sábado, 1 de noviembre de 2014

Capítulo de novela

Fragmento de la novela inédita de Eduardo Wolfson "Los comesandwich"

La prensa 
con el Ministro del Interior

- Señor Ministro del interior, ¿cuántos funcionarios, hasta el momento, han desaparecido?
- No dispongo ahora de la cifra exacta, y le advierto, que no me cae bien la palabra desaparecido. Por cierto hay algunos cientos que no se les conoce el paradero.
- Considera ¿Qué la banda de los Comesandwiches, se encuentra aniquilada por completo?
- No se trata solo de una banda, estamos frente a una verdadera organización ilícita, que se ha infiltrado en el cuerpo político, comunicacional, y sin disponer todavía de precisiones, según mi creencia, poseen una fuerza armada que opera a lo largo y ancho del país. Le aclaro que tampoco me suena bien la palabra aniquilada
- Pero los Comesandwiches presos, ¿son los líderes de la organización?
- Es muy difícil, señorita periodista, darle una respuesta. Esta organización, parece, según lo considerado por las fuerzas legales conjuntas, opera con un sistema de células, incluso, se cree, que muchas de ellas, todavía se encuentran dormidas.
- Los funcionarios que se les desconoce el paradero, de acuerdo a la terminología por usted utilizada, ¿son sólo de tercera y cuarta línea?
- No sé. ¿Por qué el periodismo, cree en una lucha de sub.-clases en el seno de la clase política?
- Creo que no es lo mismo, un subsecretario, que un ministro, o un presidente.
- Lo que usted esgrime, son solo diferencias en la movilidad. Pero todo funcionario político posee movilidad, y eso señorita periodista, es lo que nos iguala.
- Algunos de mis colegas, opinan que los Comesandwich, son algo así, como el espejo de los funcionarios políticos

- No comprendo. A la luz de los hechos, presiento que son los otros yo. 

domingo, 26 de octubre de 2014

Capítulo de novela

Fragmento de la novela inédita de Eduardo Wolfson "Los comesandwich"

Diálogo en el 
Departamento de Inteligencia


-Estoy persuadido jefe que hablan en código.
- ¿No encontró nada de importancia?
- Le vuelvo a repetir que hablan en código.
- ¿Cuántas horas escuchó?
- 112 horas, el equivalente a dos semanas de trabajo, sin domingo, ni feriado.
- ¿Y las 112 horas son en código?
- Sí, pude pesquisar que el mismo, tiene su origen en la gastronomía.
- Coménteme alguna frase.
- “Hoy no podés faltar, al besugo lo preparan a la espalda”.
- Pero hombre, el besugo a la espalda lo hace mi señora y es riquísimo, lleva ajo, limón, guindilla. Pero, ¿me quiere decir que tiene que ver con un código?
- Se le va a aclarar, cuando le diga lo que le contesta el otro. Le dice: “yo imaginaba, que siendo en Madrid, a la butifarra le iban a poner alubias blancas”.
- La verdad, que no entiendo nada.
- Mire jefe, yo me aparté un poco de las reglas.
- ¿Cómo dice?
- Si, en lugar de seguir escuchando con el estómago, los apetitosos intercambios, decidí usar la cabeza.
- ¿No se está propasando?
- Descubrí por internet, que ese besugo que a usted le gusta tanto, se comprueba si está a punto, cuando al tratar de separarle la cabeza, esta se le desprende con suma facilidad.
-¿Qué me dice?
- Y eso no es nada. A las alubias, recomiendan ponerlas en remojo, en las vísperas de cocinarlas. También explica, que una vez que se machacan muy bien con un mortero los ajos, recién entonces, a la butifarra negra se la pone entera. ¿Se le va aclarando la cosa jefe? 
- ¿Qué había en esos días?
- Un stand de argentina en la feria de turismo de Madrid.
- Y ¿quién desapareció?
- El secretario de turismo riojano.

