sábado, 11 de octubre de 2014

Fragmento de la novela inédita de Eduardo Wolfson “Los Comesandwich”

Declaración de un funcionario:  
Presidente del Departamento de Valoración municipal en construcciones, ambientes y zócalos.
            

El local en cuestión, su señoría, tiene su frente hacia la calle Lavalle de esta ciudad. Según el plano catastral, pude verificar, que la edificación se alza sobre el lote de la mitad de la cuadra, equidistante proporcionalmente, de las calles Uruguay y Paraná. Su fachada, se compone de una puerta de dos hojas, y a continuación, un tabique vidriado, cuya transparencia original fue modificada, al serle adosado un papel, que en su origen, pudo ser de color verde botella. Aclaro al tribunal, que no he hallado ninguna autorización conformada en el legajo del inmueble, obrante en los archivos municipales, de modificación estética. Sí bien pude observar sobre el vidrio antedicho, desvencijada y raspada, la leyenda restauran, debo transmitir, que los transeúntes por mi interrogados, reconocen al sitio, como “fonda el código”, inscripción totalmente ausente en todo el ámbito y la manzana que ocupa.
             No suelo, su señoría trabajar con presunciones, pero desde la subjetividad, me atrevería a compartir dos posibilidades. Primero, la modificación tuvo el propósito de impedir la penetración de rayos solares hacia el interior del ambiente. Segundo, fue realizada con la intención aviesa, de ocultar para el hombre de la calle, actividades seguramente clandestinas.
            El salón, consta de mesas apiñadas unas contra otras, con espacios mínimos para que los atraviese el mozo. Las cubre, en lugar de un mantel, un papel blanco, manchado en la mayoría de los casos por oropeles rojo sangre, que presumo, devenidos del flujo de un tuco madre, y otros violáceos, cuya fuente habría que pesquisarla en el derrame de vinos tintos ordinarios sin denominación de origen. A la cocina se la adivina en la parte posterior, detrás de una abertura. Digo que se la adivina, porque pasando la entrada, mirando desde el salón, se ve todo negro. Prestando atención, se descubre que el color final no es otra cosa que hollín que tiñe a los artefactos antiguos, los que usa un cocinero, llamado Paulino, que al momento de esta constatación, día miércoles 24 de julio 12,30 horas del presente año, mostraba un avanzado estado de ebriedad. Sin embargo, la clientela muy nutrida, parecía no notarlo, y deleitarse con su astuta gastronomía.
            No señor fiscal, hasta el momento, no se ha recibido en la repartición que presido: “Valoración municipal en construcciones, ambientes y zócalos”, ninguna solicitud, formalmente establecida, o sea en tamaño legal, con las seis firmas correspondientes, acompañadas por sus respectivos sellos, encabezamientos y despedidas corteses de rigor, solicitando el peritaje exhaustivo de alcantarilla o catacumba alguna, localizada sobre la calle lavalle, frente a este mismo palacio de tribunales.

            Le quiero aclarar su señoría, que su pregunta, no encuentra respuesta responsable desde de mi competencia. Sin embargo, desde el punto de vista estrictamente personal, y por ello, no afectando, el destino estricto de la institución que me cobija, le diré, que a los fogones del restauran evaluado, sería imposible sería imposible según reglamento, darle categoría de horno crematorio.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Otro que no es cuento

Júbilo.




