domingo, 21 de febrero de 2016

Cruzando la plaza


Serie de unitarios sin título


                                                    
                                                     Octavo relato por Eduardo Wolfson

Golpeó tres veces la aldaba, entre golpe y golpe los mismos silencios. Alfonsito corrió el pasillo con sus pasos más largos, en punta de pies alcanzó el picaporte, y colgado del cerrojo, abrió. El cliente entró sin bajar la vista, ignorando un saludo de cortesía se encaminó hacia el salón. Alfonsito, con el pie derecho descalzo, y elevando el dedo gordo a la intemperie siguió los pasos del recién llegado.

Cruzando la plaza otra vez, minutos de días consecutivos convertidos en años, sentí el horror creciendo, produciéndome un desaliento pesado. Busqué refugiarlo en mínimos recovecos de gente apretujada, que por adherencia, fue transformando el espacio en un centro de peregrinación. Primero llegaron esas mujeres, todavía jóvenes, las intimaron a no estar quietas, e hicieron rondas, cada vuelta, abría una puerta a la ancianidad angustiosa. Los bancos se fueron cubriendo con los ciento cincuenta, mote con el que bautizamos a los jubilados en el diario. No tardaron mucho en aparecer los sin trabajo, y luego los que abandonaron los parri-pollo, las canchas de padle y tennis. Hubo putas que entusiasmadas probaron con el cuenta propismo, y acabaron llorando a moco tendido en un rincón, frente a la iglesia, porque sus antiguos proxenetas no las aceptaban por desleales. La anciana, sobreviviente del holocausto las observaba serenamente, mientras hurgaba en su viejo maletín un trozo de pan que le mitigara décadas de hambre. Dos filas de tanques avanzaron opuestas por las diagonales para encontrarse cara a cara en su centro. Los camiones artillados se anticiparon por las perpendiculares.

Por un altoparlante instalado en el frente del templo, retumbó una voz grave y militar    < finalizó la celebración de la fiesta nacional> Los soldados fueron quitando las máscaras de cada cabeza en la procesión. En sus manos había rostros de Disney, super heroes, pato donald, todas caretas, ningún antifaz.

A mi, me sacaron un tapujo con el rostro de nadie, dejamos de ser anónimos, aunque nos seguimos vadeando sin reconocernos.

Ya en la redacción, escuché en el despacho de Boris el editor, la voz de Del Castillo el Intendente <Tuvimos una fiesta en paz>, realizó una pausa y finalizó <bien la merecíamos>.

Frente a mi escritorio, traté de recuperar el robo de mi historia personal. Realicé evocaciones que me ayudaran a devolver imágenes borradas. Allí estaba la reina y las princesas nacionales de la noche, los aplausos exigidos y ensordecedores, y un torbellino de fuegos artificiales. Escuché decir que había una fila para los vertederos y una mecha para encender la dinamita. Recordé la gran humareda, volaron trapos y huesos que por gravitación volvieron a la tierra. <En una fiesta hay festejantes, no victimas>, me dijo Boris al pasar, <En una fiesta las victimas desaparecen> me advirtió De Castillo que lo acompañaba.
El título y subtitulo surgieron mágicamente: “Se acabó la fiesta” “Volvió la alegría a las mayorías populares”

Todo por dos pesos, pero nadie los encontraba. La ley de oferta y demanda, solo quedaba activa en el burdel.



martes, 9 de febrero de 2016

Cruzando la Plaza


 Serie de unitarios sin título

Séptimo relato             
  Por Eduardo Wolfson

Alrededor de los cuatro grifos, las mujeres, cubriendo el cabello con un pañal de gasa, daban en silencio su vuelta sin fin. Policías al acecho rodeaban el círculo, parecían pibes listos para treparse a una calesita en funcionamiento. Unos metros más atrás, sentado en un banco, el subcomisario masajeaba sus bigotes tupidos, echando sombra sobre el labio inferior, a punto de emitir el grito capanguesco, ordenando represión.

