domingo, 14 de junio de 2015

Será cuento?

            La pata de conejo

           
            Horacio sintió escalofríos. Se trató de un mal sueño, pensó. Se concentró, aspiró y exhaló, luego colocó su pie derecho en la chinela, y se relajó como todos los días, contando las aberturas de la persiana, 35 hendijas. Más tranquilo, sacó del cajón de su mesa de luz la pata de conejo, rozó su piel gastada por tantos años de caricias, y recordó a Emilia diciéndole con sorna que era hora de cambiarla. “Las mujeres no entienden nada” pensó.

            Desde la guerra, la pata de conejo fue la compañía de sus trances más duros. Aquel día el capitán, siempre solemne, les habló casi familiarmente: “Muchachos ustedes son hijos de la patria, pero también pueden ser mis hijos, y mis hijos no pueden ser otra cosa que ganadores, sobre todo cuando se trata de conquistar, lo que por derecho nos pertenece”. Que frío el de aquella madrugada, miraba a sus compañeros, tratando de entender por qué aquella despertada intempestiva. Formaron frente a los camiones. Con ojos escarchados, recibió de su jefe la pata de conejo sostenida por una argolla. “Te  acompañará en todos los momentos, ella será tu mejor arma, te sentirás abrigado y protegido en los momentos álgidos, acariciando con honor su pelo brilloso.  Te la doy a vos porque sos el único rubio de la compañía”. La pata en su palma fue un traspaso de energía. Antes de retirarse, el capitán, casi en un murmullo le dijo: “Te va a traer suerte, (y agregó imperativo) sino, el soldado la muerde sin asco”
            Horacio, quedó en Comodoro Rivadavia contabilizando los enseres que llegaban al depósito. Sus compañeros, en cambio, los morochos de su capitán, corrieron otra suerte. Muchos murieron en combate, y los que quedaron fueron suicidándose año tras año.
            Horacio tenía la certeza que aquella pata era poderosa, aunque Emilia no dejaba de recordarle que en algunas ocasiones le había fallado. Esa mujer, nunca entendería que cuando no funcionó, era porque extrañaba el aire libre. Fuera de la realidad, para la pata de conejo, los sucesos producidos no existían. En cambio, adosada a la argolla, al lado de las llaves, sus efectos eran prodigiosos.
            Emilia le echaba en cara la luna de miel perdida.  La noche del casamiento, con unas copas de más, Horacio dejó la pata de conejo en el smoking alquilado. Estaban en la sala de embarque cuando notó la falta, Emilia imaginando la nieve, las montañas, el jabalí ahumado,  las noches frías con luna llena y la piel ardiente, no tuvo en cuenta el aspecto de su flamante marido, blanco como un papel. De pronto, Horacio vociferó incesante: ¡La pata, la pata, la pata! Y abandonó apresurado el aeropuerto, perdiendo para siempre el viaje tantas veces planeado
            La explicación a Emilia sobre su actitud, fue sencilla: “solo se trató de un susto, llegué a tiempo para rescatar mi pata, apenas segundos antes que el smoking entre en la tintorería. Recuperarla, evitó que mi vida quede trunca por un infarto masivo”.

            Solo dos personas en el mundo, conocían el affaire de Horacio con su pata de conejo, Emilia que sufriendo guardaba el secreto, y su amigo de la infancia, Leopoldo, que cada atardecer lo esperaba en el bar. Horacio, antes de sentarse, desprendía el llavero, con su correspondiente pata de conejo, y lo depositaba sobre la mesa.
            Leopoldo, miope, se destacaba por sus lentes de aumento, sostenidos por un marco oscuro muy grueso. Detrás del bigote poblado, asomaba su dentadura, pequeñas perlas, gotas de sonrisa, que destacaba, porque su amigo acariciaba la pata junto a la ventana, cuando pasaba una monja, o alguna carroza mortuoria, Leopoldo aspiraba profundamente su pipa y gozaba la escena. Luego, con voz grave, construyendo letanías, largaba frases: “Ser un ganador fatiga…” Horacio como volviendo de un desmayo, contestaba tratando de herir: “Claro el señor prefiere que las siete plagas de Egipto lo invadan, lo pulvericen, antes de realizar un esfuerzo, y poner en acción el antídoto”. Leopoldo recibía los reproches con placidez, y sus perlas dentales, inconmovibles. La pata de conejo en el borde de la mesa, un café chorreado por el temblor de las manos de Horacio, el periódico del bar sobre la silla vacía y la pregunta de Leopoldo: “¿el antídoto es la pata de conejo?”. Horacio producía solo un gesto afirmativo con la cabeza. Leopoldo estiraba su brazo izquierdo, hasta alcanzar un perchero adherido al marco de la ventana. Extraía una gorra cuadrillé: “a esta hora no solo me cubre la calvicie, sino también los rigores del invierno”. Horacio, giraba su rostro hacia el interior del bar, volviendo a cobijar la pata de conejo, como si se tratara de un pájaro herido. “Y ahora que viste?”, lo interrogaba Leopoldo. Horacio encogía sus hombros intentando achicarse, con voz temblorosa respondió: “Se cruzó el gato negro”. Leopoldo pidió la reposición de los cafés y comenzó a limpiar su pipa. Una ráfaga pasó entre las puertas abiertas, dejando apenas un fresco modesto. “Lo dicho: ser un ganador fatiga”.
            Anochecía, el sol dejaba su recuerdo en sombras. Horacio mezcló el temor con la ira: “Te molestan los ganadores como yo, los rubios”. Leopoldo mantuvo en silencio su intriga,  y solo contestó: “La hora de la espada es cíclica”. Horacio no comprendió o no escuchó y prosiguió angustiado: “Para que sepas, mañana debo firmar el gran contrato. Todo está estudiado. Y tenés razón, me he fatigado buscando que no haya falla. Hace meses que vamos corrigiendo el texto, eligiendo lugar, fecha, hora y hasta el color de la tinta para la firma”. Leopoldo tomó un sorbo de su café, los dedos de su mano derecha alisaban su bigotes. Grave y monótono preguntó: “¿Si está todo hecho, por qué los nervios?”.  “¿No ves que se cruzó el gato negro?” Horacio, se sabía excluido del ocio, sentía bronca y envidia contra Leopoldo, quien nunca tuvo necesidad de inventarse un tiempo para cumplir con algo, pero que antes de atravesar las extensiones del mundo, prefería proclamarse su exiliado. “¿Y la bondadosa pata de conejo no neutraliza la presencia maligna del gato negro?”, lanzó la pregunta Leopoldo elongando sus hombros. Horacio frunció el ceño formando surcos y lomas semejantes a los de una huerta montañosa: “La pata está viejita, me lo dijo Emilia en su momento y yo no la escuché. Además, de tanto acariciarla se la ve como gastada, ¿La ves, ha perdido su brillo, y no sé si también su fuerza?” Callado, columpió a la pata dando a sus manos forma de cuna. El brillo de sus ojos preludió un caudaloso llanto. Las lágrimas las secó con una servilleta de papel que le alcanzó Leopoldo. Atormentado pidió consejo: “Sí compro una nueva, te parece ¿Qué podrá darme tantas satisfacciones cómo las que me dio Kiti?”. Leopoldo un poco aburrido, casi como prestando la cara a la situación, se experimentó sorprendido, y preguntó: “¿Quién es Kiti?”. Él contestó con fastidio: “Kiti es mi patita. Tantos años junto a mí, desde que me salvó de Malvinas, y no sabés ¿qué mi patita se llama Kiti?”. Leopoldo encogió los hombros, se quito los lentes y frotó los vidrios con servilletas de papel. Horacio lo observó, revistó la indumentaria y el rostro de su amigo, y a manera de conclusión indicó: “Ahora me explico porque te dicen el desconectado”.

