martes, 22 de enero de 2013

Otro cuento que te cuento


Golem

- Nos conocemos. Usted tal vez no me recuerde porque ahora me ve sin maquillaje. ¿No le dice nada mi voz?... En otros tiempos, usted me entrevistó, cuando hacía crítica de teatro para la sección cultural de su diario. ¿No recuerda?... En aquel entonces, nuestro elenco logró notoriedad con una puesta en escena muy original de Macbeth. Yo era el protagonista. Pero claro, la entiendo, pasaron muchos años.
Y ya lo ve, sigo siendo actor, pero a los medios no les intereso. Un amigo me contó que las listas negras que soportamos en la época de los militares, ahora las confeccionan los medios de comunicación, y que yo estoy en ellas.
Ya se que ahora hay democracia señorita, pero según me informaron, a los dueños de los medios no les cayó bien que elogiara al gobierno por esa ley sobre la inclusión de minorías. Por eso usted no se acuerda, porque les prohibieron el recuerdo. No, no se ponga a la defensiva, no hace falta. Yo sé que usted fue enviada para armar una nota.
Es así, cuando los ciudadanos se hartan de la ausencia del Estado, actúan emblemáticamente con acciones ejemplares, dándoles a ustedes la posibilidad de la primicia.
Debo decirle que la felicito…¡¿Por qué?! ¿Le parece poco? Me ha elegido entre todos estos parroquianos, para que le narre cada detalle de lo sucedido. Y dice usted que no me reconoció. El haberme seleccionado como personaje clave habla mucho y bien de su inteligencia. Lo único que le aconsejo, como mujer joven, bien podría ser mi nieta, que tenga cuidado, porque uno para vivir y trabajar, en ocasiones frecuentes, permite que le laven el cerebro.
No se altere por favor, no es la intención de este viejo actor hacerle perder su tiempo.
Comienzo a contarle: el primero que notó su presencia fue Humberto el cantinero, ese que está detrás del mostrador. Cuando llegué, solo rutina, ningún evento que acredite mi atención. Me senté en esta mesa como lo hago habitualmente. Me gusta este sitio frente a la ventana, la gente pasa y me entretiene. No son pocos los que me reconocen y saludan con respeto. Los actores necesitamos como combustible para la vida, esa caricia de los otros. Sí disculpe, voy a tratar de no dispersarme. Humberto se me acercó y lo noté muy pálido, supe que sus manos temblaban cuando las apoyó en mis hombros. Con esfuerzo pudo modular unas palabras en mi oído. Dijo señalando al personaje que se encontraba frente al mostrador: “Apuró la ginebra que restaba en el vaso, detuvo la mirada en una foto vieja, y la arrojó en el bolso. Si bien estaba un poco borroneada, puedo asegurarle que la imagen era la de una chiquilina con trenzas”.
Alcé la vista intrigado, buscando al mortal. Reflejados en el espejo, vi los labios cuarteados del tipo, se entreabrían para dejar paso a una lengua rojo sangre. El vicioso llevaba la punta de un extremo a otro para lubricarse. Entrecruzó las solapas del sobretodo, y se mantuvo inmóvil.
Ah!, ¿le atrae mi descripción, mi forma de expresarme?...Y ya me ve, sigo siendo actor, pero sin representante, ni productor, ni lujosas puestas en escena. Ahora soy cuenta propista. Recorro los pueblos con monólogos de mi autoría, y los presento en cafés, y otras veces en algún pequeño teatro, que los pastores, mi competencia, esa semana decidieron no usar. Tengo una gorra y la paso al final de cada espectáculo. No me quejo, allí por lo general, quedan algunos pesitos que me sirven para el micro y para la pensión. En muchas oportunidades la comida la salvo, a cambio de contar algunos chistes en las cantinas.
Sí, vuelvo al tema. Recuerdo que ante mi asombro e incredulidad, Humberto, un poco más tranquilo me confesó: “Uno en el mostrador se acostumbra a conocer gente. Es muy difícil que me equivoque, pero ese no es un parroquiano común. Por experiencia sé que se trata de un pervertido, de esos que vuelta a vuelta buscan por la televisión porque abusan de menores”.