- Lo vi genial a Pascasio, te lo juro. Estaba feliz y cambiado, parecía un purrete che. 40 años consecutivos de trabajo que llegaron a su fin. ¿El premio?, la jubilación, ¿entendés?  Recuerdo que Pascasio se acercó a la ventana y aspiró un aire nuevo, me dijo: “Es el primer día desde que tengo uso de razón que solo haré lo que quiera, y así, todos los días que me restan de vida”. Créeme, desplegaba una sonrisa abierta que jamás tuvo. En pijama, sin ponerse las chancletas, se desplazó por el mosaico frío hasta la cocina, dispuesto a gozar el mate mañanero. En la pava colocó más agua que de costumbre. Eligió el mate grande y la bombilla curva. “Tengo las horas que quiero para tomar mate”, me dijo. Pascasio reía, caminó practicando pasitos de baile alrededor de la mesa de la cocina. Se afeitó, me dijo que había llegado el momento de usar un traje sin estrenar, que lo esperaba acurrucado hace 25 años en el placard con todas las cuotas pagas. Estaba entero, contento, joven. Hinchaba el pecho y se deleitaba, exhalaba lento, se esmeraba por no apurarse, enamorado del diminuto soplido. Salió a caminar solo. Al día siguiente le pregunté por el paseo, me contó, que la fuerza de la costumbre le jugó una mala pasada. Aquella caminata libre le dio la sorpresa de un final conocido. Se encontró de golpe en la esquina de la fábrica, ¿me podés creer? “Cuarenta años haciendo este recorrido, si seré boludo”, dice que pensó en voz alta, y me mostró un gesto obsceno que le hizo al edificio. Paró un taxi con destino al centro. “A esta hora tendría que estar haciendo el balance semanal”, habló solo el Pascasio, y no pudo contener la risa que acabó siendo carcajada. Se dio cuenta del ridículo cuando se percató de los ojos del tachero en el espejito retrovisor. Las mejillas se le inflaban de satisfacción, cuando me mencionó que no recordaba haber visto nunca las calles de la ciudad a esa hora. Eran las tres de la tarde, entró al cine, y se dio el lujo de ver la última de terror. Un pibe che, un pibe gozando de la adolescencia que no tuvo. Me contó que en la fila 15 vio con fantasma los subtítulos en el cinemascope. Yo le dije que no se preocupara, que eso era una boludez “Tenés razón, mañana pasaré por la obra social de jubilados para hacer unos ajustes, y después me iré de viaje”, me dijo.  Al día siguiente se levantó a las cinco y media de la madrugada para ir al hospital, la misma hora que lo hacía cuando trabajaba. Así que la cosa no le costó mucho. Me contó que llegó silbando. Le dijo a un tipo grandote en la puerta que necesitaba ver a un oculista. Sin pronunciar palabra, con el dedo índice, le señaló una cola de una cuadra y media. Una doña encorvada que pasaba, se le acercó al oído y murmuró: “a las ocho menos cuarto comienzan a entregar los turnos”. Pascasio le agradeció, se puso detrás del último, y para entretenerse escuchó la conversación de los que tenía adelante. Una desdentada se quejaba de no poder estar parada por las varices. Un hombre admitió que se cumplía un año pidiendo fecha para que lo operen de próstata. Pascasio, siempre optimista, agradeció al cielo por tener solo un poco de problema con la nitidez de las letras, y para no aguar el día, se entretuvo leyendo un afiche de turismo que ofrecía la mutual.
Cuando llegó a la ventanilla faltaba cinco minutos para las doce, así que la señorita se reforzaba con un sanguche, mientras comentaba el casamiento de una prima con una que estaba sentada en el escritorio de atrás. Pascasio me decía, que en su vida fue invitado a pocos casamientos importantes, pero que se impresionó mucho, cuando escuchó de la hambrienta que las sillas de la fiesta estaban todas vestidas. Cuando masticó el último bocado del sanguche, la chica fina cerró la boca, entonces Pascasio aprovechó y dijo:“ quiero ver al oculista”. Dice que la piba hizo un gesto parecido al de un sargento norteametricano que actuaba en la película de terror. Con un dedo señalando una tapa de madera en el exterior de la ventanilla, le exigió:“ Credencial de jubilado, último recibo de haberes, DNI, y para finalizar, orden del médico de cabecera”. Pobre Pascasio, dijo que se sintió desnudo, cuando la princesa de la ventanilla, lo sermoneó a través de un amplificador de voz recriminándole que le hacía perder el tiempo, que sin la orden del médico de cabecera, ella no podía derivarlo a un oftalmólogo, y que no tenía excusa, diciendo que él no lo sabía, porque como jubilado estaba obligado a saberlo. Y agregó: “Claro, ustedes tienen todo el tiempo del mundo y se vuelven vagos, indolentes e insolidarios con el tiempo de los demás, que si vale”.