            A Leopoldo, la palabra desconectado lo sacudió. Un mal gusto apantanó su sistema digestivo, se sintió mal por primera vez en mucho tiempo. Desconectado, a pesar de su significado, lo enchufaba al mundo con los vivos. Aquel amigo nervioso, eléctrico, inútil sin su pata de conejo, sin querer, le demostraba su existencia como ejercito de Reserva, en esa triquiñuela de fauna tan diversa. Se veía asimismo como un repuesto almacenado, que en cualquier momento, podría ser quitado de su estante, despojado de su caja protectora, y obligado a girar entre esos millones de rueditas, aprendiendo el valor de los semáforos (avance, atención y pare). Participaba del mundo de los vivos, ese en el que se cruzaban los gatos negros y necesitabas imperiosamente patitas de conejo para neutralizarlos. En el mundo de los vivos la distracción es fatal. No hay que olvidarse del service periódico de la patita de conejo, y mucho menos, de pagar las cuotas, que después de cincuenta, o en caso extremo, gracias a una licitación, te la reemplazan por el último modelo, lleno de fuerza, vitalidad, energía. “Me parece que tu esposa tiene razón, pasaron muchos años, tendrías que probar cambiarla por una cero kilometro”


            Horacio recordó a ese capitán que se la entregó por ser el único rubio, sin echar en saco roto las palabras que pronunció: “Te va a traer suerte, (y agregó imperativo) sino, el soldado la muerde sin asco” Esa tarde, en el rutinario encuentro con Leopoldo en el café, comprendió que le quedaba un mandato por cumplir, aquel contenido en esa frase. Emilia llegó corriendo, con la lengua atropellada, dejó sobre su esposo y Leopoldo: “Me avisaron que el contrato fracasó y estoy embarazada”. Leopoldo optó por colocar tabaco en el volcán de su pipa, el gato negro entró en el bar, cruzó en diagonal las patas de la mesa y saltó sobre la tabla. Horacio se abalanzó sobre la pata de conejo, y ante el maullido histérico del felino, la mordió. Solo se escuchó un crac que liberaba el cianuro, Horacio, cayó muerto envolviéndose en el piso, lanzando una espesa espuma blanca. Emilia huyó sin pronunciar palabra. Solo Leopoldo aireando su pipa, y como para él, expresó: “Murió como una sirvienta”

                                                                               Eduardo Wolfson

sábado, 6 de junio de 2015

Causa justa

Se parece al teatro

 

Escena: “Defensoría de pobres y ausentes”. Ambiente: una prefabricada dentro del palacio de tribunales. Tiene un único ventanal, cubierto por espesas cortinas de pana gastada. A modo de bancos, columnas de libros de jurisprudencia, rodean el escritorio ministerial del defensor, él ocupa la única y desvencijada silla giratoria del recinto. A su lado el cesto de basura


Personajes

Rogoski: (Defensor de pobres y ausentes) Es una persona de edad, con dicción gangosa muestra problemas de atención y de memoria. Viste un par de calzoncillos blancos de media pierna, calzado en unos zoquetes negros estirados por sendos ligueros. Está descamisado, cubre su torso con un saco principe de gales prendido en el botón superior.

El Juez: Luce un traje elegante, el resto de la vestimenta es al tono, contrastando un moño y un pañuelo de vestir estampados.

El Ujier: viste un guardapolvo gris, es movedizo y muy servicial, nunca se ríe.

El Fiscal: Elegante Sport, Reloj pulsera importante, traba en la corbata, anillo con engarce de una notoria piedra preciosa.


Abogada privada: Mujer de 40 años, el cuerpo prominente lo cubre con un traje sastre

Testigo falso (Poeta) destacable traje con chaleco, camisa con gemelos de oro, sombrero de fieltro, al tono y de ala corta. Peinado para atrás con gomina  


Vendedor de libros juridicos (Jaimito) Usa traje gastado, zapatos sin lustrar

Comisario: Uniforme

Acción: (Rogoski se pasea enfundado en un par de calzoncillos blancos de media pierna, calzado en unos zoquetes negros estirados por sendos ligueros. El calor sofocante de las primeras horas del atardecer, lo soporta descamisado, aunque su tórax exuberante y velludo, lo cubre con un saco principe de gales prendido en el botón superior. Rogoski posa la vista en su escritorio ministerial, cubierto de polvo añejo, y huellas dejadas por el culo de los botellones de vino, pátina de realidad que retorna a su memoria casi agónica, como juergas ebrias y abogadiles.  Los golpes a la puerta, no lo sorprenden, sopla la prótesis que olvidó en el ángulo de la tabla, la escupe, la introduce en el paladar superior, y la rumia varias veces hasta acomodarla.

El juez: (Observa a Rogoski desde la entrada, encoge los hombros pensando en su camarada incorregible) - ¿Cuándo te vas a decidir a pasarle un plumero a estos cachivaches, y cuándo te podré encontrar vestido decentemente?”

Rogoski: saliva en el cesto de basura sin contestar.

Juez: -El que seas defensor de pobres y ausentes no te da derecho a atender a la gente en pelotas.

Rogoski: (la mano derecha la ocupa en rascarse dentro de la bragueta, utiliza la izquierda para indicar al magistrado que se siente. al fin argumenta provocando una sonrisa dilatada del Juez) -Los pobres que vienen acá también están en pelotas, y los ausentes no dicen nada, y ¡Aquí!, son los que sobran.

Ujier: (Entra como un gladiador dispuesto a dar la vida en el circo romano. Con sus extremidades superiores, sostiene en abanico seis bandejas de plata, en las que retozan, restos muy cocidos de lechón. Mientras Rogoski juega a la calesita en la única silla giratoria, el empleado cubre el escritorio con la mercadería).

El fiscal: (Llega portando seis cuchillas diferentes, ríe majestuoso).

 Rogoski: (Al ver la sonrisa del fiscal exclama con rencor) -¡Llena de dientes!”

El fiscal: (Exhibe en un paneo las cuchillas) -Estos filos nos facilitarán la tarea, para tener buenos bocados de los chanchitos que hoy vamos a deglutir.

El juez: (Toma por sus respectivos mangos a los diversos aceros, los examina meticulosamente, y expresa) -¿Estos son…?

El fiscal: (Interrumpiéndolo) –Efectivamente. (Aclara para el ujier y Rogoski) -son las evidencias de los seis asesinatos con arma blanca del mes pasado.

(Entra la abogada privada imponiendo su presencia dando vueltas como si fuera una modelo en su desfile. Después del paseo se dirige al fiscal) -¿No tendrá el señor fiscal una evidencia con el mango rosa, para que la única dama de esta honorable reunión de los viernes pueda cortar y saborear bocados de porcino?


Fiscal:  -Nuestra querida abogada, ¿no le teme a la triquinosis?

Abogada privada: (sonríe queriendo seducir) – No le tengo miedo a las cosas penetrantes

Fiscal: - ¿Se refiere a la evidencia o al chancho?

Abogada privada: (Ofendida) – Le pido señor Fiscal que recuerde que no solo soy letrada, sino mujer. Deje sus groserías porque usted sabe que el chancho siempre me interesa, y si me proveen de una buena evidencia, mejor.

Fiscal:( le alcanza una cuchilla) – se la proveo, es buena, pero no rosa.

(Llega el testigo falso, con damajuanas de vino Carlón, el ujier lo ayuda para acomodarlas al lado de cada una de las pilas de libros).

Rogoski: -Hoy hay que apilar más jurisprudencia y traer otra damajuana, tenemos un invitado. ( La mirada de los presentes confluye en la corpulencia abstraída del defensor de pobres y ausentes. El silencio, se prolonga todavía unos minutos. Esperan atentos y ensimismados la revelación, mientras Rogoski, se entretiene lúdicamente sacándose las dentaduras, superior e inferior, enfrentándolas para examinarlas como si perteneciesen a un rostro desconocido).