Mientras Humberto y yo, vigilábamos los movimientos del desconocido, Abdón entró en escena. Mire, es aquel sentado en el fondo, ¿ve?
Los años han pasado para el pobre Abdón, y han dejado profundas huellas en su cuerpo. Gracias a ese trípode, no está totalmente inmóvil. ¿Sabe que en su juventud fundó un pueblo en la Quebrada de Humahuaca?
Usted es muy perspicaz, tiene razón, ese es el trípode que fue usado como arma mortal, pero no piense que fue él quién la esgrimió. Hace años que visita a un curandero que vive muy lejos de aquí. Religiosamente el viejo Abdón se toma el micro y va a visitarlo. Sin embargo, siempre me dice que está hastiado de hacer ese viaje tratando de conseguir una mejoría. Tanto de ida como de vuelta, pasa una infinidad  de pueblitos, todos iguales: “con campos plantados con vacas, y otros donde pasta la soja”, suele decirme el viejo.
Hasta antes del suceso, pensaba que Abdón se nos estaba apagando, sentía que su presencia, día a día, se desdibujaba, veía que irremediablemente se nos estaba muriendo. Después de lo acontecido, Abdón revivió. De golpe recuperó visibilidad, a todos se nos hizo notorio. Sin titubeos, con voz monocorde pero profunda, me dijo: “Pepe, Lo que le hacemos a ese sujeto es un acto de estricta justicia. Y pensar que mi trípode, casi inútil para movilizarme, es el Excalibur del Rey Arturo. La juventud hablará de mí, como el que supo dar batalla entregando su mayor riqueza, (señaló al trípode) a quien nos ha devuelto la dignidad humana”.
No le parece mi estimada periodista, que la impronta poética que está tomando el reportaje, ¿conquista categoría de dossier?
Me doy cuenta que la tomé un poco distraída. Claro, mientras el grabador funciona, usted se puede dar el lujo de no prestar atención al entrevistado, y al mismo tiempo imaginar, las distintas fuentes que legitimarán su nota: “funcionario de primera línea, diputado oficialista, sindicalista autorizado, alto jefe departamental, y para completar,  fuentes confiables, anónimas y allegadas”. Sí, continúo, y disculpe la digresión.
Del relato angustiado de Humberto me incomodaron tres palabras: “ginebra, pervertido, abusador de menores”. El sujeto, en tanto, eligió aquella mesa, la más retirada, y pegó el rostro al vidrio de la ventana. Noté que miraba decidido el paisaje. Era la hora en que el gris se vuelve llano, sin ondulaciones, más nítido, me entiende, había quedado atrás el amanecer. La mesa pegada al mostrador fue ocupada por dos chóferes de larga distancia. No sé si usted lo observó, pero los chóferes, a veces no saben si piensan o hablan con su acompañante. Sea como sea, comprendí que ambos se sorprendieron con la presencia de ese individuo que no se había quitado el abrigo, y que mantenía con sus manos tiesas el cruce de las solapas. “¡Este está muy enfermo, o lleva un perro disimulado”, creo que escuché que un conductor le murmuraba al otro. Con disimulo, quedaron atentos a los movimientos del extraño, quien me parece, a esa altura, se sabía blanco de la mirada de los presentes. Sentí chuchos de frío, se lo juro, y traté de quedarme en el molde. Humberto se acercó a los chóferes, y contó una vez más lo de la foto de la piba con trenzas en el bolso, pidiéndoles a los hombres que entren en conversación con el individuo, para ver que le sacaban. Me contó que uno, de mal modo, le dijo: “Yo piloteo un micro, no soy alcahuete de turno, y mucho menos cuando estoy tomando el descanso que me corresponde”.
Lo cierto es que el aire se ponía espeso, pero creo que nos tranquilizamos cuando llegó Trabuco. Sí es un sobrenombre, y de mi autoría, gozo bautizando con apodos a la gente. Lo hago según el físico, la profesión, o cualquier otra característica que me parezca relevante. Trabuco es policía, y como lo hace a diario, toma servicio y se viene para aquí, la confitería “El arca de Noé”, para cumplir con su primera misión: tomar el trago de grapa que el establecimiento dona a la repartición.