Cruzando la plaza por surcos, trazos desdibujados entre canteros, me esforzaba por almacenar el aire puro, necesario para permanecer lúcido las próximas horas en la redacción. Anochecía sobre el espacio verde. El cielo claro, comenzaba a lucir sus estrellas, titilando como lentejuelas baratas. Pegada a un palo borracho, una pupila del burdel tomaba aire fresco, casi invisible, mimetizándose en esa naturaleza urbana. Uniendo sus manos temblorosas, intentaba ocultar la llama que encendía un cigarrillo.

Se acercaba la hora de probar, que los ánimos ciudadanos lograron disciplinarse. Para ello, un General aficionado a la dramaturgia, ordenó el aumento de la actividad colectiva. Cada civil debió colocar gustoso, su granito de arena para la organización de la fiesta nacional.
En la sacristía actué como Secretario de un acta no escrita. Se encontraban La totalidad de los miembros de la secta. Presidía el Obispo con su atuendo purpúreo. En las sillas en círculo aposentaban, el Almirante, el Intendente, el Editor de mi periódico. El cupo femenino era cubierto por la Directora de la escuela Normal. Me sumé a los custodios de la entrada, El ruso, el tano y el gallego. Relajé mi tensión, concentrándome en  los comunicados de prensa que haría para el municipio. Mis relatos apelarían a la creatividad de los vecinos.
-         La respuesta a la convocatoria fue entusiasta (aseguró el Intendente).
-         Poco a poco el programa toma forma (indicó el prelado uniendo sus manos a la altura de las ingles)
-         Desfile de carrozas, carrera de bicicletas rodeando la localidad, función de gala con la orquesta sinfónica de la capital, feria de degustación, comidas típicas de las colectividades afincadas en el territorio, triatlon. (Agregó mi Editor satisfecho)
-          Para no olvidarse de la tradición, no pueden faltar campeonatos de juego de damas, truco y tenis de mesa. (Subrayo el Almirante)
-         ¿El cierre consistirá en la elección de la reina, no? ( Preguntó el Obispo, esperando la respuesta afirmativa)
-         Nuestras jóvenes son niñas de familia, decentes y portadoras de una gran pureza (Advirtió a los presentes la Directora del Normal)
-         Una reina no tiene nada de impuro señora, en todo caso propongo colocarle a las jóvenes que participen pasamontañas, para ocultar al público su identidad (Añadió condescendiente y desde atrás el Gallego)
-         Disculpen, pero este punto deberemos confirmarlo en la próxima reunión (Dijo el Intendente mirando con malos ojos al Gallego, reprochando su participación indebida, y su verborrea resfriada)

  

Al abandonar la sacristía, me detuve para observar la plaza desde otra perspectiva.
Los viejos renunciaban a su modorra, se acercaban, y tomaban del brazo a su vieja alejándola de la ronda. Los veía esfumarse en pareja, por las diagonales, callados, casi reptando. El subcomisario levantaba su machete, y los policías venían a su encuentro. Por el camino que acaba en la catedral dejaban la zona liberada. 



sábado, 30 de enero de 2016

Cruzando la plaza

 Serie de unitarios sin título

Sexto relato                                              (A la memoria de Osvaldo Soriano)


A “Cuenta y Guarda Ganado”, el espacio que les dibujaron era el mismo, reducido, gris, aburrido y chato. Sin aspirarlo, vivían el infierno de permanecer adyacentes desde la niñez. Compartían el banco en el colegio primario, la habitación de la pensión durmiendo en camas gemelas, y extendían el hechizo a permanecer frente a frente en cada función de cine. Sus miradas solo dejaban de penetrarse al agacharse sobre el plato de sopa en el bodegón. Tenían la misma edad y un único burdel, y el mismo horario, para no caer en la abstinencia obligatoria.

Cruzando la plaza, aquel día no pensaba en “Cuenta y Guarda Ganado”, estaba obnubilado por la otra pareja, “El gordo y el flaco”, cuyos cadáveres, Del Castillo el Intendente, sarcástico, me los expuso agujereados como un colador en un zanjón de la ruta. Avancé por los caminos en zigzag de la plaza, creación de un paisajista ebrio que olvidó la regla. Los palos borrachos llenando caprichosamente de fronda los ángulos, esperaban demorados la caída del sol, ofreciendo una brisa a esos viejos tristes de tertulias auto censuradas, de miradas ausentes. En la redacción, no recuerdo quien los bautizó, pero comenzamos a llamarlos “Los ciento cincuenta” como referencia al precio inmóvil de su jubilación. La brisa fue el subsidio que les brindó la naturaleza, para ayudarlos a soportar una muerte lenta, solitaria pero deseada.