El juez: (con fastidio) -Siento mucho interrumpir tu arteriosclerosis progresiva, mi querido Rogoski, pero ¿nos podrías informar a que figura excepcional recibiremos este viernes?

Rogoski: (como un niño atrapado en la mitad de una travesura, esconde atropelladamente sus dientes en la cavidad bucal y pastosamente expresa) -Se trata de un vendedor de libros jurídicos, a la mayoría de nosotros, alguna vez, nos ha vendido códigos, mamotretos de leyes anotados y comentados, que ni siquiera nos hemos tomado el trabajo de consultar. 

(Los contertulios, despistados pero no asombrados, solo encogen los hombros traduciendo un desconocimiento indiferente. El testigo falso (alias poeta), pincha una de las aceitunas que acompañan a los lechones, y antes de probarla, ensaya una sonrisa gardeliana como para entonar “Amores de estudiante”

Testigo falso: -Un vendedor de libros conspira contra la cultura popular.

El juez: (Refriega su pañuelo de seda en el interior de un vaso plástico). -¿Cómo se entiende eso de la conspiración?

Testigo falso: (Pasa su peine de bolsillo sobre su cabello negro) -yo lo noto, porque cada vez que subo al estrado, ustedes me hacen preguntas más retorcidas, con palabras a las que no he oído en mi larga lucha tribunalicia. Y eso, estoy seguro, se debe, a que ahora preparan el interrogatorio con vocablos que están en los libros que les vende este señor, que sin consultar, nuestro apreciado Rogoski invitó a esta magnánima y selectiva asamblea de los días viernes.

El juez: (Toma la damajuana que le corresponde y llena su vaso, luego construye un gesto de reprimenda, señala con el dedo índice a Rogoski) -Tiene razón el amigo, esa invitación inconsulta no es democrática, por lo tanto improcedente, pero la aceptaré porque fue hecha por el lelo Rogoski, cuya condición me impide discutir.

El fiscal: (Toma a Rogoski del mentón, obligándolo a reconocerlo) -No se tratará de Jaimito, ese vendedor bolche que intenté denunciar en la época de la dictadura, para librarme de cuotas que no pensaba pagarle, pero el muy bolche me extorsionó, exhibiendo un aporte mío a la campaña financiera de su rojo partido.

Testigo falso: (Se acerca al único ventanal, corre las espesas cortinas de pana gastada, el entrevero de la luz corta su rostro apuñalado por las sombras. Medita, y se dirige al fiscal) -Si es Jaimito, hablás del vendedor ex bolche devenido en menenista, un tipo macanudo que reconoció las ventajas de la derecha demasiado tarde.

(Lo que parece el principio de una disertación, queda trunco al irrumpir el propio Jaimito cargando un portafolio de cuero, con las costuras a punto de estallar y una pila de tomos, cobertura de una enciclopedia, liada con hilo sisal.)

Rogoski: (Eructa, le da la bienvenida y se dirige a los presentes, señalando a Jaimito). -Si no fuera por este hombre que nos trae todas las novedades en cuotas, estaríamos imposibilitados de impartir justicia”

El Juez: (Carraspea, levanta su copa y brinda ) -“Salud y amén”.

El ujier: (pasea una de las bandejas con cerdo por los comensales)

Poeta: (casi murmurando) -Nuestro Juez garantiza la imparcialidad, no está obligado a garantizar la justicia.

(La masticación y el vino carlón, son reina y rey, respectivamente, por algún espacio de tiempo. La abogada privada dibuja una sonrisa que se convierte en carcajada. Todos, contagiosamente, ríen estrepitosos. Al cesar la risa, sus rostros no tratan de ocultar la ignorancia sobre el origen de aquella actitud).

abogada privada: -Me acordaba de aquel divorcio contencioso de esos millonarios de la farándula, que tanto el fiscal como yo anotamos a Poeta como testigo.

Poeta: (acostumbrado a escuchar con calma, una virtud contraída en la profesionalidad y praxis de su oficio, calla, mientras todos, excepto Jaimito, vuelven a reir). - Ese error cometido por ustedes, casi me cuesta la carrera.

 Jaimito: (ignorante del tema que tratan realiza una interrogación colectiva) -No quiero que lo tomen a mal, pero para poder participar, me gustaría conocer el error cometido, como dice el camarada poeta.

abogada privada: ( cruza su mirada con la de poeta y el fiscal, como buscando un permiso para hablar) - A mis manos, hace unos diez años aproximadamente, vino a parar un divorcio que tuvo una difusión magnifica, y que prometía suculentos honorarios. Se acercaban los días de feria, y pensé que sería lindo tenerlo resuelto antes, para pasar una vacaciones como corresponden, disfrutando de esos honorarios. Así que hable con el amigo Fiscal, y combinamos en darle un tratamiento expreso, con el fin de hacernos ambos de un buen botín. El exiguo tiempo disponible de preparación, nos impidió, como lo hacemos siempre, combinar por quién iba atestiguar poeta, por la querella o por la defensa. El resultado es que ambos pedimos su testimonio. Aquel malentendido, pudo significar un escándalo de proporciones en el ámbito judicial.

Jaimito: (Piensa en voz alta) -O sea que una misma persona tenía que atestiguar a favor y en contra de ambos imputados”.

(Rogoski extrae una escupidera de un armario cercano, la coloca sobre el escritorio, y escupe tres carozos de aceitunas en ella. El fiscal pasa suavemente la yema del dedo pulgar, probando los filos de los cuchillos caratulados como evidencia. La abogada privada se engrasa libidinosamente los labios con cuerito de lechón).

 Juez: (a desgano, corrobora la reflexión) -Exacto. Y debo decir que de todos los testigos falsos que existen, solo nuestro amigo Poeta es capaz de declarar a favor y en contra de los antagonistas y viceversa, en el mismo acto, y sin entrar en dudas razonables. Espero señor Jaimito, con esta descripción, haber despejado el intríngulis que suscitó sus expresiones a esta venerable mesa.  

(Jaimito asiente, pero las arrugas de la frente, delatan que sobreviven varias dudas en el proveedor para intelectuales).

Poeta (se siente compelido a intervenir con el ánimo de aclarar) -Usted no debe ignorar estimado Jaimito, que testificar no es moco de pavo, y tampoco un trabajo para cualquiera. Los que trabajamos de testigos somos elegidos. La nuestra, como la de las putas, es una de las profesiones más antiguas, sino fíjese en los que han testificado para Jehová. Somos héroes difamados en vida, en esto nos parecemos a los políticos, pero a diferencia de ellos, cuando desaparecemos, nadie construye una estatua para recordarnos, y nos vamos solos, sin cortejo, solo los de la funeraria alzando un féretro barato, y tal vez alguna voz que murmura: [un buchón menos]. No hay quien diga a cara lavada que somos imprescindibles, que sin nosotros, el derrotero institucional, histórico y  jurídico de la sociedad sería un caos, significaría la guerra de todos contra todos. Por eso en su momento, tomé este trabajo ingrato como un sacerdocio. Aquel día atestigüé a favor y en contra de ambos contendientes. En primer lugar para un esposo ofendido por el adulterio, y en segundo lugar para una esposa no deseada.

Poeta: (siente su lengua seca, cosa que se viene repitiendo hace un tiempo y le preocupa, sobre todo, porque nota que ese malestar puede conspirar con el buen desempeño de la profesión. Decide no continuar y tomarse un trago de Carlón). –Esta lengua, está pretendiendo alejarme de la profesión.