Humberto tomándole la muñeca sobre el mostrador, lo detuvo, y en un hilo de voz le dijo: “Es un degenerado, tiene con él una foto de una piba que violó y asesinó”. Trabuco solo asintió, y derechito, después de completar el trago fue hacia la mesa del depravado. Estudiándolo desde arriba, y como para romper el hielo dijo en voz alta: “espero que no le moleste un poco de compañía, la mañana es larga”. El  licencioso continuó mirando hacia el exterior. La ausencia de respuesta no presionó a Trabuco, que decidió mostrarse amigable antes de entrar en faz interrogativa. Se sentó en la silla desocupada junto a la mesa y ofreció: “son de menta ¿no quiere una pastilla?”, y le mostró el paquete. La pausa fue silencio, la mejor arma de los jesuitas. Tengo la sensación que Trabuco creyó que se trataba de un sordo. Lo digo porque volvió a insistir como para cerciorarse:”mire que son más sanas que los cigarrillos. Refrescan y no hacen doler la garganta”. El sujeto dejó la solapa en manos de Dios, y con la suya tomó la pastilla que le ofrecía, sin pronunciar palabra, ni gesto de agradecimiento, volviendo a su postura conocida. Después Trabuco me dijo, que quiso y no pudo verificar en aquel desprendimiento, si ocultaba algo a la altura de su pecho.
Mire, esa que entra ahí es Felicitas, otra de las habitué que llegó ese día a esta misma hora. Le confieso, pero por favor guarde el secreto, y por nada del mundo se lo transmita a ella. Mi opinión, es que su papel en esta tragicomedia es muy menor, hasta diría totalmente prescindible. Sino fuera porque el dramaturgo de la vida, hace de la escena lo que quiere y jamás consulta con sus personajes, yo le diría por experiencia que Felicitas está demás o totalmente desperdiciada. Le digo esto porque es una golosa incorregible, adicta a los bombones finos. Sus placeres visual y gustativo, los ejerce sobre los chocolates. Así que ese día, Felicitas no tuvo en cuenta el interrogatorio sutil que Trabuco impartía al sospechoso, ni tampoco fue consciente del aquelarre en el que nos encontrábamos inserto los presentes. Ella misma me dijo luego: “Al asesino no lo tuve en cuenta, creo que percibí su figura desde mi silla, pero mi interés, en aquel momento, se centró frenéticamente en mis amadas golosinas”.
¡Ah!, ¿Qué a usted le sirve como nota de color? ¿Así les permite a sus lectores un relax, descargando la tensión impresionante del relato? Claro, ¿cómo no voy a entender?, es como usted dice: “la nota de color, posibilita a los leyentes tomar fuerza, y que todos juntos, puedan asumir la estocada final del drama”.
Ese que está en el rincón de la barra, acodado, es el viajante. ¡Qué pinta! ¿No? Yo lo llamo tanguito. Morocho, peinado sin raya con el pelo engominado, vestido de traje, flaco, con semblante de esgunfie permanente. Así como está ahora, usted lo puede encontrar siempre, el vaso de whisky en una mano, el pucho importado en los labios, y el puño cerrado de la otra mano, como esperando un momento para pegarse así mismo.
Ese día, como de costumbre, estaba con mucha bronca. Él dice que no tiene mal carácter, que solo es un tanto pasional. La zona y los clientes de su corretaje los heredó de su padre. Es hijo único ¿sabe? Aficionado al billar, profesional para el póquer. Sus conversaciones son filosóficas, pero de tanto escucharlas, me dí cuenta que solo son una máscara mala, que deja traslucir alguna angustia, un poco de Spleen y muchos egoísmos. En una oportunidad, desapareció por más de dos meses, toda su familia lo buscaba desesperada. Nadie atinaba a decir cual podía ser su paradero, se lo había tragado la tierra. Un día, como si nada, apareció otra vez, acodado en la barra así como usted lo ve, con su vaso de whisky mañanero. Intrigado, me le acerqué. Comenzó a hablar como si estuviese solo, su voz profunda emitió términos kafkeanos, hasta que en un momento dado me dijo: “No sé que me pasó, pero como anestesiado entré al torbellino. Con mi señora tuvimos un cambio de palabras. Siempre el mismo reclamo, que la plata no alcanza, que los chicos necesitan cosas. Me considera nada más que un proveedor. Le aseguro que mi mano se disparó contra mi voluntad. Lo último que vi fue su mejilla enrojecida y pegué el portazo. Todas las otras acciones que siguieron se enguantaron de neblina en mi memoria.