Como un tatuaje, grabado en mi torrente sanguineo, la presencia inerte de los cadáveres entrelazados no me abandonaba, tampoco el perverso sonido de la risa de Del Castillo, regodeándose con mi descompostura. Eran dos tipos pintorescos “El gordo y el flaco”, en busca de aventuras comerciales. Solía encontrarlos en el café, a veces los visitaba en un cuchitril, en el que apilaban libros de cocina que en cómodas cuotas vendían por los barrios. El flaco petiso y menudo, el gordo alto y exuberante. Los dos igualmente irresponsables, cómicos soñadores, pretendían encontrar la formula que les permitiera ser propietarios de la librería más surtida de la ciudad.

Yo me convertía en un observador no participante de sus discusiones sobre el sueño compartido. Se acaloraban  defendiendo cada uno su mejor plan. Si de algo estaba seguro, es que el “Gordo y el flaco”, vivían desinteresados de la política, de la democracia, del golpe, de las internas municipales. Les encantaba reírse de si mismos, creo que disfrutaban de su ignorancia suave, que con firmeza, les almacenaba el interés por desinteresarse. La fundación de la gran librería fue la excusa de sus vidas. Imaginaban el negocio, uno la imaginaba con vidrieras imponentes, el otro separaba el escaparate por colecciones exaltadas con distintos colores. En el salón, uno se inclinaba por juntar los libros según el género, mientras el otro quería hacerlo por editorial.

Una empresa con un catálogo atestado de pensadores marxistas les alquiló el local en pleno centro. Los condecoraron como únicos representantes del fondo en la región, sin pedirles exclusividad. “El gordo y el flaco”, que nunca habían leído alguno de sus libros de cocina ni otras yerbas, se sintieron plenos, realizados, como les gustaba decir a ciertas modelo en boga. No solo se les cumplía el sueño de la gran librería, sino que ganaban un nuevo mercado, el universitario.

En pleno mediodía, ordenando las vidrieras flamantes, a “El gordo y el flaco”, los apuntó el fusil del gallego, amablemente les pidió que los acompañe hasta el automóvil donde esperaban el ruso y el tano. Derraparon por el asfalto en aquel silencio bancario, borrándose del ejido urbano.
Las calles en zigzag de la plaza, la escalera de mármol de la redacción, el escritorio, y mis movimientos desarticulados de los sentimientos y acciones, tendrían que transformarse en palabras, para pintar un daño colateral de 132 balazos sin culpables.

                                                                 
Eduardo Wolfson



jueves, 7 de enero de 2016

Cruzando la plaza


Serie de unitarios sin título
Quinto relato                                                               por Eduardo Wolfson


-Del castillo logró el sello de la fiesta nacional. (Le dije a Boris de improviso). Sosteniendo una copa, Boris giró su sillón dándome la espalda, y enfrentó al ventanal.
-Ese hijo de puta quiere llevarse los laureles, y seguro piensa que nosotros debemos glorificarlo. (Reflexionó al fin en voz alta).
Volvió a girar, se puso los lentes, y con desprecio, me observó como se hace con el cartero portador de malas noticias.
-Y vos ¿como te enteraste? (preguntó desconfiando)
-En el bar. (Contesté corto)
-¿Quién te lo dijo? (pretendía asegurar la fuente)
-Él mismo
-Y ¿cómo se lo veía?
-Contento (emití con aire ingenuo)
-Sí, eso lo imagino, pero ¿Te dijo algo que deba saber?
 Su rostro enrojecía tal vez por el efecto de la noticia, por el whisky, o por la presión alta. La reunión finalizó cuando largué textual el mensaje del Intendente:
-“Decíle al editor de tu pasquín que se ponga a tono con las circunstancias”.
Boris, casi atragantado, exhaló un “Hijo de puta”.