Rogoski;(disfruta pellizcando la grasa de un corte de lechón) -Así es mi querido Jaimito, para la gente no involucrada es fácil criticar a la justicia y a los justicieros que todos los días batallamos en ella. Acá el noble Poeta, tiene un trabajo arduo y nada reconocido. La gente cree que un testigo falso es un vago, que lo único que hace es hablar a favor del que le paga, y cada vez que un juicio lo requiere. Toda esta confusión que tienen, es porque ellos ven el final de la película. ¿Pero que sucede mientras esta se filma? Esos cientos de créditos que aparecen en ella con letra más chica o más grande, son personas que fueron imprescindibles para realizarla. Poeta, frente al siguiente juicio, necesita hacer el trabajo de esos créditos. (Rogoski se quita sus lentes, y sobre los gruesos vidrios esparce la grasa de lechón pellizcada, sus párpados semicerrados exhiben una mirada de luto).

el juez: -Para que haya testimonio creíble, el testigo debe tener todas las habilidades de un actor, un director, un coreógrafo y un productor ejecutivo experto. Tendrá en su momento que recrear una escena del crimen, justificar porque estaba en ella, testimoniar a favor de su cliente, tomando la personalidad que la misma demanda. Como actor, debe componer ese personaje que la trama le exige.

Rogoski: (pasa la manga del Príncipe de Gales, quitando el polvo sobre un cartelito que extrajo del cajón de su escritorio. Como descifrando el contenido).

 el Fiscal: (lee en voz alta el letrero que sostiene Rogoski) -Doctor Gerardo Rogoski Defensor de pobres y ausentes.

Poeta: (apaga un pucho sobre lo que quedó de un cuerito de chancho, exhala el humo pesado que retiene en la boca) -Con el Dr. Rogoski nunca pude hacer negocio, no tiene clientes para mí.

   Rogoski: (abandona su estado de divague, se quita los lentes tapados con nubes de cerdo, y dejando a la intemperie unos ojos legañosos de roedor afirma: -Tenés razón Poeta, en esta prefabricada nunca encontrarás negocios para vos, pero ambos estamos en el circulo virtuoso de la justicia, entre otras cosas, desde aquí se brinda el apoyo logístico necesario. Por ejemplo cuando urge terminar un caso, mi oficina les entrega un pobre, los colegas lo imputan para convertirlo en delincuente, entonces vos preparás un testimonio irrefutable, y lo sentencian. Al pobre se le acaban los problemas de alimentos y habitación, la sociedad vive más tranquila porque tiene un malviviente menos en la calle, y en las estadísticas disminuye el índice de pobreza. Se trata de un círculo virtuoso, que comienza aquí, en la defensoría de pobres y ausentes.


(En una piletita el ujier va a lavar los 6 cuchillos usados en la comida. El fiscal lo detiene)

Fiscal - Bárbaro, esos cuchillos son evidencia, si los lavás vas a dejarlos sin  rastros, y a nosotros sin pruebas.

(El empleado, sorprendido, deja las armas clavadas en los restos de lechón).

Jaimito -Veo que ustedes no se toman muy en serio a la justicia.

Juez (interroga con tono policial) - ¿Por qué lo dice?”.

Jaimito (observa a Rogoski) - solicito permiso para desarrollar mi contestación.

Rogoski -Hombre, déjese de formalismos considérese uno de los nuestros.

Jaimito -no tengo intención de crear resentimiento sobre lo que puede parecer una crítica, que no lo es.

(Jaimito observa que todas las miradas lo indagan obligándolo a hablar)

Jaimito -Disculpen, fue solo un exabrupto, sin mala intención, tal vez producido por la ingestión indebida de carlón y este clima sofocante.

(Lo escuchan sin parpadear, intenta una pausa breve para estudiar la reacción de sus oyentes. La actitud sigue siendo la misma, salvo la de Rogoski, que fuerza a la dentadura fuera de su cavidad bucal a masticar pedazos de chancho.)

 Jaimito (experimenta al silencio como una demanda para que continúe, y la acata) -Decía, que creo que no se toman enserio la justicia, porque se reúnen en esta prefabricada, colocada dentro del majestuoso palacio de tribunales, y que funciona como defensoría de pobres y ausentes.

Poeta -No se me ponga nervioso Jaimito, yo sé muy bien lo difícil que es hablar frente a un tribunal, trate de que estas personalidades no lo intimiden para estructurar su relato. Como diría un arbitro, siga siga….

(El ujier pone en la mano de jaimito un vaso con carlón. Luego de algunos sorbos retoma la palabra):

Jaimito -Cuando hablo del palacio y la prefabricada, estoy corporizando a la desigualdad extrema en el espacio de la justicia, y considero que esto no es serio.

(La última intervención de Jaimito  transfigura rostros. Nace un silencio pesado. El ambiente impregnado de alientos fétidos es protagonista. Algunas exhalaciones son la antesala de palabras que emite la sonora y grave garganta del juez)

Juez -La perversa organización de su pensamiento, mi estimado Jaimito, solo le posibilita abrir juicios de valor invertidos sobre la realidad, que en definitiva, es la única verdad. No nos tomamos en serio el espacio de la justicia, porque este es el de los tribunales, organización que ha derrotado a su enemigo, el tiempo, ese que todo lo cambiaba, y arrastraba con sus huracanes a la gente, forjándola a exigir justicia.

(El fiscal toma de una oreja a Jaimito, lo arrastra hasta el ventanal de la prefabricada, y a viva voz, zarandeando el brazo libre grita)

Fiscal -En la calle hay desocupados Jaimito, madres solteras, cartoneros, cuevas que venden dólares y empleados jerárquicos y ejecutivos que compran dólares. Periódicos que se quejan por la inflación, y comerciantes furibundos, que corren a sus comercios para duplicar los precios y aprovechar un pedido a lista vieja. La desigualdad extrema, Jaimito está en la calle, y como dice nuestro Juez, acá es tribunales.

(Jaimito suda profusamente, su camisa de nylon se le pega al pecho y a la espalda. Trata de desprender los dedos del fiscal de su oreja sin conseguirlo. El fiscal arroja a Jaimito, quien cae con convulsiones en las rodillas de Rogoski. La abogada privada y el ujier, se apresuran a sacarlo de esta situación, y corriendo un poco al chancho cortado, lo acuestan sobre el escritorio. Los estremecimientos comienzan a cesar paulatinamente. Las miradas se posan golosamente sobre el cuerpo de Jaimito.)

La abogada privada -Cuánta sabiduría hay en las palabras de su señoría (el juez se muestra halagado) nos está diciendo apreciado Jaimito que la Organización vence al tiempo. La inquisición es parte de nuestra historia, por lo tanto, constituyente de nuestro presente. No le voy a negar que nuestro procedimiento es lento, pero para remediarlo, la naturaleza nos puso las metástasis que culmina con la herejía.

 Rogoski (toma uno de los cuchillos clavados en el chancho, pasa una servilleta sucia sobre el filo, y se lo extiende al Fiscal) -Es para que no le provoque infección.

(El fiscal lo clava con impetu en el muslo derecho de Jaimito, que lanza un grito agudo, ensordecedor. El ujier no espera el fin del alarido, para hundirle otro cuchillo en el muslo izquierdo. Otros dos van a parar a los hombros llevados por las manos de Rogoski y Poeta. La abogada privada elige los genitales, mientras que con el último cuchillo, el Juez, como si se tratara de un hábil cirujano, penetra su corazón. Señalando bienestar, un suspiro generalizado inunda el ambiente. Las pupilas brillantes de los presentes observan con gula el cuerpo acuchillado e inerte de Jaimito. Rogoski, ceremoniosamente, extrae los cuchillos, los entrega uno a uno a sus compañeros)

Rogoski (Enajenado, exclama a modo de epitafio) -Cuando estás seguro que llegaste al fin del mundo, entonces te das vuelta, y este comienza.