"Retinofluoresceinografía', fue la única palabra que oyó Pascasio del oculista, y le extendió la receta. Pero él a esta altura del partido ya se había acostumbrado, habían pasado cuatro meses de aquel primer día que lo retaron. Del viaje a proyectar ni se acordaba. Todos los días hacía una cola distinta para obtener turnos médicos y órdenes para análisis. Los jubilados que compartían con él las filas, se iban pasando datos de trámites, tratos y tretas. Pasos más, pasos menos, siempre se llegaba al mostrador. Allí, una señorita histérica, o  muy atenta, masticando chicle o tomando mate cocido, luego de tener una charla con su compañera sobre un casamiento, se dirigía a la gente de la cola, y decía cosas como: “todavía no es el tiempo de sacar turno”, o “que hay que venir más temprano porque los turnos se agotan rápidamente “. Pascasio tomó el hábito de presentarse siempre en ayunas, aunque nadie se lo había pedido, él lo sentía como un rito necesario. Yo lo empecé a notar raro, el cabello se le caía más que de costumbre y que una cumbre nevada de caspa se derramaba sobre su indumentaria veraniega. Por fin obtuvo un turno para el 7 de enero del año siguiente,  fecha ideal, por otra parte. Navidad y año nuevo, anidaron jubilosas en el alma de Pascasio, sabía que el 7 de enero por la mañana le harían el examen y esto le apetecía como un regalo de reyes, con un solo día de atraso. Pascasio sintió en la noche previa la ansiedad de la niñez, prácticamente no cerró los ojos esperando el sonido del despertador. El amanecer lo encontró bañado y afeitado, estaba sin dudas alegre, hasta los vecinos lo escucharon tararear melodías clásicas e inolvidables. Su estado de ánimo era tan impecable, que no se mostró para nada molesto, cuando la empleada simpática, masticando siempre chicle, luego de charlar con su compañera sobre el gusto raro que tenía su suegra para hacer regalos, selló unos papeles y se los extendió a Pascasio para que los entregue tres pisos más arriba, comunicándole que el ascensor no funcionaba. La secretaria simpática mascadora de chicle y siamesa de su computadora, le sonrió fabricando un tímido globito bucal. La cola del tercer piso, dijo Pascasio que le vino al pelo, para poder relajar la agitación que le trajo la escalera
La señorita de la ventanilla del tercero, miró la orden y demás papeles y con voz chillona expresó: ¡Aquí falta el fondo de ojos! Pascasio me contó que se puso colorado y levantó los hombros. La piba, que parece que era gauchita, tecleó en la computadora y como de una galera, extrajo un sobre turno para el15 de enero. Pero fijate lo que es la mala suerte. Ese 15, la mutual se  quedó sin gotitas para dilatarle las pupilas.
Mientras intercambiaba opiniones con su compañera, acerca del menú que iban a elegir para el mediodía, la secretaria le comunicaba al Pascasio que era imposible en ese momento obtener así como así, un turno para aquella orden, de tan pintoresca tecnología ocular. La joven, meticulosa, exploró su teclado integralmente, se encontraba a un paso de darse por vencida, y de pronto, gritó "¡Eureka lo encontré!". Le extendió al hombre un papelito impreso, tenía turno para el 2 de febrero a las 9 Hs.,

El  2 de febrero, Pascasio exhibió la orden a una señorita tal vez simpática, pero que lucía terriblemente aburrida, ya que no disponía de ninguna compañera para comentar sobre el reciclado de la cocina de su cuñada y tampoco, tenía el alivio de una goma de mascar. La muchacha analizó el papel minuciosamente, luego observó a quién se lo entregó y dijo como desinflándose, < acá, esto no se hace >. Pobre Pascasio, tomó  una coloración verde, que a la empleada instruida e informada le recordó al descontrol del increíble Hulk cuando algo lo trastornaba. Un poco atemorizada tomó un teléfono auxiliar, exhaló un murmullo apenas perceptible y colgó. Señalando con su mano derecha un pasillo amplio, atestado de personas, vociferó: <Siga por allí, hasta gastroenterología, a las personas de su edad no les viene mal hacerse una videocolonocospía>.
Amansado, pálido, adelgazando y sin fuerzas, Pascasio tuvo que caminar muchos pasillos durante meses y en distintos horarios, para llegar a perder en definitiva su hombría. Unas enfermeras de blanco lo escoltaban, boca abajo sobre una camilla, mientras el médico introducía una camarita en su ano, sin anestesia.
A Pascasio lo dejaron en una silla de ruedas para que se reponga, cerca de la entrada principal del hospital. La gente entraba y salía, molesta por el objeto, corría un poco la silla, lo daban vuelta, y el que seguía lo hacía avanzar un poco más. Al comenzar a rehabilitarse se dio cuenta que era un estorbo en la mitad de la vereda. Trató de levantarse apoyándose en el rodado, que al no estar frenado se le vino encima. Su cara contra el mosaico, la prótesis dental fue a parar al agua estancada. Dos tipos que pasaban, lo levantaron, comentaron entre sí “la indiferencia de la gente, que mejor no morir de viejo”, lo apoyaron en la pared del hospital y se tomaron un taxi. Pascasio avanzó apoyado en la pared, en la parada del colectivo se sostuvo en el palo y sacó del bolsillo las monedas. Un grandote vino de atrás, lo tomó del cinturón, el pendejo del primer asiento no pudo hacerse el distraído, así que con la pachorra del mundo se lo cedió. Era de noche cuando lo bajaron en la terminal, menos mal que vivimos a una cuadra. Yo estaba tomando mate en el puerta, él venía tambaleándose entre árboles y postes, me apresuré para ayudarlo. Cuando estuve cerca ví su estado, no lo pude creer, y pedí auxilio a los vecinos. Lo pusimos en su cama, una doña le preguntó si lo habían asaltado, él no tenía aire para contestar. Sin embargo a mi me guiñó un ojo, tomándome el brazo para que me acercara. Desdentado y baboso me dijo: “me violaron”, después creo que trató de dibujar una sonrisa. Lo dejamos durmiendo y reponiéndose. Al día siguiente me contó, mientras lo escuchaba, se me ocurrió un título para una obra de teatro, “peripecias de la mutual”. Bueno, hoy lo velamos, y armar este velatorio, no es la historia vivida por Pascasio, esta la estamos viviendo nosotros.