Cruzando la plaza hacia la catedral, por la perpendicular, me detuve a observar nuestro kilómetro cero de cuatro grifos, que en una plena mañana de primavera dominical se transformó en mito urbano. Sin explicación alguna, y por el término de tres horas, reemplazó el liquido incoloro, inodoro e insípido, y para muchos hasta termal, por otro rojizo, amarronado, y más denso. La primera voz del acontecimiento, circuló por la casa del señor. Los fieles abandonaron la misa recién iniciada, aprovechando que el Obispo estaba de espaldas hacia ellos. Corrieron hasta la fuente central, y al ver el fenómeno, a las antiguas mujeres cubiertas por mantillas, no les alcanzaron los brazos para persignarse. Algunos, tal vez más científicos, recordaron la sangre de Cristo o el vino de las bodas de Caná. Para otros el ambiente había tomado el aroma del milagro, pero la mayoría contemplaba callada, lucían agotados, con sus hombros abandonados a la ley de gravedad. Las fotos sacadas por Rogelio, y nunca publicadas, exhibían una multitud de ojos sin brillo, sostenidos por párpados rugosos y secos.

Hacia el mediodía de ese domingo, las fuerzas policiales rodearon el edificio de la editorial. El operativo, anunciaba con sirenas la visita oficial del Almirante y el intendente en un coche, y como escolta, otro vehículo ocupado por el ruso, el tano y el gallego revoleando escopetas fuera de la ventanilla. Boris salió a recibirlos, pero un empujón propinado por el gallego lo dejó girando en su sillón. Del Castillo avanzó con sus botas de carpincho, domingueras, haciendo resonar los tacos sobre la tirantería gastada. El Almirante Calvo Bueno, controlador de facto de la comunicación, de gala y con medallas en el pecho, sin decir palabra y firme como estaca, se plantó en el centro del salón. Alcancé a ver como rotaban sus pupilas abarcando la escena. Se llevaron a Rogelio y los negativos, para asegurarse que el pasquín no tenga fotos.
Antes de disolver el operativo, Del Castillo estrujó su dedo índice en el pecho de Boris y gritó: -“Dejá de cubrir hechos fortuitos y desagradables como el de unos grifos oxidados, alentá a la juventud a cantar y bailar, que gobernar lo hacemos nosotros”.
A Rogelio lo volví a encontrar en la inauguración de nuestra primera fiesta nacional.
- Me trataron bien, era el único fotógrafo que tenían para registrar la fiesta.
Lo vi callar, revisar el flash y el zoom, y luego, tomar la forma de un tirador de caza mayor frente a su presa. Entonces apuntó su cámara al escenario.    


viernes, 25 de diciembre de 2015

Cruzando la plaza

Serie de unitarios

Cuarto Relato 

Sin Título Por Eduardo Wolfson


Otro circo que se despedía; los observé juntar sus cosas mientras el polvo se arremolinaba para escaparse del presagio de lluvia. Terminaba la sequía, Del Castillo, el Intendente, no solo engordó kilos y bigotes desde el paso del último coliseo romano, también festejaba el acrecentamiento de su fortuna, pasando horas en la confitería del club, con sus cómplices, el tano, el ruso y el gallego.


  
Cruzando la plaza, sobre la diagonal que plasmaba en monumentos el eclecticismo de los gobiernos locales, presenté mis respetos a un ecuestre general, deseando con vehemencia que algún viento, arroje del pedestal a su brioso equino de bronce.

De golpe, en todos estos años que el miedo nos enseñó a murmurar en voz baja, a comprar la soledad como compañía, a pretender ser los desconocidos de siempre, descubrí que la gente llenó siempre plateas y graderías. Me trastornaba pensar que después de tanto movimiento, de mezcla entre foráneos y locales, no quedase una historia para contar. La única prueba del acontecimiento fueron los agujeros dejados por las estacas y huellas de los garrotes en el baldío. Encendí un cigarrillo tras otro, solo fumaba la mitad y los tiraba encendidos sin pisotearlos. Aturdido, miraba como alguna brasita de la ceniza, se desprendía y elevaba, desapareciendo detrás de un árbol añoso.