-Ah. 

domingo, 19 de octubre de 2014

Capítulo de novela

Fragmento de la novela inédita de Eduardo Wolfson "Los comesandwich"

Preparando la conspiración


   Bonifacio Vazquez caminó junto al Tata hasta su oficina, sobre la Avenida de Mayo. Subieron por el ascensor jaula desvencijado hasta el último piso del edificio. Luego ascendieron por una escalera recta, de hierro oxidado. En el último peldaño respiraron hondo, e ingresaron al cuarto invadido por polvo y un popurrí de aromas mezclados.  El Boni prendió la lamparita, el tata advirtió las telarañas que la rodeaban, y sin pronunciar palabra observó el resto de la escena. Sobre Una pared con el revoque desgarrado por la humedad, penetraba el marco de dos ventanales tapiados con papel madera. Un viejo escritorio con persiana lleno de cajoncitos, apoyado sobre una puerta de madera, que en otros tiempos conectaría con otro ambiente. En el centro, una mesa redonda grande, rodeada por cuatro sillas giratorias de madera.
            De un armario, Boni extrajo una botella de criadores y dos vasos plásticos.

-          Bienvenido a mi cueva, esto nos va a servir para despejarnos (y le alcanzó un vaso medio lleno)
-          Acepto, pero convengamos que es temprano (contestó el Tata)

Boni tiró el saco encima de un teléfono negro, que yacía en una mesita de tapa redonda. Inmediatamente empezó a tomar del suelo pilas de carpetas de cartulina y biblioratos que iba desparramando sobre la mesada. El Tata movía un brazo para abanicarse la polvareda que excitó su compañero con los archivos, y el otro, con el vaso, lo acercaba a su boca para darle sorbos al whisky.
-          ¿Qué hacés?, ¿sí querés te hago habilitar una oficina en la rosada?(Expresó el Tata)
-          De aquí no nos vamos a mover por un tiempo largo, así que andá adecuándote a las circunstancias. (El Boni lo miró y esperó que la boquilla le llegue a su comisura izquierda para continuar) olvídate de la rosada y las comodidades, acabamos de entrar en la clandestinidad mi querido Tata.
-          Ya que la tenés tan clara, ¿podés largar un poco la piola?
-          Mirá Tata, estamos en mi tugurio de ideas, desde aquí manejaremos todo el operativo y la operación. Cuento con vos para ir a tranquilizar al gil del presi, cada vez que se ponga histérico. De este lugar no se debe enterar nadie, estás acá porque sos un amigo de la infancia, ¿Entendés?
A pesar del Whisky, El Tata palideció, se sintió peor que aquella semana que estuvo preso en un barquichuelo cuando los milicos dieron uno de sus acostumbrados golpes. Boni se dio cuenta, lo apuró a salir para que vomite en el baño del pasillo. Cuando volvió, encontró sobre el escritorio cuatro carpetas grandes, a las que Boni les había pasado un trapo. Intrigado el Tata preguntó:
-          ¿qué tenés en mente?
-          Mirá Tata, yo creo que tus compañeritos se engolosinaron. Durante muchos años tuvieron hambre. Después agarraron otra vez parte de la manija y quisieron fagocitarse todo. Quien más quien menos hizo su quiosquito, se sintieron los dueños del mundo y sin preocuparse se revolcaron en dolce farniente. Al principio, como es lógico los llamaron corruptos pero no les importó. Pero no les alcanzó quedarse con los vueltos. Querían hacer negocios más grandes los chicos. ¿Podemos decir a grandes trazos que así comenzó el desconche? (El Tata afirmó con la cabeza) Al Estado lo pusieron como pagador. Te quiero decir que no les importó maximizar sus beneficios, a expensas de los otros argentinos, a los que no les dejaron ni un cacho de pan.  Creían en definitiva que todo lo arreglarían con el circo, y en esto no se equivocaron tanto. Lo que sucede es que no son especialistas, si lo máximo que pueden hacer es un poco de malabarismo frente a los coches en el semáforo.

El Tata se rascaba la cabeza, boni veía en su cara los esfuerzos que trataba de hacer para entenderlo.