Me instalé en el mejor hotel de la ciudad. Al principio todas las mañanas visitaba a los clientes, les contaba los chistes que esperaban del porteño, hacía el pedido y la cobranza. A la noche me ponía el mejor traje, iba a buscarla al cabaret, cenábamos en un buen restaurante, me acompañaba al póquer y terminábamos al amanecer en una amueblada. Para continuar con esa vida metí mano en la cobranza, no sé como pude. Igualmente la plata se acababa, yo quería ganarle a la mala racha con las barajas, y no me daba por vencido. Ella me obligó a dejar el hotel y me llevó a su pensión. No hubo más restaurantes ni espejos en el techo. Poco a poco, mi aspecto se fue deteriorando, pasaba el día en ese cuarto roñoso con un whisky barato y echando humo, esperando que la loca vuelva y me tire algunos mangos para la venganza. Pero el último día la mina mostró la hilacha, en lugar de pesos me dio un pasaje para Buenos Aires, y me dijo, volvé con tu mujer y tus hijos, y agregó: que Dios se apiade de sus almas”. Ese día Tanguito llegó y creo que lo sorprendió aquella presencia extraña. Humberto me comentó, que impresionado le expuso: “pero ese gigante está totalmente abrazándose así mismo en el interior del sobretodo”. Parece que aquella observación, impactó profundamente a Humberto, noté como su maxilar inferior temblaba intermitente, y la frente le transpiraba en forma profusa. Su cuerpo, créame, quedó ovillado, recogido como el de un chico asustado. Me acerqué a él, tomó fuertemente mis manos como queriendo descargar en ellas todo su miedo, me contó con tonos mortecinos, produciendo cada tanto algún falsete, todo sobre lo que aquel monstruo, que habitaba nuestro espacio, había potenciado en su imaginario. Conseguí sacármelo de encima dejándole dos o tres palabras de consuelo en el aire. Con él en toda mi vida crucé algunos vocablos de circunstancia en su boliche, esos que se dicen en los tiempos vacíos de espera. Usted vio, se habla del clima, del futbol, o quizás, chabacanamente de nuestro destino. Sí, por ejemplo cuando uno comienza diciendo: “si esto sigue así, yo no sé adónde iremos a parar”. ¿Qué puede saber o interesarle a Humberto el teatro? Su mundo nunca se ha extendido más allá de la caja registradora.
¿Ve esa mujer que recorre el largo ventanal en el frente, de ida y vuelta? Bueno esa es Cora. A ella le gusta decir que es una mujer independiente, y si usted la apura un poco, le responderá que no tiene prejuicios, y que eso la lleva a tener la costumbre de mantener conversaciones con desconocidos, que después, suelen transformarse en amistades más o menos duraderas. A través de la ventana, ese día, Cora visualizó casi sin observar a esa mole enfundada en el abrigo y cubierto por un chambergo. Sin decir agua va, entró y se sentó en su mesa. Hace un rato me confirmó cual fue su impresión: “Supuse que ese hombre, desandaba su vida en forma mucho más lenta que los que cronológicamente habían recorrido sus años”.