Alfonsito, el “enano negro”, se aferró a mi pantalón, y afirmó con ronquera:
 -Vos buscás noticias y yo tengo una.
 Sorprendido, hallé en la espesura del monocromo el origen de su voz victoriosa
-me independizo, voy a ser pupilo del burdel ¿qué te parece?
Creo que subí los hombros mostrando desconcierto e ignorancia. Alfonsito no se amilanó.
- siempre discuto con mi familia, en el circo ocupamos el ghetto, y dentro del ghetto, el patio trasero.
 Provocó un silencio, se apoyó en un carromato y expulsó un susurro:
-por nuestro color de piel ¿entendés?

El padre abrazaba a la madre que tapaba sus orejas tratando de no escuchar, y la hermana menor de Alfonsito, se colgó a su cuello y besó su frente. Se despidieron, sabiendo que las giras del circo, podían ser inversamente proporcionales a los recorridos que Alfonsito tomaría.  Ninguno explicitó lo que colectivamente sentía, pero tuve la certeza que en aquellas vidas comenzaba una ausencia irreversible. Detrás de los últimos rollos de lona, a la cola de los animales, sobre un vagón playo, se acopló el trío oscuro, partiendo con lágrimas, con las gargantas secas, sin nada para agregar. Alfonsito, en una mezcla agridulce de sentimientos encontrados entre lo filial y la aventura, divisó los brazos de los suyos agitando el último saludo. Tardaron en desaparecer, lo hicieron cuando descendió el telón de una polvareda. Lo acompañé a Alfonsito hasta el burdel. Callados, arrastramos juntos una valija de cartón, yo pensando en la extraña demanda del prestigioso establecimiento del amor solidario, requiriendo los servicios de un enano negro, no me atreví a preguntárselo. Con sus ojos saltando casi fuera de  las cuencas, Alfonsito, me dijo sin titubear:

–Se acabó el circo, desde ahora yo construyo mi propio espacio. 

jueves, 3 de diciembre de 2015

Cruzando la plaza

             

Serie de unitarios

Tercer Relato sin título
Por Eduardo Wolfson



Obligado a recrear los sucesos de la atmósfera tenebrosa en una bobina aireada de papel, necesité cada día, para buscar a mis musas inspiradoras en oscuridades densas y sigilosas. En ellas, esfumados a la hora del amanecer, desfilaban personajes y espectros, que entraban y salían de la vivienda o predio acribillado. En horas nocturnas, la realidad era opresión y muerte, mi misión era transformarla, pasarle una mano de esmalte brilloso para la salida del matutino.

Cruzando la plaza en esa noche temprana, creí ver que la vereda se desplazaba en sentido contrario debajo de mis pies. Boris me había dejado claro, que en tiempos de censura, no existía nada mejor que la metáfora para filtrarla, y poder comunicar lo que sucedía.


Necesitaba encontrar al tano, al ruso y al gallego, y entregarles el mensaje. Me hubiese gustado poder publicar con sobreentendidos esa relación pecaminosa entre ellos con el mandamás, tanto, que investigación mediante, convierta la noticia en chicle, extendida por varias contratapas, y que luego, a través de los días, se pierda tenue en las páginas interiores, manteniendo vivo el interés de un público chato y abúlico, ilusionado con que la historia llegue y acabe en policiales. Pero mi miedo, despertaba sospechas hasta de mis sobrentendidos, como mi dirección en la agenda de un desconocido, o mi firma en un reclamo de varios años. La vida me alineaba detrás de la enajenación del pensamiento.

Decidí pasar por el cine para llegar a ver la fila de espectadores, era el día de damas. No me interesaba la función, pero cumplir con la misión ordenada por el Intendente me exigía tantear los territorios pampeanos habituales. Me cuidé muy bien de que Boris no se enterara de esta búsqueda por encargo.  


Boris, solía decirme que me quería como un padre, entonces me aconsejaba con alegorías baratas: “Si no te sentís marinero no te metas en el mar”, “Los nubarrones anuncian solo las primeras gotas, pero el huracán arrecia con refugio y todo”.

En todas las funciones, “Cuenta y Guarda Ganado”, se plantaban a la entrada central de la sala. Sus tareas los obligaba a una guardia pretoriana enfrentándose todos los días en la misma puerta, “Cuenta Ganado” defendiendo con el contador plateado las arcas municipales, y “Guarda Ganado”, los intereses del empresario cinematográfico. “Cuenta Ganado”, comía con los ojos las propinas que recibía “Guarda Ganado”.