-          El asunto es que abrieron todos los frentes de golpe, y se le vino la maroma
-          Escuchame Boni, yo quiero soluciones no sermones.
-          Te explico Tata y no te ofendas. Cualquier pasquín, o programa de televisión, o radio, ya sea en política, espectáculos, intereses generales o policiales, no hace otra cosa que describir cagadas y cagaditas que se mandan. Los giles, esos que ustedes llaman ciudadanos comunes, tragan a cada rato la pastilla, la comentan entre ellos, mezclan todo, les fomentan bronca, terminando en la plaza pidiendo la caída.
-          Eso lo tenemos claro negro, pero ¿cómo lo paramos?
-          Tenemos que imponer un quilombo muy grande, que tape desde el amorío de los políticos hasta la empresa que afanan y le ponen el moño de regalo.
-          ¿Cómo?
-          Tiene que ser algo que venga de afuera, que levante el patriotismo, y que nos haga sentir hermanos contra un enemigo común.
-          Pero la guerra de Malvinas ya la hicieron los milicos.
-          No hablo de sangre, hablo de estrategia. Hace tiempo que vengo observando a unos perejiles que nos vienen muy bien. Están en casi todas las grandes reuniones, y hasta viajan a costillas del Estado a las grandes cumbres.
-          A dónde querés llegar negro.
-          A formar la red de espionaje más heterogénea, instalada en nuestro país. Apresar a unos cuantos, a otros declararlos prófugos, Iniciarles un juicio con todas las pompas.
-          ¿Con eso que conseguimos?
-          Que todos hablen, mientan y usen su imaginación sobre esta logia espía, y dejen de preguntar en que bancos está la guita que se llevaron ustedes.
El Boni abrió una de las carpetas. El Tata vio que estaba llena de recortes de diarios. El negro Vazquez lo obligó a revisarlas una a una, mientras continuaba explicando:
-          Los artículos son todos sobre grandes festicholas que se han hecho en estos años, tanto aquí como en el extranjero.
-          Boni me estás pudriendo, cortá el suspenso, y decíme cómo unas fiestas con unos cuantos tipos conocidos en el pasado, nos va a servir para que el gobierno no caiga.
-          No son los tipos conocidos. Es a los desconocidos que quiero que mires.
-          Pero, ¿para qué guardás todos estos mamotretos en la época de Internet?
-          Porque no todo se carga por internet, y lo publicado aunque sea viejo, siempre sirve para chantajear. Por eso recopilo, ensucio, pero no destruyo.
-          Cada vez comprendo menos.
-          Te estoy hablando de armar para la vox populi una conspiración que no les deje tiempo a los medios para comunicar otras pavadas, como corrupción, desenfreno, decadencia, soborno, cohecho, untado, caos peculado, defraudación, desfalco, expoliación, prevaricato, privatizaciones, nariguetazos, amoríos en la rosada y otras yerbas.
-          ¿Conspiración contra qué Boni?
-          ¿Qué se yo? Una conspiración de espionaje internacional para obligarnos a ceder hasta el último de nuestros recursos naturales, que secuestre funcionarios, que asesine cantantes folclóricos, ya que el pueblo no se atreve.
-          Pero vamos a necesitar un ejército para semejante explosión.
-          Vos y yo Tata, nadie más. Los otros solo serán títeres del disco que coloquemos en la vitrola.
-          ¿Y cuánto crees que pueda durar esa distracción?

-          Si la hacemos bien, la estiramos más de una década. Desde ya contamos con la ayuda de la burocracia.

sábado, 11 de octubre de 2014

Fragmento de la novela inédita de Eduardo Wolfson “Los Comesandwich”

Declaración de un funcionario:  
Presidente del Departamento de Valoración municipal en construcciones, ambientes y zócalos.
            