El juez (vuelve a introducir su utensilio en el corazón y con un movimiento de afloje, agranda la herida, hasta extraer una porción) - sumense al desguace. A mi siempre me encantó la pechuga.

(El escenario se oscurece. Al volver la luz, todos están relajados, de Jaimito quedan huesos, y su ropa hecha jirones. El Juez, satisfecho, enciende un puro digestivo que acompaña con tragos de carlón).

La abogada privada (Masticando se queja) -Estoy manducando unos bíceps más duros que lo pensado.

Poeta (Reflexiona) -Y, el hombre levantaba libros y eso no es moco de pavo”.

(El ujier pide con gestos permiso a Rogoski, y luego se dirige a su señoría)

Ujier -Creo que es hora de llamar al comisario.

(el juez accede agachando afirmativamente la cabeza).

Comisario: (entra extiende la mano a cada uno, agregando una reverencia y juntando los talones.

Rogoski (Se lamenta) -Pero no le hemos dejado nada sabroso a nuestro auxiliar.

Poeta (justifica) -Pasa que el Jaimito tenía poca carne, no alcanzó para todos.

Comisario -les recuerdo señores que atravesamos tiempos democráticos, que resultan ser mucho más burocráticos que los anteriores, así que necesitaría unos cuantos datos más para darle un destino a esa osamenta.

Rogoski  -No se preocupe, acá en la defensoría lo registramos como ausente, y si los antropólogos lo descubren, se lo devolvemos a los familiares y lo borramos del registro.

Comisario (observa los restos de Jaimito diseminados entre los del chancho) - Les advierto, que si bien, mi gente y yo somos expertos como auxiliares del trabajo sucio, en estos tiempos, por falta de presupuesto, no disponemos de todos los elementos necesarios que la tarea demanda.

Juez (exasperado) -Vamos comisario, pero que le pasa con tantos remilgos, acaso nos cree sus enemigos, piensa que lo del presupuesto es cosa nuestra, usted sabe muy bien que los nuevos vientos también nos arrastran.

Comisario (escucha erguido con respetuosidad) -pero su señoría, comprenda, nos faltan bolsas mortuorias, guantes apropiados y palas” 

Juez (pasa revista sobre el comisario) -Sea creativo carajo, a falta de bolsas mortuorias, buenos resultan los embalajes de plasma, para guantes, bolsitas de polietileno, y para las palas, sus gorras. ¡Vamos! Levanten todo, dejen limpio el boliche de Rogoski, y las sobras de chancho y de lo otro me lo tiran en cualquier hueco, de esos que construyen las comadrejas grandes

Abogada privada (En tono seductor se dirige al comisario) –No quiero que las palabras de nuestro ponderado Juez dejen en el Comisario una mala impresión. Estoy de acuerdo con usted que soplan otros vientos y que lo billetes del presupuesto vuelan a otras manos. Pero tenga en cuenta mi seguro servidor, que estas reuniones, las hacemos porque somos la resistencia. El vernos unidos, es la forma que hemos encontrado para mantener nuestra consigna: “Estamos en contra de la pena de muerte con juicio previo”.
                                   
                                                                    FIN            
                                                                                            Eduardo Wolfson














lunes, 1 de junio de 2015

1968 Ensalada rusa.

 Fragmento del libro inédito “Sobre ráfagas y ausencias”

        
          -Voy a estudiar letras papá.
         Cenamos, mi viejo se sirve un poco más de la ensalada rusa. Mi hermano mayor lee un libro mientras come. Mamá acerca el segundo plato.
         - Y ¿qué pensás darles para comer a tus hijos, sopa de letras?
         La interrogación socarrona me molesta, me llena de bronca.
         Pretende que yo sea farmacéutico, hasta me prometió instalarme la farmacia ni bien me reciba. Un año pasé estudiando en bioquímica, y no me la banqué. Encandilado por las zanahorias que él me tiraba, el secundario lo hice a los ponchazos. La primera planta umbelífera me la dio cuando terminé el primario. Yo quería ingresar al liceo naval, él sugirió que hiciera el bachillerato hasta tercer año, para entrar directamente a la escuela de oficiales. Cuando me echaron del colegio, propuse trabajar. Me demostró que sin el ciclo básico no pasaría de cadete, y yo, soñaba con ser gerente. Acepté estudiar para rendir libre. Fue un esfuerzo inútil, así que repetí. Después, a pesar suyo, con la condición que termine el bachillerato en la nocturna, me consiguió trabajo.
        
         Me levanto hecho un trueno sin contestar, mi hermano continúa leyendo su libro, y el viejo comiendo la milanesa.
         Y ahora, después de mi ejercicio de dignidad: ¿cómo hago para pedirle guita? Necesito componer las formas, la estrategia es una cosa, pero la táctica señala que debo abdicar. Aunque no nos soportamos, mi viejo, a veces lee mi pensamiento. Pone la mano en su bolsillo y me da unos billetes. Me palpo para comprobar que llevo mis documentos, y salgo dando un portazo.

         En Politeama, le doy unos pesos al gallego Esteiner, y por debajo de la mesa, me entrega una documentación impresa, muy voluminosa, de Política obrera.
         –Léela, la próxima semana la discutimos.
         Todo lo que el gallego entrega, me resulta difícil y aburrido, y creo que se dio cuenta. Cuando intento leer lo de la teoría del valor, seguro me duermo. Pero me satisface ser militante troskista y sentarme con el gallego. Las mujeres nos observan, me siento importante. Disimulo, coloco los papeles en el portafolio, pago el café.
         Desde una mesa en la ventana, el colorado Pedro me pide auxilio, está con dos minas que no conozco. Me las presenta, les doy cinco o seis años más que nosotros. Hablan entre ellas como si el colorado y yo no existiéramos.
-José ya tiene 50 años. _dice la que está a mi lado_.
         -¿No te parece que está un poco crecidito? _pregunta la otra_.
         -Es muy dulce, hace lo que yo quiero.
         -Como un padre.
         -¿Vas a empezar con Freud para arruinarme la noche?
         - No es mi intención.
         - ¿Y cuál es?
         - Saber por qué aguantás a ese viejo meloso.
         - Ya te dije, es muy dulce, aparte es un tipo inteligente, no te aburrís como con los pendejos.
         El colorado y yo nos sabemos sapos de otro pozo, pero no reaccionamos. La que tengo en frente, reflexiona en voz alta:
         -Tipo inteligente con la billetera llena.
         -Me estás agrediendo.
         -Sinceramente, ¿te sentís bien saliendo con él?
         - Si, por supuesto, te lo estoy diciendo.
         - Y en la cama… ¿Cómo es?
         - Bien.
         - Bien nada más.
         -¡Nélida!. Están los chicos.
         Esos somos nosotros, el colorado está pálido y le brillan los ojos.
         - Hacé de cuenta que no están, ellos son compañeros. ¿Qué pasa con la cama?
         - Bueno imagínate, no es sencillo. ¿Cómo Querés que te explique?
         -¿Terminan juntos?
         Sobre el mantel vuelco un vaso de agua.
         -¡Mirá lo que lográs!, me hacés ruborizar
         -¡Querida!, ¿tenés orgasmo con él?
         -Si, pero en forma artificial
         Orgasmo, palabra rara si las hay. El colorado adivinando mi ignorancia y pedido de auxilio, se encoge de hombros. Otro incapaz de ayudarme. Trato de memorizar y deduzco. Si el de ella es artificial, debe existir alguno, en algún lugar del mundo que es natural.  El salón está lleno, en la mayoría de las mesas para cuatro se sientan seis, y consumen un café.
        