-Es “plata negra” (decía, y con bronca agregaba) -dinero que ni la municipalidad ni el dueño del cine contabiliza.
Mientras un hilo de bilis serpenteaba por sus finos labios, su voz intoxicada finalizaba envidioso:
-Plata negra que disfruta solo este “Guarda Ganado”.

Si alguna vez lo supo, el pueblo olvidó su nombre. Le decían “Cuenta ganado” por su instrumento de trabajo, que servía tanto para contar vacas, como para registrar los asistentes a cada función. Consiguió el empleo, en tiempo de democracias de partidos. “Cuenta”, hasta entonces un barrabrava raso de club, sintió que el nombramiento lo “convirtió en un pájaro gordo”. Desde aquel día siempre vistió igual, traje gris, corbata y botines negros. “Guarda ganado”, el acomodador, fue otro al que la memoria colectiva le dejó el mote. Tipo marcial de indumentaria castrense, provista por el cine teatro. Depositaba en el cesto el talón arrancado a la entrada, entregaba el programa, y recibía la propina con un (gracias…) rayado en la g. y extendido en la s. Fue él que con un halo misterioso me dio una pista: -El circo se despide, lo están desarmando, buscá por ahí, que a lo mejor encontrás al ruso detrás de una trapecista. Cuando llegué, del coliseo circense quedaban trancas, sogas, lonas y palos, cayendo a la primera noche de un día gris y ventoso. Caminé por el perímetro del cadáver de la carpa, no visualicé al ruso, pero si al gallego que mostrando la cacha de su pistola, le recordaba al del puesto del choripan, que no estaba exento del pago de peaje. A pocos metros, el tano ocupaba el lugar del acompañante en un falcon verde. Informé, y armé la hora y el día de encuentro en la sacristía con el Intendente, ellos se encargarían de anoticiarlo al ruso.

Fue en esos días que publiqué la compra por parte del Intendente, de unos campos que pertenecían a la familia Reguera, tradicional del lugar, y también, me dediqué a describir el extraño e improvisado viaje, que los Reguera en pleno iniciaron, después de dejar sus firmas en el escribano por lugares recónditos en otros continentes. Recuerdo, en uno de esos días que consultando enciclopedias, narraba el safari imaginario de la familia, tuve la necesidad de enfrentarme al espejo para saber como lucía. No me encontré, solo divisé la imagen de una idea que no me gustaba.


miércoles, 11 de noviembre de 2015

Cruzando la plaza

           Serie de unitarios
                      Segundo Relato Sin Título
                                      Por Eduardo Wolfson     
            Subí las viejas escaleras gastadas de mármol de la redacción, José el sereno me sirvió una taza de café humeante. El inminente parto diario del matutino, puso mis nervios en tensión derrotando cualquier hechizo. A mi ingreso, las órdenes de Boris, propietario y director, fueron claras, “no se publica nada sobre madres llorando por hijos desaparecidos”, “lo insoslayable, se relata con las palabras enfrentamiento, subversivos, cadáveres, fuerzas del orden Etc. Etc.” “Tener siempre a mano notas de color sobre personajes de la localidad para rellenar”. Hasta allí, sus instrucciones habían servido para esquivar y preservar nuestras vidas. El mundial de fútbol, fue un derrame de agua bendita, y salir campeones, la cereza que coronó el postre. Ese mes, lo recuerdo como el más sencillo para escribir y completar cada número, sin necesidad de bucear para transformar el dolor en tibio entretenimiento. Pero esa tarde, seis años después, golpeé la puerta de su despacho, no era rutina, necesitaba consultarle acerca de como ocultar una Plaza de Mayo llena, con un muerto, y obreros pidiendo pan y trabajo. Me senté frente a él, escuché su discurso, sus reproches, esperando el momento de la copa de whisky, el de la ternura. En esa reunión, Boris agregó un mandato ahorrándome preguntas “Las Malvinas son nuestras, las ocupamos, echamos al invasor, inventamos batallas y nuestros oficiales y soldados son héroes” De golpe la guerra. La Plaza del pueblo masacrado dos días antes, se convirtió en territorio de cantos, banderas, y una voz borracha, uniformada en el balcón, aplaudiendo a la próxima sangre.