                               Eduardo Wolfson

martes, 9 de septiembre de 2014

Capítulo de novela

      Fragmento de la novela inédita de Eduardo Wolfson “Los Comesandwich”

Declaración televisiva de:

Juan Ramón de la Cruz Vera 
(alias Carlitos) 


Sospechoso de ser el autor intelectual de la red de espionaje

Para todos pasé a ser Carlitos el de la alcantarilla, una persona reconocida y esperada en toda la manzana.
      Ahora, cuando aparecieron ustedes, e inundaron con las cámaras, los cables y los micrófonos, la vereda y la salida de mi sótano, la cosa empezó a cambiar. Para llegar a mis clientes, tenía con el changuito y los termos que esquivarlos, cosa que no era para nada fácil. Para colmo, me hacían una encerrona para preguntarme por los Comesandwich ¿vio?
      Ya le dije que soy del interior, y al principio solo acumulaba una bronca que no me dejaba pensar. Aunque le parezca mentira, fue la Ambrosia, mi novia de Añatuya la que me abrió los ojos. Me dijo: “Juan Ramón (ella era la única que seguía llamándome así), salí con el guardapolvo almidonado que todo el mundo te está viendo en la tele”. Ella misma, esa mañana, envolvió los sándwiches en un papel transparente y los puso de exposición en el carro. En el anaquel del frente, presentó uno de cada variedad. Estaba el de matambre en pan árabe que era nuestra especialidad, al lado el de milanesa completa en pan francés, le seguía el de bondiola y queso en pan de Viena, y para rematar, un primavera en fugaza con lechuga, tomate y jamón crudo. El conjunto tenía más colores que una paleta de pintor ¿vio? ¡Perdón!
      Al principio fue el alboroto, después los periodistas se ordenaron solitos y hacían fila de a uno, y a su turno, me preguntaban sobre los Comesandwiches y me compraban su almuerzo.
      La verdad era, que yo sobre los Comesandwiches no sabía nada. A los únicos que conocía, y de vista, era al Emilio y a la Aurora. El Emilio andaba siempre muy pintón por el barrio, no le conocía paradero fijo. Era simpático, siempre me convidaba ese cigarrillo que tenía un agujero en el filtro, el que decían que fumaban los maricones. Muchas veces, yo, le dejaba algún café sin cobrárselo. A la Aurora, la veía en la escribanía, cuando llevaba café para su jefe. Si uno la miraba bien, veía que era joven, lo que pasa que se vestía como la patrona de mi abuela ¿vio?,¡Perdón! otra vez.
      Eso es todo lo que sabía, así, que para que no me soltaran los periodistas, tuve que echar mano a mi imaginación, lo mismo que cuando contaba historias a mis hermanitos en Añatuya.
      De los diarios, obtuve los nombres de los otros Comesandwiches, y por las fotos, me di cuenta del aspecto que tenían. Apoyado en esos datos, me fui creando una historia con cada uno, y con algo de suspenso, siempre se las contaba a los muchachos de la prensa.
      Por ejemplo, una vez les dije, que Rembrandt me confió que estaba harto de los funcionarios de cultura porque promovían el negocio y no el arte. Otra mañana, les hablé de la gorda Catalina, inventé que siempre venía a mi sótano a buscar medialunas, hasta que la última vez que la vi, le oí palabras misteriosas. Que con voz de trueno y apuntándome con su dedo índice dijo: “el pueblo no necesita de los funcionarios, él crea su lenguaje cuando se subleva”. Esa frase en realidad, se la saqué a un abogado anarquista que era cliente y me vino como anillo al dedo, porque aparecí con mi changuito en todos los noticieros y programas periodísticos de la televisión. De Yaco, el ingeniero de suelos, como quien no quiere la cosa, se me ocurrió comentarles que era un asiduo visitante nocturno a los túneles del edificio, que llevaba con él un sol de noche, y que me pedía quedarse solo revisando las grietas de las catacumbas. La palabra catacumba, que aprendí de Cardozo, causó un gran efecto entre los reporteros. A la Deborah la escraché como una veterana come hombres. Les conté que siempre estaba acompañada por funcionarios, a quiénes les pagaba el café que me compraban ¿vio?, ¡Perdón!, pero se me escapa. 
      Durante un tiempo, yo fui el que les proporcionó la noticia del día. Ahora me doy cuenta que a ellos no les importaba si era falsa o verdadera, lo importante era contar con una primicia.