El local en cuestión, su señoría, tiene su frente hacia la calle Lavalle de esta ciudad. Según el plano catastral, pude verificar, que la edificación se alza sobre el lote de la mitad de la cuadra, equidistante proporcionalmente, de las calles Uruguay y Paraná. Su fachada, se compone de una puerta de dos hojas, y a continuación, un tabique vidriado, cuya transparencia original fue modificada, al serle adosado un papel, que en su origen, pudo ser de color verde botella. Aclaro al tribunal, que no he hallado ninguna autorización conformada en el legajo del inmueble, obrante en los archivos municipales, de modificación estética. Sí bien pude observar sobre el vidrio antedicho, desvencijada y raspada, la leyenda restauran, debo transmitir, que los transeúntes por mi interrogados, reconocen al sitio, como “fonda el código”, inscripción totalmente ausente en todo el ámbito y la manzana que ocupa.
             No suelo, su señoría trabajar con presunciones, pero desde la subjetividad, me atrevería a compartir dos posibilidades. Primero, la modificación tuvo el propósito de impedir la penetración de rayos solares hacia el interior del ambiente. Segundo, fue realizada con la intención aviesa, de ocultar para el hombre de la calle, actividades seguramente clandestinas.
            El salón, consta de mesas apiñadas unas contra otras, con espacios mínimos para que los atraviese el mozo. Las cubre, en lugar de un mantel, un papel blanco, manchado en la mayoría de los casos por oropeles rojo sangre, que presumo, devenidos del flujo de un tuco madre, y otros violáceos, cuya fuente habría que pesquisarla en el derrame de vinos tintos ordinarios sin denominación de origen. A la cocina se la adivina en la parte posterior, detrás de una abertura. Digo que se la adivina, porque pasando la entrada, mirando desde el salón, se ve todo negro. Prestando atención, se descubre que el color final no es otra cosa que hollín que tiñe a los artefactos antiguos, los que usa un cocinero, llamado Paulino, que al momento de esta constatación, día miércoles 24 de julio 12,30 horas del presente año, mostraba un avanzado estado de ebriedad. Sin embargo, la clientela muy nutrida, parecía no notarlo, y deleitarse con su astuta gastronomía.
            No señor fiscal, hasta el momento, no se ha recibido en la repartición que presido: “Valoración municipal en construcciones, ambientes y zócalos”, ninguna solicitud, formalmente establecida, o sea en tamaño legal, con las seis firmas correspondientes, acompañadas por sus respectivos sellos, encabezamientos y despedidas corteses de rigor, solicitando el peritaje exhaustivo de alcantarilla o catacumba alguna, localizada sobre la calle lavalle, frente a este mismo palacio de tribunales.

            Le quiero aclarar su señoría, que su pregunta, no encuentra respuesta responsable desde de mi competencia. Sin embargo, desde el punto de vista estrictamente personal, y por ello, no afectando, el destino estricto de la institución que me cobija, le diré, que a los fogones del restauran evaluado, sería imposible sería imposible según reglamento, darle categoría de horno crematorio.

domingo, 28 de septiembre de 2014

Otro que no es cuento

Júbilo.