            Cruzando la plaza, en aquel abril cuando las hojas caían, advertí que en el pueblo desaparecieron los horizontes abiertos. Habitábamos el interior de un gran sarcófago, sus muchas puertas y ventanas, encerraba el llanto y el gemido desgarrador de mis vecinos, algunos adivinando la muerte sin lápidas, y otros, el terror de la guerra amputándoles a sus hijos.

            Del Castillo, el Intendente, exultante llegó al club. Agitaba un papel exhibiendo un aire triunfador. Los popes, como solía llamar a aquel conjunto de viejos un poco próceres, y otro poco, dueños del pueblo, se sorprendieron.
-Acaban de declarar a nuestra fiesta, "fiesta nacional". (Exclamó el Intendente)
            Arrojó la nota con membrete del gobierno, el sello y la firma del general a cargo de la presidencia sobre la mesa, se arrepintió, y volvió a tomarla para refregarla en mi nariz, interrumpiendo el trago de mi fernet cotidiano, en la mesa junto a la ventana.
            No me sorprendió la actitud de Del Castillo, sus exabruptos me eran familiares, desde aquel día, que ha su pedido nos reunimos en la sacristía, cuatro años atrás. Mientras el párroco, tercer habitante del recinto beatífico, simulaba desatención frotando una platería, el intendente me acercó a un rincón haciéndome una propuesta que acepté. Quería que piense y escriba sus discursos. Cuando estrechamos nuestras manos, me advirtió que nadie debía enterarse del trato, incluido Boris.
- Ponete a tono con las circunstancias pibe. (El intendente desplegó una sonrisa abierta que percibí como advertencia).
           
            Fui periodista del diario local, también escribiente, mandadero y alcahuete del mandamás político, elegido democráticamente por una junta de las tres fuerzas. Sentí que era un comodín de comodines. Flotaba en una nube que se deslizaba sobre el fango, y más allá de un juego que tomaba aspecto de querubín, supe que el paseo podía terminar en una fosa.

            Los popes festejaron como si fuesen chicos que les salió bien la travesura. Lorenzo, el mozo, sin esperar el pedido, les depositó el cinzano y unas cuantas copas, simultáneamente el pibe, colocó los platitos tradicionales, aceitunas negras, queso mar del plata cortado en daditos y maní con cáscara. Hubo brindis, mucha alharaca y disolución de reunión.
            El Intendente, callado, pensativo, e inflando los bigotes se sentó frente a mí. Su brazo detuvo a Lorenzo que se acercaba pensando que había un pedido en ciernes. Al fin me habló:
- Prepárame una reunión urgente en la sacristía con el tano, el ruso y el gallego, también voy a necesitar al escribano, pero lográ que no se crucen. Como siempre, esto queda entre nosotros.
            Del Castillo se fue, no sin antes saludar a Lorenzo con un estruendoso ¡Viva la patria!


            Al tano, el ruso y el gallego se los veía muy poco por el pueblo. Cuando yo terminaba la primaria, ellos pisaban los 30. El tano fue contador, el ruso viajante y el gallego cana en la Federal, desplazado por la fuerza, según él, debido a un dolor insoportable,  provocado por sabañones que cultivaba en sus dedos, durante los fríos intensos de patrulla en el invierno capitalino.
            Cuando se juntaban, cada vez con menos asiduidad, lo hacían en el boliche o el burdel.  El tano leía La Prensa, decía que era un diario serio con periodistas de raza e información objetiva. El gallego opinaba que el tano hubiese deseado ser oligarca, dueño de campos luciendo apellidos bostosos. En cambio el ruso tenía todas las materias aprobadas de su profesión: contar chistes, jugar póquer, y levantarse una mina en cada pueblo para asegurarse compañía y no pasar necesidades. Los tres disfrutaban en común, todo aquello que involucraba lo que reconocían con la sigla (PRP) picana-retorno-peaje.
           
            Esa semana, mi pluma se permitió pintar con lujo de detalles el hundimiento por parte de nuestra armada del sheffield. En las noticias locales, como pie de página, mataba a nueve subversivos en un enfrentamiento, sobre campos aledaños escriturados recientemente por el Intendente, especificando que no tuvimos que lamentar bajas en las fuerzas del orden.