sábado, 9 de agosto de 2014

Pincelada de mis personajes

Juan Ramón de la Cruz Vera
            (alias carlitos)  
                 Personaje la novela inédita Comesandwich 
      

     Vino de Añatuya, Santiago del Estero. Juraba que se ganó su territorio como los perros  . Declaró que tuvo que aplastar muchas cabezas para que lo reconozcan como el dueño de la manzana. Desembarcó en una pensión de Retiro.
      El primer día, le cruzaron por el cuello dos estuches, para aguantar tres termos cada uno, y una canastita con alfajores. Sintió que lo armaban para ir al combate. Después de caminar mucho, algo vendió, como para reponer la mercadería al día siguiente. Esa noche, en su pieza, comió dos alfajores que sobraron, y los bajó con un trago de café frío con la borra precipitada.        Su suerte cambió.  Exploró sobre Lavalle una edificación muy vieja. Estudios jurídicos que se entregan a la galería, nombre soberbio para un paso que comunica celdas. Son cinco pisos sin ascensor, lugar donde claudican otros cafeteros y pasan de largo.
      Carlitos hizo la señal de la cruz, se acomodó los termos y recorrió todos los despachos, siempre con el mismo recitado y una sonrisa de oreja a oreja: “¿le sirvo un cafecito doctor?”.
       El encargado del edificio fue su socio capitalista. Su inversión, cuatro Lumilagro, un anafe con garrafa, una olla abollada de aluminio, un changuito, un traje completo y usado de mozo, y lonas para confeccionar los porta termos, a los que añadió el letrero: “la alcantarilla de carlitos”.
      Utilizaron la pieza libre en las catacumbas, un recoveco en el subsuelo de tres metros por uno setenta, que un cortocircuito y  principio de incendio dejaron deshabitado.
       Carlitos, para ahorrar, dejó la pensión, para dormir en su negocio subterráneo.
      Un abogado arruinado del segundo piso, le tomaba pedidos, a cambio de compartir los gastos de la línea teléfonica. Sin saberlo, Carlitos inauguró el primer delivery de la zona
Al café, y a las facturas calentitas de La Royal, le agregó bidones de jugo para el verano. En el otoño, hizo traer a una novia de Añatuya. Mientras Carlitos preparaba café de noche, su novia hervía matambres. El menú no tardó mucho en finalizar su diseño. Para el desayuno, facturas de la Royal y para el mediodía, exquisitos y variados sándwiches, entre ellos los de matambre casero. Para toda la manzana, Carlitos el de la alcantarilla, pasó a ser una persona reconocida y esperada. Pero su negocio tomó vuelo cuando los medios audiovisuales lo conectaron con los Comesandwich, y fue Ambrosia, su novia de Añatuya la que preparó el marketing
Envolvió los sándwiches en un papel transparente y los puso de exposición en el carro. En el anaquel del frente, presentó uno de cada variedad. Estaba el de matambre en pan árabe que era la especialidad, al lado el de milanesa completa en pan francés, seguía el de bondiola y queso en pan de Viena, y para rematar, un primavera en fugaza con lechuga, tomate y jamón crudo. El conjunto tenía más colores que una paleta de pintor
Carlitos salió con el guardapolvo almidonado, todo el mundo lo vio en la tele”.
      Al principio fue el alboroto, después los periodistas se ordenaron solitos y hacían fila de a uno, y a su turno, le preguntaban sobre los Comesandwich y compraban su almuerzo.
      Carlitos y sus sándwiches entraron así en todos los hogares,
                                                                                               Eduardo Wolfson



domingo, 27 de julio de 2014

Pincelada de mis personajes

 Fedor concolorcorvo
Lic. en desperdiciología multicausal

En primera persona


Cada día estoy más convencidoque si no fuera por nosotros este país no hubiera avanzado, ¡¿o no?!. Creo que está claro, que cuando digo -nosotros-, me refiero sin dudar a nuestra querida clase media. 