- Lo vi genial a Pascasio, te lo juro. Estaba feliz y cambiado, parecía un purrete che. 40 años consecutivos de trabajo que llegaron a su fin. ¿El premio?, la jubilación, ¿entendés?  Recuerdo que Pascasio se acercó a la ventana y aspiró un aire nuevo, me dijo: “Es el primer día desde que tengo uso de razón que solo haré lo que quiera, y así, todos los días que me restan de vida”. Créeme, desplegaba una sonrisa abierta que jamás tuvo. En pijama, sin ponerse las chancletas, se desplazó por el mosaico frío hasta la cocina, dispuesto a gozar el mate mañanero. En la pava colocó más agua que de costumbre. Eligió el mate grande y la bombilla curva. “Tengo las horas que quiero para tomar mate”, me dijo. Pascasio reía, caminó practicando pasitos de baile alrededor de la mesa de la cocina. Se afeitó, me dijo que había llegado el momento de usar un traje sin estrenar, que lo esperaba acurrucado hace 25 años en el placard con todas las cuotas pagas. Estaba entero, contento, joven. Hinchaba el pecho y se deleitaba, exhalaba lento, se esmeraba por no apurarse, enamorado del diminuto soplido. Salió a caminar solo. Al día siguiente le pregunté por el paseo, me contó, que la fuerza de la costumbre le jugó una mala pasada. Aquella caminata libre le dio la sorpresa de un final conocido. Se encontró de golpe en la esquina de la fábrica, ¿me podés creer? “Cuarenta años haciendo este recorrido, si seré boludo”, dice que pensó en voz alta, y me mostró un gesto obsceno que le hizo al edificio. Paró un taxi con destino al centro. “A esta hora tendría que estar haciendo el balance semanal”, habló solo el Pascasio, y no pudo contener la risa que acabó siendo carcajada. Se dio cuenta del ridículo cuando se percató de los ojos del tachero en el espejito retrovisor. Las mejillas se le inflaban de satisfacción, cuando me mencionó que no recordaba haber visto nunca las calles de la ciudad a esa hora. Eran las tres de la tarde, entró al cine, y se dio el lujo de ver la última de terror. Un pibe che, un pibe gozando de la adolescencia que no tuvo. Me contó que en la fila 15 vio con fantasma los subtítulos en el cinemascope. Yo le dije que no se preocupara, que eso era una boludez “Tenés razón, mañana pasaré por la obra social de jubilados para hacer unos ajustes, y después me iré de viaje”, me dijo.  Al día siguiente se levantó a las cinco y media de la madrugada para ir al hospital, la misma hora que lo hacía cuando trabajaba. Así que la cosa no le costó mucho. Me contó que llegó silbando. Le dijo a un tipo grandote en la puerta que necesitaba ver a un oculista. Sin pronunciar palabra, con el dedo índice, le señaló una cola de una cuadra y media. Una doña encorvada que pasaba, se le acercó al oído y murmuró: “a las ocho menos cuarto comienzan a entregar los turnos”. Pascasio le agradeció, se puso detrás del último, y para entretenerse escuchó la conversación de los que tenía adelante. Una desdentada se quejaba de no poder estar parada por las varices. Un hombre admitió que se cumplía un año pidiendo fecha para que lo operen de próstata. Pascasio, siempre optimista, agradeció al cielo por tener solo un poco de problema con la nitidez de las letras, y para no aguar el día, se entretuvo leyendo un afiche de turismo que ofrecía la mutual.
Cuando llegó a la ventanilla faltaba cinco minutos para las doce, así que la señorita se reforzaba con un sanguche, mientras comentaba el casamiento de una prima con una que estaba sentada en el escritorio de atrás. Pascasio me decía, que en su vida fue invitado a pocos casamientos importantes, pero que se impresionó mucho, cuando escuchó de la hambrienta que las sillas de la fiesta estaban todas vestidas. Cuando masticó el último bocado del sanguche, la chica fina cerró la boca, entonces Pascasio aprovechó y dijo:“ quiero ver al oculista”. Dice que la piba hizo un gesto parecido al de un sargento norteametricano que actuaba en la película de terror. Con un dedo señalando una tapa de madera en el exterior de la ventanilla, le exigió:“ Credencial de jubilado, último recibo de haberes, DNI, y para finalizar, orden del médico de cabecera”. Pobre Pascasio, dijo que se sintió desnudo, cuando la princesa de la ventanilla, lo sermoneó a través de un amplificador de voz recriminándole que le hacía perder el tiempo, que sin la orden del médico de cabecera, ella no podía derivarlo a un oftalmólogo, y que no tenía excusa, diciendo que él no lo sabía, porque como jubilado estaba obligado a saberlo. Y agregó: “Claro, ustedes tienen todo el tiempo del mundo y se vuelven vagos, indolentes e insolidarios con el tiempo de los demás, que si vale”.