Cora es de las que no se avergüenza por nada. A pesar de que el tiempo pasa, sigue atractiva. Siempre intenta estrategias de seducción. Pero esta vez, la indiferencia del desconocido le dejó grandes porciones de rencor y un profundo miedo. Él ni se percató, continuó adherido al vidrio. Yo la vi cuando extrajo de la cartera el neceser de maquillaje, y como desentendiéndose del clima que deseaba crear, comenzó  a empolvarse. Creo que supuso, no sé, que el aroma concentrado de esencias, iba a oficiar de anzuelo, pero nada pasó. Intentó entrar en conversación, pero no se atrevió. Me confesó que fue ese octavo de perfil que la impresionó, esa pequeña porción de rostro que veía no se expresaba. Del ojo, notó el párpado a media asta, y donde otros tienen blanco, no sabía si por los contraluces, pero se le antojó que se trataba de media cuenca vacía. Sintió escalofríos, sin embargo, se armó de coraje para echar otra ojeada, y no pudo soportar la fealdad de aquella agudeza extrema.
En un impulso, colocó desordenadamente los elementos de maquillaje en el fondo de la cartera, y huyó. Se refugió junto a Humberto, quien le contó lo de la foto de la piba, de la segura violación y asesinato, los dos se quedaron temblando haciéndose compañía. Para justificar su fracaso, Cora nos hizo suponer, que aquel individuo no la tuvo en cuenta porque repasaba los pasos de un plan meditado.
Mire con disimulo a esa mujer que acaba de entrar, es Gertrudis. Si la de traje sastre azul. Es otra de las protagonistas. Yo la conozco por lo menos hace cuarenta años. Es increíble, parece que en ella nada ha cambiado. Tiene la misma cara avinagrada del primer día, pómulos enjutos, tez cetrina y el cabello bien negro. Tantos años y nunca le adiviné una cana. Si usted le pregunta, le va a decir: “Dediqué mi vida a llevar la palabra de Dios para el que la necesita, y también para el que no sabe que la necesita”.
Con los cadáveres frescos todavía sobre el piso, declaró a la policía, que si bien se encontraba en la escena del crimen, el señor no quiso que notara la presencia exánime de aquellos engendros. Que de descubrirla hubiese tratado humildemente de confortarlos. Que al tomar conciencia de la realidad, ya era demasiado tarde para llevarles palabras de redención. Además sostuvo,  que las casualidades son parte de los planes de nuestro creador. Y opinó, que Él quiso evitar que los viera, tal vez para que a los disolutos no les llegue su piedad.

Noto que no se sorprende fácil, ¿es por qué no presta atención a mi relato? Claro, medita acerca de las formas para cumplir con su objetivo. Seguro que está pensando que volverá a usar el “modo potencial” para no comprometerse, y así, contar lo que le cuento, cumpliendo con los deseos de su editor. Ya falta poco, no se me descorazone ahora. Fíjese que solo tengo que hablarle de un intelectual y de una enfermera. Con ellos, creo que completo a las personas, que casualmente o por habitualidad, compartimos ese día el espacio del Arca. Después, solo me quedaría para narrarle la interacción de los presentes, y el desencadenamiento.
Pues bien, usted sabe, que en su mayoría los intelectuales se divorcian de sus pueblos, no es el caso del que nos toca. Este jamás ha sucumbido al dinero fácil de los poderosos. Es el Arca, el campo donde encuentra sus recursos de estudio, de análisis, me refiero a sus concurrentes. De tanto estudiar rostros, gestos y actitudes, reconoce a los asiduos. Pero lo fascinan los nuevos. Si descubre uno, enseguida abre una ficha en su archivo, denominándola con un alias que se adapte a la primera impresión que sugiere el elemento. Un día, sin proponérmelo, leí una frase recién escrita en una de sus fichas, que hasta hoy no pude borrarla de mi memoria. Decía “las cifras se disparan a registros dramáticos”. Se da cuenta, son las cifras las que se disparan, así que los hombres no debemos temer por los registros dramáticos. Tratando de calificar al extraño visitante, anotó que en una mano llevaba un bolso raído, y con la otra cerraba las solapas del sobretodo negro. No pudo observar las características de su rostro, ya que como le he dicho, lo ocultaba con un chambergo aludo.