Si señor, si señora, pertenezco a la clase media por linaje y también técnicamente. Sé que no faltará algún resentido social que tilde como soberbia, este pavoneo de mi linaje. No voy a detenerme en pequeñeces, ya dispondremos de otras columnas en el futuro para contestar a mis adversarios con más detalle, solo diré que lo mío no es soberbia, sino orgullo genuino. En cuánto a la parte técnica de mi pertenencia, lo demuestro solo con pruebas irrefutables y algunos antecedentes. Tengo el seguro del coche contra terceros, de todas formas ¡yo no choco nunca!,  y una señal, que en la computadora de una empresa, registra los desplazamientos de mi vehiculo, por si me lo sustraen. La puerta de casa es blindada, pero solo se accede a ella, traspasando unas rejas, y una alarma, cuya combinación atesoro en mi memoria y defiendo en una caja de seguridad bancaria. Es frecuente, que en mi ausencia y sin motivo, la alarma empiece a sonar sola. El técnico me ha dicho que es muy sensible y que únicamente ellos, pueden detenerla desde la central. Al principio, los vecinos acudían en masa tratando de atrapar a los ladrones. Pobres, hay que ver la decepción que se llevaban,  al caer en cuenta que el zafarrancho, era producido por una alarme sensible. Para ellos, lo duro son los fines de semana, yo los paso indefectiblemente  en el country. Como a propósito, la alarma comienza con sus diferentes cadencias de sonido, todas estridentes, horribles e hirientes. Es una hora de concierto, un minuto de descanso volviendo a recomenzar por el primer acorde y así, sucesivamente.  De buenas e irregulares maneras, individualmente y conjuntamente, haciendo escraches en el frente de mi casa, me han solicitado que anule la suscripción. Algunos me han contado que les altera el sistema nervioso cuando la alarma suena 72 horas seguidas. Otros me inventan que tienen algún viejito que no se puede dormir. Una mujer con la que comparto la medianera, tuvo la desfachatez de decirme que vive en un constante movimiento sísmico, que ya se le hicieron trizas las copas de cristal del bargueño. Pensar que cuando el hijo con otros energúmenos, disparan alaridos por rechinantes y tremendos amplificadores, diciendo que hacen rock, disculpe la expresión respetado lector, pero yo, “me la como doblada”. Es así señora y señor, hasta ha dejado de existir la solidaridad entre cercanos. Ellos no piensan que debo proteger mi propiedad, son totalmente egoístas, ni se les ocurre, los esfuerzos que a uno le costó tener lo poco que posee. Cuando me vienen con estas bravatas, saben que propongo: que hagan como yo, que curen sus alteraciones en una prepaga de salud. Si señor, yo no soy un tiro al aire, como pudo apreciar soy precavido, y también moderno, ¡muy moderno!, un individuo de esta época, y como tal, presto atención a todo lo nuevo que voces sugerentes me ofrecen por teléfono. Así, compré por ejemplo desde el primero hasta el último celular que apareció en el mercado. Compro, tarjetas y planes, ahora con centavos puedo hablar a cualquier parte del mundo. ¿Adónde hablo y con quién?. ¡La gente y sus preguntas indiscretas!. En mi bunker tengo desde la primera cama solar hasta el Pilates. No tengo dudas que la televisión me entretiene, bueno y también me enriquece, por eso no solo poseo el cable,  estoy suscripto a todos los canales codificados y además, denuncio a quien se cuelga. Si, no tengo ningún empacho en decirlo, después de todo, “robar cable es un delito”. No crean que todo lo que es oro brilla, pasé también momentos muy tristes, ¡Fui ahorrista!, abollé cacerolas, desfilé con Nito Artaza por Luro, por Independencia, y hasta obtuve un autógrafo de Moria Casán. En ese tiempo experimenté que las fuerzas me abandonaban. No pude recurrir a la prepaga porque dentro de los ahorros quedaron las cuotas, pero me salvó la industria láctea. Desde aquel desasociego, ni un solo día, he dejado de tomar probío 2, biopuritas, activia regularis, l caseis defensis. Reconozco que las fuerzas no volvieron, pero ya no las necesito, todos los días combato regularmente al tránsito lento como un duque francés en el exilio. Elegí para residir Mar del Plata, porque aquí hay mucho campo para el desarrollo de mi profesión, la desperdiciología multicausal. En las próximas ediciones les iré trasladando los frutos de mis investigaciones. Para despedirme, en esta oportunidad, elegí una de mis frases favoritas. Mi deseo es que ustedes reflexionen sobre ella, y me hagan llegar su parecer "Sálvese quien pueda".