"Retinofluoresceinografía', fue la única palabra que oyó Pascasio del oculista, y le extendió la receta. Pero él a esta altura del partido ya se había acostumbrado, habían pasado cuatro meses de aquel primer día que lo retaron. Del viaje a proyectar ni se acordaba. Todos los días hacía una cola distinta para obtener turnos médicos y órdenes para análisis. Los jubilados que compartían con él las filas, se iban pasando datos de trámites, tratos y tretas. Pasos más, pasos menos, siempre se llegaba al mostrador. Allí, una señorita histérica, o  muy atenta, masticando chicle o tomando mate cocido, luego de tener una charla con su compañera sobre un casamiento, se dirigía a la gente de la cola, y decía cosas como: “todavía no es el tiempo de sacar turno”, o “que hay que venir más temprano porque los turnos se agotan rápidamente “. Pascasio tomó el hábito de presentarse siempre en ayunas, aunque nadie se lo había pedido, él lo sentía como un rito necesario. Yo lo empecé a notar raro, el cabello se le caía más que de costumbre y que una cumbre nevada de caspa se derramaba sobre su indumentaria veraniega. Por fin obtuvo un turno para el 7 de enero del año siguiente,  fecha ideal, por otra parte. Navidad y año nuevo, anidaron jubilosas en el alma de Pascasio, sabía que el 7 de enero por la mañana le harían el examen y esto le apetecía como un regalo de reyes, con un solo día de atraso. Pascasio sintió en la noche previa la ansiedad de la niñez, prácticamente no cerró los ojos esperando el sonido del despertador. El amanecer lo encontró bañado y afeitado, estaba sin dudas alegre, hasta los vecinos lo escucharon tararear melodías clásicas e inolvidables. Su estado de ánimo era tan impecable, que no se mostró para nada molesto, cuando la empleada simpática, masticando siempre chicle, luego de charlar con su compañera sobre el gusto raro que tenía su suegra para hacer regalos, selló unos papeles y se los extendió a Pascasio para que los entregue tres pisos más arriba, comunicándole que el ascensor no funcionaba. La secretaria simpática mascadora de chicle y siamesa de su computadora, le sonrió fabricando un tímido globito bucal. La cola del tercer piso, dijo Pascasio que le vino al pelo, para poder relajar la agitación que le trajo la escalera
La señorita de la ventanilla del tercero, miró la orden y demás papeles y con voz chillona expresó: ¡Aquí falta el fondo de ojos! Pascasio me contó que se puso colorado y levantó los hombros. La piba, que parece que era gauchita, tecleó en la computadora y como de una galera, extrajo un sobre turno para el15 de enero. Pero fijate lo que es la mala suerte. Ese 15, la mutual se  quedó sin gotitas para dilatarle las pupilas.
Mientras intercambiaba opiniones con su compañera, acerca del menú que iban a elegir para el mediodía, la secretaria le comunicaba al Pascasio que era imposible en ese momento obtener así como así, un turno para aquella orden, de tan pintoresca tecnología ocular. La joven, meticulosa, exploró su teclado integralmente, se encontraba a un paso de darse por vencida, y de pronto, gritó "¡Eureka lo encontré!". Le extendió al hombre un papelito impreso, tenía turno para el 2 de febrero a las 9 Hs.,

El  2 de febrero, Pascasio exhibió la orden a una señorita tal vez simpática, pero que lucía terriblemente aburrida, ya que no disponía de ninguna compañera para comentar sobre el reciclado de la cocina de su cuñada y tampoco, tenía el alivio de una goma de mascar. La muchacha analizó el papel minuciosamente, luego observó a quién se lo entregó y dijo como desinflándose, < acá, esto no se hace >. Pobre Pascasio, tomó  una coloración verde, que a la empleada instruida e informada le recordó al descontrol del increíble Hulk cuando algo lo trastornaba. Un poco atemorizada tomó un teléfono auxiliar, exhaló un murmullo apenas perceptible y colgó. Señalando con su mano derecha un pasillo amplio, atestado de personas, vociferó: <Siga por allí, hasta gastroenterología, a las personas de su edad no les viene mal hacerse una videocolonocospía>.
Amansado, pálido, adelgazando y sin fuerzas, Pascasio tuvo que caminar muchos pasillos durante meses y en distintos horarios, para llegar a perder en definitiva su hombría. Unas enfermeras de blanco lo escoltaban, boca abajo sobre una camilla, mientras el médico introducía una camarita en su ano, sin anestesia.
A Pascasio lo dejaron en una silla de ruedas para que se reponga, cerca de la entrada principal del hospital. La gente entraba y salía, molesta por el objeto, corría un poco la silla, lo daban vuelta, y el que seguía lo hacía avanzar un poco más. Al comenzar a rehabilitarse se dio cuenta que era un estorbo en la mitad de la vereda. Trató de levantarse apoyándose en el rodado, que al no estar frenado se le vino encima. Su cara contra el mosaico, la prótesis dental fue a parar al agua estancada. Dos tipos que pasaban, lo levantaron, comentaron entre sí “la indiferencia de la gente, que mejor no morir de viejo”, lo apoyaron en la pared del hospital y se tomaron un taxi. Pascasio avanzó apoyado en la pared, en la parada del colectivo se sostuvo en el palo y sacó del bolsillo las monedas. Un grandote vino de atrás, lo tomó del cinturón, el pendejo del primer asiento no pudo hacerse el distraído, así que con la pachorra del mundo se lo cedió. Era de noche cuando lo bajaron en la terminal, menos mal que vivimos a una cuadra. Yo estaba tomando mate en el puerta, él venía tambaleándose entre árboles y postes, me apresuré para ayudarlo. Cuando estuve cerca ví su estado, no lo pude creer, y pedí auxilio a los vecinos. Lo pusimos en su cama, una doña le preguntó si lo habían asaltado, él no tenía aire para contestar. Sin embargo a mi me guiñó un ojo, tomándome el brazo para que me acercara. Desdentado y baboso me dijo: “me violaron”, después creo que trató de dibujar una sonrisa. Lo dejamos durmiendo y reponiéndose. Al día siguiente me contó, mientras lo escuchaba, se me ocurrió un título para una obra de teatro, “peripecias de la mutual”. Bueno, hoy lo velamos, y armar este velatorio, no es la historia vivida por Pascasio, esta la estamos viviendo nosotros.

