de la esquela, afiligranada con laureles. Me nombran abanderado durante la ceremonia y desfile por nuestra independencia. La posdata agrega que debo presentarme luciendo el uniforme y accesorios en estado impecable.
                                                                                                    Eduardo Wolfson

                                                                                                     







miércoles, 27 de abril de 2016

El cuento que te cuento…


Es un sueño


            Con el telegrama estrujado en mi mano, solo en el andén, soporto la espera disimulado en la niebla, sublime condensación de película en la campaña francesa. La sirena mal humorada anuncia la llegada del tren. Con el cuello alzado del gabán tapo mi boca. Una columna de humo blanco espesa avanza lenta, la formación se estaciona paralela a la plataforma. Vapor, frío húmedo y helada son los elementos principales con los que cuenta el escenario esta madrugada. Son pocos los pasajeros que descienden, él lo hace desde el primer vagón. La condensación del humo de la locomotora lo incluye, siento escalofríos como si fuera al encuentro de un fantasma. Deja la valija en el piso, temblando se envuelve en un gran poncho. Cada paso que doy hacia él, menos lo reconozco. Por fin el encuentro, abro mis brazos para estrecharlo, los afianzo lentamente y al fin lo contengo. No sé si es una sonrisa o una mueca, su barba descansa en mi cara, sin embargo sus ojos claros mantienen el brillo del pibe sorprendido. El ferrocarril se aleja, hay cambios en la coreografía, una ráfaga de viento nos obliga a rumbear para la sala de espera. El vendedor de pasajes nos ignora, cierra la ventanilla detrás de la reja, y desaparece. Mi compañero sorprendido exclama  -es un tallador de juego fracasado, esa visera charolada y ajada que usa, seguro que conoció mejores tiempos.
            Ambos reímos sin dejar de mirarnos. Del bolsillo del saco extrae una petaca, comenta que lo que me da a probar es un elixir macerado por él en sus montañas. Primero yo y luego él, pegamos tragos a esa ginebra, volvemos a reír. –Destilada en Constitución- digo yo. Él permuta su risa por un ataque de tos.
            La boletería vuelve a abrirse, él se apresura para sacar un pasaje. – Tomo el próximo tren- me avisa. Con una mano toma mi rostro y besa mi mejilla. Se va haciendo invisible en la bruma, sin embargo todavía veo su gorra que se asoma desde el último vagón. El individuo de los pasajes ha cerrado, no tengo a quien preguntarle por el destino de aquel tren. He quedado solo en la sala de despedida. Noto que en el apuro olvidó su maleta, la abro y comprendo. En ella están todos sus muñecos, los ha dejado para que me hagan compañía hasta que pueda despertar.
                                                                Eduardo Wolfson


sábado, 9 de abril de 2016

Cruzando la plaza


Serie de unitarios sin título

Décimo primer relato     
                                                      por Eduardo Wolfson

De apoco, nos vamos acostumbrando a ganar la calle. Paladeamos como una gota de miel espesa la llegada de la democracia, la que nos dispara una bruma a los ojos para convertirse en lagrimón. Es el fin de una etapa de paso más lento que el cronológico. Una bestia prehistórica pisó y enterró a una sociedad victima, obligándome cotidianamente a publicarla como victimaria. La democracia en cambio es atlética, de paso ligero, el tiempo en ella huye como arena inasible. Yo continúo redactando versiones cambiadas, pero con otro signo. Gracias a la “democracia” oculto, que aparte del diario, ahora Boris es propietario de la papelera, de la AM y FM, y del canal de televisión. Pero el nuevo héroe es Antunez, aquel que sufrió el exilio, dejando en el diario una vacante que ocupé. Él maneja todos los medios, y habla con voz propia en contra de los ingleses, a favor de la patria recuperada. Insinúa las trapisondas de Del Castillo el ex de facto Intendente, del Almirante censor, del Obispo pedófilo,  de escribas serviles, de médicos inventores de partidas de nacimiento, todos huidos. También se abraza a las viejas de los grifos en sus rondas eternas, y enciende un discurso, recordando a los hijos que entregaron su vida por un mundo mejor. Sus finales resultan apoteóticos, todos con el mismo eslogan, “será justicia”. Al único que no nombra es a Boris, nuestro patrón.

Cruzando la plaza confiado. En el centro una murga se contonea con el ritmo de sus tambores, panderetas, platillos y redoblantes. Llenos de diversidad en sus disfraces, nos recuerdan que vivimos en democracia. Ocultos, en el entramado del caos de la comparsa, marchan oficiales con caras maquilladas, travestis de las fuerzas armadas. Luego de levantar vuelo algunas plumas de las muchachas del carnaval, aparecen en el aire las mariposas rasantes. Los que me rodean cambian sus gestos amargos, ahora son sonrisas que se vuelven risas, se abrazan y un canto chico nacido con vergüenza, se transforma en estruendo que ruge la multitud: “El pueblo unido jamás será vencido”

Así pasa la democracia, la del paso ligero. Los representantes elegidos polemizan en el concejo, que por algo es deliberante. El nuevo intendente viaja sin cesar a la capital provincial, y de ahí a la nacional. A veces puede endeudarse, a veces no lo dejan. Es un titiritero sin maestría, un hombre bueno, vecino conocido. Dialoga con la oposición y con sus correligionarios buscando el consenso. Lo principal para él es que la casa esté en orden, y se decide por los despidos. En el Palacio Municipal solo quedan los empleados antiguos, los que entraron en época de Del Castillo. En cada una de las bancas de concejales, el ujier, antes de iniciar la sesión coloca bandejas de plata conteniendo un sobre blanco. Para que haya orden en la casa, el que preside el salón de acuerdos toca la campana de partida, recién entonces cada concejal procede a guardar el sobre, en el bolsillo interno del traje los caballeros, y en sus carteras de diseño el cupo constitucional de damas.

Cruzando la plaza en democracia transgénica, advierto que el vuelo rasante de mariposas ha finalizado. Los ex empleados, por desacatados, son desalojados con balas de goma que dispara una nueva policía local, entrenada por el ruso, el tano y el gallego. Por una diagonal veo avanzar a Del Castillo, ahora secretario general de la asociación de sojeros y por la otra, a los hombres del glifosato. El encuentro es cordial, en la puerta principal se abrazan con el Intendente.

La nota, la titulo “El gran acuerdo”, y en la bajada, “Nuestro intendente electo ha prestado su conformidad. El municipio subsidiará al sector de la soja de  la región, presidido por el ex intendente de facto Del Castillo, a comprar el glifosato necesario para poner en valor y mercado cosechas esplendorosas. Luego de una recepción austera en el club social, el obispo bendijo en los campos a este nuevo revitalizador de cultivos.


Cruzando la plaza, el cielo se desploma, me refugio de un vuelo rasante de buitres, nuestra ciudad ha quedado fumigada.