                                                                                          Eduardo Wolfson


sábado, 19 de julio de 2014

Pincelada de mis personajes

            Soprano barrial (Testigo de la novela inédita “Comesandwich”)


Entrevista: deconstrucción en primera persona de un amor de juventud.
            ¡Pasaron tantos años! El tiempo transcurrido siempre trae cambios, no solo la piel y la voz pierden su vitalidad, también la memoria encarna estragos. Pasa que se olvidan recuerdos y se recuerdan olvidos no queridos.
            Su pregunta, joven periodista, hiere mi sensibilidad y afecta a mi sexto sentido. La considero una afrenta a mi lozanía perdida y una grosería, para estas canas que hoy tiñen mis cabellos. Le aclaro lo obvio. No he aceptado, voluntariamente brindar testimonio en este, su programa, a cambio de renovar para mi persona la popularidad perdida.
            Hace muchas décadas que estoy retirada del Bell canto, no es mi intención volver, solo deseo tener una vejez tranquila, en mi barrio natal, donde las margaritas todavía, aún hoy, perfuman los jardines.
            Sucede que en mis años mozos he conocido a Rembrandt, uno de los acusados del genocidio de funcionarios. Mi historia, se une a la de él en un instante fugaz de mi juventud.
            Pasó en una jornada que las estrellas tapizaban el cielo de Buenos Aires. Durante varias semanas, Rembrandt frecuentó todas las noches el teatro Colón. Un conocido, le permitía colocarse entre las bambalinas del escenario para gozar la cercanía del espectáculo. En el elenco, participaba una soprano de rostro angelical y unos ojos verdes profundos.
            Sí, esa personita era yo. Un barítono conocido de ambos nos presentó. En los entreactos comencé a charlar con Rembrandt, intercambiarnos sonrisas, sin atrevernos a las confidencias íntimas, recuerdo que tratábamos temas importantes, rodeados de decorativos oropeles. Un día nos entusiasmaba imaginar las obsesiones de Verdi, en otro, repasar la pintura de la pobreza, empezando por Ernesto de la Cárcova con su "sin pan y sin trabajo" y terminando en "La manifestación" de Antonio Berni. Me enamoré perdidamente.
            Rembrandt, siempre abandonaba el teatro pocos minutos antes de finalizar la función. Le pregunté por su actitud, me insinuó que buscaba atesorar para sí esa magia que mi presencia le producía. En aquella época respiraba amor. Rembrandt nunca se me declaró, pero admitía que disfrutaba de mi rostro, mis ojos y aquella, mi sonrisa, que lo colocaban, según sus palabras, en el mundo real.
            La temporada fue exitosa, pero de cualquier modo debía finalizar. Ese día Rembrandt, en el último entreacto, me entregó un cuadro con mi rostro pintado de memoria, y me invitó a encontrarnos a la salida. La noche no podía ser más auspiciosa. Nos vimos en la escalinata del teatro. Le agradecí fervorosamente la pintura y besé sus mejillas, todo un desenfado para la época, aunque la que lo hiciera, fuese una artista. Rembrandt, colorado, me ofreció acompañarme hasta mi casa caminando. Le expliqué que vivía en Mataderos. "Mejor, -dijo él agregando- las estrellas magnificas de esta noche nos señalarán el camino mientras nuestros cuerpos, a paso lento, disfrutarán de este clima, hasta que el amanecer la encuentre en su domicilio, recordando para siempre una noche mágica". Le agradecí su tono poético, pero le advertí que sentía cansancio, que lo mejor, era que tomáramos el tranvía. Rembrandt palpó sus bolsillos, evidentemente se hallaban vacíos, le ofrecí pagar el pasaje, él no contestó. El tranvía se detuvo en la plataforma, ascendí. Rembrandt con cierta ofuscación me gritó, "yo prefiero caminar". El tranvía partió, desde mi ventanilla lo miré por última vez. El calor le jugaba una mala pasada, una línea sudorosa de tinta china se deslizaba sobre su frente. Aquel festejante de mi juventud, ¿poseía en germen, el monstruo que hoy los medios nos exhiben? Mi recuerdo enamoradizo, se transforma en un abrir y cerrar de ojos, en desamparo, que creo que mi cuerpo impoluto, deteriorado claro está, por lo cronológico, no podría soportar.