                               Eduardo Wolfson

martes, 9 de septiembre de 2014

Capítulo de novela

      Fragmento de la novela inédita de Eduardo Wolfson “Los Comesandwich”

Declaración televisiva de:

Juan Ramón de la Cruz Vera 
(alias Carlitos) 


Sospechoso de ser el autor intelectual de la red de espionaje

Para todos pasé a ser Carlitos el de la alcantarilla, una persona reconocida y esperada en toda la manzana.
      Ahora, cuando aparecieron ustedes, e inundaron con las cámaras, los cables y los micrófonos, la vereda y la salida de mi sótano, la cosa empezó a cambiar. Para llegar a mis clientes, tenía con el changuito y los termos que esquivarlos, cosa que no era para nada fácil. Para colmo, me hacían una encerrona para preguntarme por los Comesandwich ¿vio?
      Ya le dije que soy del interior, y al principio solo acumulaba una bronca que no me dejaba pensar. Aunque le parezca mentira, fue la Ambrosia, mi novia de Añatuya la que me abrió los ojos. Me dijo: “Juan Ramón (ella era la única que seguía llamándome así), salí con el guardapolvo almidonado que todo el mundo te está viendo en la tele”. Ella misma, esa mañana, envolvió los sándwiches en un papel transparente y los puso de exposición en el carro. En el anaquel del frente, presentó uno de cada variedad. Estaba el de matambre en pan árabe que era nuestra especialidad, al lado el de milanesa completa en pan francés, le seguía el de bondiola y queso en pan de Viena, y para rematar, un primavera en fugaza con lechuga, tomate y jamón crudo. El conjunto tenía más colores que una paleta de pintor ¿vio? ¡Perdón!
      Al principio fue el alboroto, después los periodistas se ordenaron solitos y hacían fila de a uno, y a su turno, me preguntaban sobre los Comesandwiches y me compraban su almuerzo.
      La verdad era, que yo sobre los Comesandwiches no sabía nada. A los únicos que conocía, y de vista, era al Emilio y a la Aurora. El Emilio andaba siempre muy pintón por el barrio, no le conocía paradero fijo. Era simpático, siempre me convidaba ese cigarrillo que tenía un agujero en el filtro, el que decían que fumaban los maricones. Muchas veces, yo, le dejaba algún café sin cobrárselo. A la Aurora, la veía en la escribanía, cuando llevaba café para su jefe. Si uno la miraba bien, veía que era joven, lo que pasa que se vestía como la patrona de mi abuela ¿vio?,¡Perdón! otra vez.
      Eso es todo lo que sabía, así, que para que no me soltaran los periodistas, tuve que echar mano a mi imaginación, lo mismo que cuando contaba historias a mis hermanitos en Añatuya.
      De los diarios, obtuve los nombres de los otros Comesandwiches, y por las fotos, me di cuenta del aspecto que tenían. Apoyado en esos datos, me fui creando una historia con cada uno, y con algo de suspenso, siempre se las contaba a los muchachos de la prensa.
      Por ejemplo, una vez les dije, que Rembrandt me confió que estaba harto de los funcionarios de cultura porque promovían el negocio y no el arte. Otra mañana, les hablé de la gorda Catalina, inventé que siempre venía a mi sótano a buscar medialunas, hasta que la última vez que la vi, le oí palabras misteriosas. Que con voz de trueno y apuntándome con su dedo índice dijo: “el pueblo no necesita de los funcionarios, él crea su lenguaje cuando se subleva”. Esa frase en realidad, se la saqué a un abogado anarquista que era cliente y me vino como anillo al dedo, porque aparecí con mi changuito en todos los noticieros y programas periodísticos de la televisión. De Yaco, el ingeniero de suelos, como quien no quiere la cosa, se me ocurrió comentarles que era un asiduo visitante nocturno a los túneles del edificio, que llevaba con él un sol de noche, y que me pedía quedarse solo revisando las grietas de las catacumbas. La palabra catacumba, que aprendí de Cardozo, causó un gran efecto entre los reporteros. A la Deborah la escraché como una veterana come hombres. Les conté que siempre estaba acompañada por funcionarios, a quiénes les pagaba el café que me compraban ¿vio?, ¡Perdón!, pero se me escapa. 
      Durante un tiempo, yo fui el que les proporcionó la noticia del día. Ahora me doy cuenta que a ellos no les importaba si era falsa o verdadera, lo importante era contar con una primicia.