         Sigo la rutina, ya es hora del Lorraine. Ruego que no proyecten “La Madre”, este mes la vi tres veces. Pero si salen con una de ese sueco Bergman, que los tiene locos a todos, entonces prefiero que vuelvan a dar “La Madre”. En el hall nos saludamos, con muchos no he cruzado una palabra en mi vida, pero nos conocemos del Politeama, del Lorraine y de Pippo, somos algo así como una hermandad que no se publicita. No puede ser: “La fuente de la doncella”, Bergman otra vez. A la salida, ya lo puedo escuchar al Cucho dando cátedra, a las minas y a giles como yo, mientras se nos enfría el tuco y pesto sobre las mesas con manteles de papel. Lo imagino con sus enormes anteojos con vidrio de sifón, estirándose en la silla de la cabecera, y abrumando con su voz aflautada:
         -Este sueco es una genialidad, hay que conocer su obra para gozar. ¿Notaron cómo se interroga sobre el sentido de la existencia humana? Sus imágenes son la sinceridad de su agnosticismo. ¿No se dieron cuenta que el hilo conductor de su pesimismo está entre el irracionalismo de la filosofía y el misticismo del ideal?
         Esas palabras nos dejan atolondrados, pero siempre hay alguno que se atreve a contestar casi en los mismos términos:
         -Yo no creo Cucho que su hilo conductor sea el pesimismo. Más bien, en todos sus film, intenta bucear sobre el origen de la ferocidad y soledad humana y sobre todo en su indagación, a veces velada y otras, explicita, se pregunta acerca de la construcción posible de un mundo sobrenatural.
         A estos cada vez los entiendo menos, las minas los miran obnubiladas sin importarles un comino que se le enfríen los fideos. Yo no hablo, no quiero que me tomen por boludo. Si les digo lo que realmente entiendo, seguro que me ponen cara de lástima. Mejor mantener la hipocresía, callarme sobre esas agobiantes imágenes sin sentido que no terminan nunca, que consiguen ponerme incómodo en la butaca, y recordarme, que el cine está lleno de pulgas. Mejor no opino y aprovecho los vermichelis aún tibios.

         Introducción a la sociología, aula magna, primer día. El profesor titular es un tal Campoy. Un compañero me cuenta que el tipo vive en Mendoza, que la universidad le paga el avión y la estadía para que venga a dar sus clases magistrales. El pizarrón está escrito: “La universidad orienta la enseñanza como sistema educativo de la clase dominante”. Entra un tipo alto, flaco, de bigotes finitos y cubierto por un traje de franela. Sale. Vuelve con un bedel uniformado con guardapolvo gris. Con un borrador, hace desaparecer la frase del pizarrón. El bedel se va, Campoy se queda. Nos dice que en el programa nos familiarizaremos con los grandes de la sociología, Pareto, Sombart, Sorokin y sobre todo Talcott Parsons. Y la estructura de la acción social.
        
         -Soldado, ¿usted pidió franco para rendir introducción a la sociología?
         -Sí mi teniente coronel.
         -¿Pero usted no estudia bioquímica?
         -Dejé mi teniente coronel.
         -¿Por qué dejó?
         - No me gustaba mi teniente coronel.
         - Y, ¿le gusta el kremlin?
         - No sé que es el kremlin mi teniente coronel.
         - Y a la facultad de filosofía y letras, ¿cómo la llama el soldado?
         - Facultad de filosofía mi teniente coronel.
         - Pero no me va a negar que un 90% de los que están en ese antro son comunistas.
         - Pero hay un 10% que no mi teniente coronel.
         Voy a la facultad con el uniforme. Desde que el teco se enteró que estoy en filosofía, me convertí en su obsesión. Kosuch, su asistente, me contó que le escuchó una conversación telefónica, pidiéndole a alguien que me tenga en observación. A pesar de mi disfraz, los bolches del centro de estudiantes, mis compañeros troskos y otras yerbas, no dejan de acercárseme proponiéndome participar de delirios en pleno estado de sitio.
         -Pero no te das cuenta que estoy haciendo la colimba. _le digo a tato que me invita a una asamblea_
         -No me hablés que me tienen fichado y podés caer en la volteada. _le susurro a Lucarelli que trae unos afiches con la cara de Onganía cruzado con la palabra prohibido.
         Me voy a Diógenes a tomar un café. Está Susana, con ella puedo hablar, no creo que esté en nada, además es un bombón. Buena señal, se sonríe al verme.
         -Así que te agarraron los milicos.
         -No tuve suerte en la lotería.
         -Vos, ¿con quién te analizas?
         -No, yo no.
         -Claro, el servicio no te deja tiempo.
         -No, no tengo necesidad de analizarme.
         Los grandes ojos de Susana se desencajan. Su boca se tuerce. Mira las otras mesas, trata de sonreír:
         -¿Me estás cargando? _pregunta y me saca de foco_.
                                                                           Eduardo Wolfson


domingo, 24 de mayo de 2015

La pesadilla

  Por Eduardo Wolfson

Lo sacudieron para que despierte. Sudado, colocó sus manos sobre el colchón tratando de erguirse. Un dolor agudo recorrió su columna. Gimió, trató de abrir sus ojos, pero fue inútil, la venda era la barrera que impedía su objetivo. Así, ciego, fue arrastrado y enderezado contra una pared. Escuchó los insultos de esas voces graves hasta que llegó el puñetazo que destrozó su tabique nasal. Aglutinó calor en su rostro. Desde la nariz, acarició su propia sangre descendiendo, la degustó en su boca. Completó su perturbación un baldazo de agua helada, que lo dobló. Las trompadas continuaron hasta que cayó. En el piso, las patadas se ensañaron con su cuerpo en un padecimiento infinito. Envidió a los que morían. Trató de pedir que lo maten, entonces supo que no modulaba palabras, se había quedado sin voz. Con algo parecido a unas pinzas le abrieron la boca. Primero vino el aroma a mierda y enseguida el gusto. No pudo resistir, introdujeron materia fecal hasta la primera convulsión. Lo dejaron enroscado en el suelo mojado. Alcanzó a escucharlos nuevamente, primero fueron murmullos entre ellos, luego se convirtieron otra vez en gritos e insultos para él.

Alguien le quitó la venda, lo trasladó hasta la cama, arrulló sus llagas, le pidió que duerma, y agregó, “es posible que tengas un buen sueño”.


sábado, 16 de mayo de 2015

De “Relatos sobre Carlos Passos”


Cherofa interpela y algo más ...            
                                              Por Eduardo Wolfson