                                                                                                       Eduardo Wolfson 

martes, 8 de julio de 2014

Pincelada de mis personajes

       
Maestro Fedor


Anteojos negros, ciego. Su mano izquierda alargan un bigote débil, mientras los dedos derechos, se cruzan y acarician con sus yemas, una misma miga de pan. La sensación de multiplicar las migas, lo resuelven a tolerar desde su ceguera a esos niños bien no queridos en ningún colegio secundario. La academia clandestina de Fedor es el fondeadero, la última esperanza que encuentran los padres para depositar a sus hijos inadaptados. A cambio de una escala dineraria, los inscriptos pueden aspirar a dar libre las materias de cada año como cualquier hijo de vecino, a obtener el favor de los profesores de las materias más difíciles, a viajar a Venado Tuerto garantizando la aprobación. Solo para los niveles superiores, la academia provee de ser necesario, los certificados y diplomas, dejando al extraviado en las puertas de la universidad.
 El falansterio Fedor consta de dos grandes habitaciones sobrantes de un departamento amplio. A sus habitantes temporarios, se les permite fumar, hacer bochinche, apostar con dinero, con entradas para River, o con pizzas completas culminadas en un círculo de medios huevos duros.
Una mesa redonda es el centro de la algarabía. Sobre ella dos teléfonos negros inspiran respeto. Cata los manipula, sentada como una sombra eterna al lado del viejo profesor. Es su lazarillo, esposa, y buchona. Detrás de un rubor encendido sonríe callada cuando pesca una fechoría menor. Y si la picardía es grande, suelta un murmullo en el oído de su esposo. Para no aburrirse, con una de sus manos, se empeña en planchar y dar forma a un rulo negro sobre la sien.
Fedor goza bautizando con sobrenombres a sus provisorios discipulos.

Con la complicidad de Cata, los más tratan de dar la lección con el manual abierto. El viejo es ciego pero no estúpido.  Deja la miga, escucha la lectura, hasta que su mano libre repta sobre el hule de la mesa hasta alcanzar los bordes del libro. Sus dedos atenazan al texto, lo cierran y lo atrae hacia su cuerpo.
“muy interesante-dice-, ahora quiero escucharte sin el libro”.
Los más se quedan mudos, sin libreto. De golpe se acaba el alboroto. Se trata de un minuto sin putear, sin apostar, sin regodearse con la foto de un minón desnudo. Es el silencio que lo invade todo, y la inmovilidad, que se apodera de lo que vive. El viejo Fedor es el protagonista de la escena, mientras que el rey de los estafadores del momento, se transforma en un pequeño cordero de dios. Todos conocen lo que sigue, las manos del viejo tantean sobre la mesa y encuentran uno de los tubos de los teléfonos negros, le pide a Cata que dizque el número del padre del imputado. El simulador entonces, mediante imploraciones y llanto, trata de quebrar aquella comunicación, que de lograrse, podría retenerlo todo un fin de semana en su cuarto, con la única distracción de una revista pornográfica desactualizada. La puesta en escena no asegura nada, los resultados dependerán exclusivamente de donde se pose el fiel en la escala del embolómetro del viejo. Si el embole marca saturación, el retorno es imposible.

Sin embargo aún existe el milagro. Se trata de un “Hola profe”, lo dice Mónica. Su perfume precede al saludo sensual, disolviendo la tensión reinante por la posible decapitación. Todos se regodean y la comen con los ojos. Pechos parapetados en la blusa entallada, que les deja como obsequio esa cola con forma de pera en el estuche de jean. La mejilla rosada, flácida y colgante del viejo Fedor es la que recibe el beso de los labios carnosos sin rouge de la modelo. El profesor sonríe, sus manos sin migas, sin teléfonos y sin libros, se entretienen con el tacto de las formas anales de la alumna preferida.
Cata sonríe y se acaricia el rulo. Mientras tanto, las palmas de Fedor, disimulando un Parkinson incipiente, trepan y tiemblan, semblanteando la espalda, para descansar por fin en el frente, retozando en las mamas erguidas de Mónica.

                                                                                             Eduardo Wolfson