sábado, 9 de agosto de 2014

Pincelada de mis personajes

Juan Ramón de la Cruz Vera
            (alias carlitos)  
                 Personaje la novela inédita Comesandwich 
      

     Vino de Añatuya, Santiago del Estero. Juraba que se ganó su territorio como los perros  . Declaró que tuvo que aplastar muchas cabezas para que lo reconozcan como el dueño de la manzana. Desembarcó en una pensión de Retiro.
      El primer día, le cruzaron por el cuello dos estuches, para aguantar tres termos cada uno, y una canastita con alfajores. Sintió que lo armaban para ir al combate. Después de caminar mucho, algo vendió, como para reponer la mercadería al día siguiente. Esa noche, en su pieza, comió dos alfajores que sobraron, y los bajó con un trago de café frío con la borra precipitada.        Su suerte cambió.  Exploró sobre Lavalle una edificación muy vieja. Estudios jurídicos que se entregan a la galería, nombre soberbio para un paso que comunica celdas. Son cinco pisos sin ascensor, lugar donde claudican otros cafeteros y pasan de largo.
      Carlitos hizo la señal de la cruz, se acomodó los termos y recorrió todos los despachos, siempre con el mismo recitado y una sonrisa de oreja a oreja: “¿le sirvo un cafecito doctor?”.
       El encargado del edificio fue su socio capitalista. Su inversión, cuatro Lumilagro, un anafe con garrafa, una olla abollada de aluminio, un changuito, un traje completo y usado de mozo, y lonas para confeccionar los porta termos, a los que añadió el letrero: “la alcantarilla de carlitos”.
      Utilizaron la pieza libre en las catacumbas, un recoveco en el subsuelo de tres metros por uno setenta, que un cortocircuito y  principio de incendio dejaron deshabitado.
       Carlitos, para ahorrar, dejó la pensión, para dormir en su negocio subterráneo.
      Un abogado arruinado del segundo piso, le tomaba pedidos, a cambio de compartir los gastos de la línea teléfonica. Sin saberlo, Carlitos inauguró el primer delivery de la zona
Al café, y a las facturas calentitas de La Royal, le agregó bidones de jugo para el verano. En el otoño, hizo traer a una novia de Añatuya. Mientras Carlitos preparaba café de noche, su novia hervía matambres. El menú no tardó mucho en finalizar su diseño. Para el desayuno, facturas de la Royal y para el mediodía, exquisitos y variados sándwiches, entre ellos los de matambre casero. Para toda la manzana, Carlitos el de la alcantarilla, pasó a ser una persona reconocida y esperada. Pero su negocio tomó vuelo cuando los medios audiovisuales lo conectaron con los Comesandwich, y fue Ambrosia, su novia de Añatuya la que preparó el marketing
Envolvió los sándwiches en un papel transparente y los puso de exposición en el carro. En el anaquel del frente, presentó uno de cada variedad. Estaba el de matambre en pan árabe que era la especialidad, al lado el de milanesa completa en pan francés, seguía el de bondiola y queso en pan de Viena, y para rematar, un primavera en fugaza con lechuga, tomate y jamón crudo. El conjunto tenía más colores que una paleta de pintor
Carlitos salió con el guardapolvo almidonado, todo el mundo lo vio en la tele”.
      Al principio fue el alboroto, después los periodistas se ordenaron solitos y hacían fila de a uno, y a su turno, le preguntaban sobre los Comesandwich y compraban su almuerzo.
      Carlitos y sus sándwiches entraron así en todos los hogares,
                                                                                               Eduardo Wolfson