Ese día, Cherofa fue una aparición en Diógenes, nadie recuerda haberlo visto entrar. Pero ahí estaba, con los vaqueros sucios de siempre, su camisa negra de botones blancos y los lentes oscuros cubriéndole la mitad del rostro. Dejó en el piso dos paquetes gigantes de apuntes para entregar. Se abalanzó sobre Passos aprisionándole el cuello con sus manos. Su voz aguda descargaba puteadas que languidecieron de apoco, mientras los testigos volvían de la sorpresa a la normalidad. Paco y Pepe desprendieron los brazos de Cherofa.  Passos sofocado, pudo por fin respirar profundamente y restablecer su juicio: “Pero ¿qué te pasa pibe? ¿A que se deben esos improperios?”. La interrogación, con duda y con sorna tranquilizó los ánimos. Cherofa contestó agitado: “le presentaste un tipo a la Clara y le dijiste que estaba enamorada de ella”
            Passos, recuperado, pidió gruyere cortadito y ensartó la última aceituna. A una ráfaga de silencio pensativo, inició el diálogo:
            - ¿Y tiene algo de malo eso?, ¡Cherofa!
            - Sos un hijo de puta, no tenés derecho a jugar así con los sentimientos       de una mina paralítica, ¡Passos!    
            -Claro, según vos, una paralítica no tiene derecho a sentirse mujer,   ¡Cherofa!
            - No digo eso, digo que sos un degenerado. ¿No te da lástima la pobre mina? ¡Passos!   
            - ¡¿Qué?!, ¿sos boy-scaut? ¡Cherofa!
            - Pero no te das cuenta que la fabricaron para un melodrama, ¡Passos!   
            - ¿Por qué decís eso? ¡Cherofa!
            - Es paralítica, huérfana, con una hermana que es una psiquiatra rica y la desprecia. Estudia psicología. Un tachero, solo la bajó del coche cuando ella aceptó chupársela. Para colmo, en el único lugar donde puede vivir, es en una pensión rasposa, donde entra sin ayuda con la silla de ruedas porque no tiene umbral. ¿Si esto no te parece un melodrama? ¡Passos!   
            - Entonces, según vos, los que están para el melodrama tienen prohibido vivir el amor, ¡Cherofa!
            - No seas turro, la mina es paralítica y vos la ilusionás al pedo, ¡Passos!   
            - ¿Ella te contó que yo le presenté un tipo? ¡Cherofa!
            - sí, recién en el hall de la facultad, ¡Passos!   
            - ¿Y cómo estaba? ¡Cherofa!
            - Me preguntó si era verdad, la pobrecita. Y yo no sabía que decirle, ¡Passos!   
            - ¿Y cómo estaba? ¡Cherofa!
            - Como estaba ¿qué? ¡Passos!
            - Claro, ¿tenía las crenchas de todos los días?, ¿usaba esa polera sucia que le mantiene las tetas en el estómago? ¡Cherofa!
            - No. Está peinada y con el pelo brillante. Ahora que lo decís, me parece que tiene pintados los ojos, ¡Passos!   
            - ¿Viste? ¡Cherofa!
            - ¿Qué? ¡Passos!
            - La ilusioné, se sintió mujer y está usando sus armas de seducción. En cambio, para vos, es tan solo una paralítica, ¡Cherofa!







sábado, 9 de mayo de 2015

1968 Colimba

Relato corto de una estupidez con gorra

Por Eduardo Wolfson

El energúmeno no nos quiere dejar en paz. Nos grita cada vez más fuerte, nos dice cosas sin sentido. Que los del 47 somos los más numerosos pero también los más flojos. Que justo a él le tocó una compañía de ignorantes. “¡Mucho mediquito!, ¡mucho mediquito!, pero para marchar son unos gansos”. Se pone rojo, su nariz es un tomate para exportar.  El uniforme de fajina se le plancha en el cuerpo. La visera de su gorra le aletea en la frente, es señal que desde sus entrañas nace un clamor previo al baile: “¡Reclutas!, lo que no les entra por la cabeza les va a entrar por los pies –su voz brama - ¡alrededor mío carrera march, cuerpo a tierra, salto de rana!. Les aseguro que van a desfilar como si fueran San Martín”. Tengo que pensar algo y pronto, sino la bestia me mata. Ya sé, en el próximo cuerpo a tierra no me levanto. “El civil ¿está veraneando en el pasto?”. Truena su sarcasmo mientras apoya su borcego en mi espalda.

“¡Lumbalgia aguda!”, diagnostico en voz alta de médico militar. “¡Internación inmediata!”, tratamiento ordenado en voz alta por médico militar. Soy un eslabón en la fila india, en una ventanilla firmo la entrega de un pijama gastado. Por pasillos que parecen no tener fin, un sargento enfermero nos conduce hasta la sala general. Nos asigna las camas, nos ponemos el pijama y nos ordena acostarnos. Giro la cabeza hacia ambos lados, cabeceras de caño blanco que se repiten hasta el infinito. Miro hacia el frente, como si hubiese un espejo gigante, separado por un pasillo el panorama del otro lado es el mismo. Tomo conciencia de la concentración extraordinaria de cuerpos accidentados y enfermos que me rodean. “la colimba los hace hombres” dice un vecino de casa, “pero primero los hace mierda”, agregaría yo. Son las seis de la tarde, treinta metros a mi derecha, sobre una cama, un grupo juega a la baraja. En frente, un muchacho entubado con una pierna en alto, enyesada, emite un quejido intermitente. El peso de la tarde, esfuma la claridad que penetra por grandes ventanales que rodean la sala. La oscuridad invade mi ánimo. Todos nos hemos callado, nadie putea, no hay murmullos, no sé si se trata de silencio o vacío. El recogimiento espontáneo cesa con la llegada de la comida. Desde lejos escucho un grito  que se repite cada vez más cercano: “¡rancho!”. Un gran carro forrado en acero inoxidable, avanza por el pasillo tirado por dos colimbas que son guiados por un cabo. En ciertas mesas de luz, depositan en un plato un mejunje humeante, es para los enfermos que no pueden deambular. El carro acaba estacionado junto a dos mesas muy largas, flanqueadas por bancos de cemento. Sigo al rebaño, con un jarro y un plato de lata. Otra vez puteadas, algarabía, y risas que se necesitan cuando vuelan los panes. Hay cambio de guardia, media luz y reposo. Algunos muchachos ayudan a comer a los impedidos. Un pinchazo sumamente doloroso en la nalga derecha me despierta. “no putees pibe-me dice el enfermero- son las intramusculares que mandaron a inyectarte todas las noches”. Creo que me la dio en el ciático, mi pierna es un trayecto punzante, parece que mi avivada no esta resultando. Un compañero me zamarrea, se que despierto porque experimento el recuerdo de la inyección. Diviso a un grupo que rodea la cama del colimba entubado. “Hace mucho tiempo que dejó de quejarse”, mi despertador explica la situación en voz baja y con timidez provinciana. Me incorporo, mientras su rostro se va definiendo a través de mis ojos. “El suboficial de piso desapareció, así que el pelado y el tucán fueron hasta la guardia para ver si pueden traer a algún médico”. Todos despertamos, los que no pueden movilizarse estiran sus cuellos como si se tratara de periscopios, es la forma que tienen de hacer saber que están acompañando. El tucán y el pelado  entran con un médico civil. La revisada dura un par de minutos. “Está muerto”, nos dice casi en un murmullo, y afirmándose agrega: “ahora todos se van a dormir y no le dicen a nadie que yo lo vine a ver, me pueden meter en un lío. Mañana cuando se haga la recorrida, el médico militar acreditará la defunción. Pero por favor muchachos, ustedes a mí no me vieron”.
            Pasaron 7 ampollas aplicadas por manos brujas, con sus siete madrugadas. Me entregan el alta y un salvoconducto que me prohibe realizar cualquier esfuerzo físico.  

            En manos del suboficial mayor de la instrucción, el certificado es interpretado como diploma, que con honores, he recibido como licenciado en inutilidad. “A partir de ahora ya no es un recluta, ni será un soldado, para mi usted es solo un civil, un civil trapo de piso, un civil escoria. Así que cada vez que yo pronuncie la palabra civil lo estaré llamando, y usted, como un rayo acudirá hasta mí, ¿entendido?, ¡Civil!”.

Un civil, muy bien podría preguntarle Sócrates a Trasimaco: - ¿Para qué sirve?
- Para sostener la bandera en el ensayo de juramento. Muy seguro contestaría el sofista suboficial.

            En su discurso otoñal, lleno de loas a la patria, al ejército, a la escarapela, y por supuesto a la bandera, el instructor anuncia que va a infundirnos espíritu de cuerpo. Para tal fin, nos informa: “Dos granaderos, ataviados con el uniforme victorioso de la batalla de San Lorenzo, recrearán en sus instrumentos, trompeta y tambor respectivamente, los acordes indelebles de las marchas precursoras de nuestra nación, entre ambos servidores de las fuerzas, la bandera con su sol refulgente flameará, saludando nuestro paso marcial. Cuando las ternas vibrantes pasen frente a ella, con la mirada serena y tornando el rostro, elevarán su diestra para entregarle su hidalguía”.

            Entre dos granaderos, mantengo erguido un mástil inmenso en el cual flamea la bandera. La compañía, desfila a paso redoblado a unos 150 metros de nuestra posición, con el energúmeno a la cabeza. Aprovecho que el sumbo no me ve para relajarme, el mástil pierde su erección, estacionándose en paralelo a la calle. Dejo que uno de los lados de la bandera roce el asfalto. Los granaderos con su trompeta y tambor, producen el fragor castrense, mientras yo les cuento algunos chistes verdes. Sincronizados como un ballet ruso, los futuros juradores, rodean una rotonda para enfilarse en la recta hasta nosotros y consumar el saludo.

            A pesar de la detonación ensordecedora que producen mis casuales compañeros músicos, escucho en la lejanía unos gritos desgarradores, no alcanzo a percibir en que consiste el pedido de auxilio. Por fin, a mi izquierda y casi a una cuadra, distingo al jefe con la espada en alto, parece decidido a dar la orden de degüello. Sin polvareda, reconozco perfectamente al gigante enfurecido. A medida que se acerca, su arenga se vuelve inteligible: “¡Que el civil levante la bandera!” Tengo la impresión que su voz jadeante, pero potente, nace en sus borceguíes: “¡si el civil no levanta la bandera, nos vamos a estrellar! ¡Ese civil, nunca vio como se estrella un pelotón!”.


            El granadero del tambor, lanza una carcajada sin dejar de tocar, el de la trompeta trata de ahogar la risa en el tubo del instrumento. A unos cincuenta metros, la marcha de la agrupación recibe el impacto del exabrupto y se descuajeringa.

sábado, 2 de mayo de 2015

1963

          Fragmento 5º, y último de relato largo
Por Eduardo Wolfson

               

     En dos mesas junto al mostrador juegan a los dados, en la de al lado de la ventana al dominó. Es mediodía, tres obreros de la fábrica de Roje comen osobuco con arroz, el plato del día. En otra mesa, un poco apiñados, seis hombres de traje, discuten la calidad de las aceitunas riojanas sobre las catamarqueñas. A tres los conozco, uno es Bebe Misnki, otro es Brenca, contador que presta su firma a los balances de la mitad de las empresas de Villa Linch y, el otro, es el gordo Loaisa, vendedor de lanzaderas.
            Al final de la fonda está Saúl solo. Veo como destroza la miga de pan entre sus manos, decido no acercarme. Bebe me llama y me hace un lugar entre él y el gordo Loaisa.
            Mientras disfruto de una sopressata en un cacho de pan, sirven el puchero. Bebe les cuenta a los demás, exagerando, como me le planté esta mañana con el convenio textil. Todos se ríen, yo no sé donde meterme. De todas formas, voy a tener que esperar hasta fin de mes, para saber si mi estrategia frustrada dio resultados. La mesa se excita un poco cuando Bebe afirma que es peronista. Brenca, de quién se dice que es comunista, lo acusa de fachista. El gordo Loaisa relaja la tensión: “Para mí todos los partidos y los políticos son iguales, mientras ninguno se ponga a regalar lanzaderas”.
            No me he dado cuenta que Saúl se fue, es raro que no nos haya saludado.

            La gorda Norma ataca de nuevo:
            - Don Saúl, y usted ¿no lleva una foto de su chico?
            - ¡No!
            -Vamos, todos los padres tienen una.
            -Yo no.
            -Lo que pasa que no me la quiere mostrar, porque tiene miedo que lo ojeé.
            -No la tengo, y si la tuviera, no se la mostraría porque no se me da la gana.
            -Bueno no se ponga así. ¡Qué carácter!
            Norma se acerca y me confiesa: “No sé que le pasa. Yo sólo quería hablar. ¿Hay algo de malo en eso?”
            Adolfo me cuenta en el galpón, que el hijo de Saúl es mogólico, lo dice con fastidio pero crudamente. Ahora entiendo, toda la película pasa en segundos. Sus viajes interminables, su desinterés, los billares, el whiski, el golpe con el taco. La amargura que lo asalta y se desdibuja repentinamente.

            Todavía no ha amanecido, Bebe y el gordo Loaisa me pasan a buscar por casa como habíamos quedado. Preparamos una reunión con todos los fasones, por eso hay que estar más temprano en la fábrica. Norma y Adolfo están en el galpón colocando sillas y preparando café. Saúl nos avisa que convenció a Migdason para que no venga. Llegan las siambretas todas juntas, parecen un ejército movilizado.
            -Son los colorados y los azules. _me dice Adolfo en broma_.
            -Esos hijos de puta me cagaron el día de la primavera. _le contesto_
            Bebe y Loaisa esperan a que todos estén sentados y con su vaso humeante en la mano.  Los saludos y algunas bromas no alcanzan para suavizar las dudas condensadas en el aire.
            -Muchachos _les dice Bebe_ Loaisa vino a mi pedido porque tenemos que solucionar un problema serio. Últimamente las piezas de tela que revisamos vienen con muchas imperfecciones. Con el cuenta hilos vemos que la trama no es la correcta y muchas, aparecen agujereadas en el centro. Los clientes nos están rechazando la mercadería. Creemos que el desperfecto se provoca en sus telares.
            Miguel, que escucha atentamente, se levanta de su silla e interrumpe:
            - Querrás decir tus telares Bebe.
            Todos se ríen, Bebe espera a que se serenen para proseguir:
            -A lo mejor los telares quedaron desactualizados y se les vuelve dificultoso ser competitivos porque tienen una sola lanzadera.
Los presentes hablan todos al mismo tiempo, algunos lo hacen gritando. La palabra lanzadera recorre el espinel. Están los que dicen que no pueden gastar en reformas, otros, más próximos a la realidad, acusan a Migdason y Minski de haberlos hecho empresarios para sacárselos de encima junto con la tecnología atrasada. Bebe dice que Loaisa puede visitar los talleres para analizar, y en todo caso, transformar los telares:
            -A cargo de ustedes, que son los nuevos propietarios. _aclara Bebe_.
            Otra vez el bullicio y también, solapados, algunos insultos. Bebe sonríe, cuando su mirada se encuentra con la de alguien en particular, sin abandonar su tranquilidad, cruza las manos dibujando un pedido de piedad.
            -De seguir así las cosas _Bebe habla como al pasar_, Migdason me dijo que no podemos seguir comprándoles la producción.
            La audiencia multiplica el silencio, sus expresiones, dan cuenta que la niebla se disipa para dar un paso firme a la realidad del desamparo.

            Saúl tiene el sobre con mi sueldo en la mano. Me mira con resignación, me lo extiende: “Si sos valiente, creo que pierdo un compañero de billar, si sos un conformista más, no vas a tener para el billar. En fin, hagas lo que hagas, creo que te voy a extrañar”.

            Prácticamente le arranco el sobre, lo exploro nervioso. La misma guita de siempre. Experimento un calor súbito en las mejillas. Los ojos se me llenan de lágrimas, no quiero que lo noten, me voy para el cuarto donde reviso telas. Tengo mucha bronca, ahora quisiera trompear a alguien. El Bebe se burla de mí y esta gentuza lo disfruta. Entro en el baño, me lavo la cara, me peino. Le voy a decir a mi viejo que estoy cansado, que sólo voy a seguir estudiando. ¡La puta!, se va a poner contento el marrano.

              1963, es uno de los relatos que integra el libro inédito 
                                         "Sobre ráfagas y ausencias"