Usted se preguntará, por qué no eligió al intelectual y sus fichas como soporte para su narración, en lugar de este viejo carcamán, que solo apela a su memoria para reproducir una acción histriónica en la escena del suceso. Sé que usted es una joven inteligente y tiene la respuesta, pero permítame explicitarla: “este viejo actor tiene humanidad, sabe compartir su pan y el brillo de su mirada, mientras que el intelectual, solo dispone de fichas que buscan la universalidad de las ciencias duras”.
La que nos falta, es la enfermera. Había dejado recién su guardia. Al mirar su mesa de todos los días, vio al nuevo merodeador sentado. Debo decir para que no haya malas interpretaciones, que su estado de ánimo no era el mejor. En terapia intensiva su turno terminó con tres habitantes menos. Usted me entiende. Buscó auxilio en Humberto, pero el hombre no le hizo caso, a esa altura el miedo lo devoraba suministrándole aspecto de autómata. La muchacha miró a los chóferes, totalmente dormidos con medio cuerpo sobre las mesas. Así que decidió arreglar ella misma el problema. Se paró al lado del adefesio, en el mismo sitio que minutos antes lo observara Trabuco. Cuando creí que derramaría toda su histeria sobre esa hiena asesina, ocurrió lo contrario. Retrocedió construyendo un gran salto en largo. Se quedó sola, en aquel rincón temblando. En su auxilio, aunque usted no lo crea, acudió el viajante. La instó a beber de su vaso de whisky. Ella sacaba su lengua como un perrito faldero agitado.
Felicitas, desde su mesa alzó la vista,  justo para ver la mano de nuestro viajante tomando la de la enfermera. A ella le gustan las parejas, es romántica, pero inmediatamente volvió a depositar su vista sobre la caja abierta de bombones surtidos. Grande fue la sorpresa cuando notó una mano posada sobre los chocolates. Era la del intelectual, que sin perder de vista a su objeto de estudio, distraídamente despachaba los recursos ajenos. El grito de Felicitas fue aterrador. Al intelectual se le cayeron las fichas, y comenzó a gatear atorado, recogiéndolas. El vaso de whisky del viajante se estrelló sobre el mostrador, salpicando con hielo y todo el rostro de Humberto. Con las manos liberadas abrazó a la enfermera, y le estampó su pucho apagado por el salpicón sobre la boca. Gertrudis que estaba preparada para reconfortar a la enfermera, se experimentó frustrada, abrió la biblia, que nunca abandona, iniciando una salmodia llena de reverencias frente al espejo. Cora, ya abandonada por Humberto, continuaba temblando cuando escuchó la monotonía de Gertrudis, casi arrastrándose llegó hasta ella, abrazándose a sus piernas le pidió que la aceptara como a la oveja descarriada de su rebaño. A Trabuco, el alarido de Felicitas le provocó la caída del machete. Antes que pudiera alzarlo se quedó con la vista clavada en tres individuos, que sospechosamente entraban. Arrastrando los pies se acercaron al mostrador, despedían el aroma de un vino barato mezclado con el de sus ropas, semejante a aguas servidas. Cubrían sus rostros con las viseras de sus gorras y no pasaban de los quince años. Pensé que eran oriundos de un núcleo habitacional transitorio que está aquí, a dos cuadras, hace como 60 años.
Entiendo su desacuerdo señorita, pero no digo Villa miseria porque podría ofender a sus lectores.
 El más ágil, llegó antes que Trabuco al machete. Ahí no me quedaron dudas, que en poco tiempo más, seríamos boleta. Estaba seguro que aquel mastodonte, osamenta vestida que estaba en la mesa, y que hace rato nos tenía amedrentados con su presencia era el jefe. Angustiado por esa nada de futuro, quise imprimir en mis retinas a esos parroquianos con quiénes compartiría el último viaje. Trabuco, paralizado, miraba al poseedor de su machete que lo mantenía extendido. Cora y Gertrudis abrazadas fuertemente tanteándose las espaldas, el viajante colocó a la enfermera delante suyo para que le sirviera de escudo. Humberto, enfrentado al espejo, había tomado un tono azulado, sin atreverse a darse vuelta para mirar de frente. Los dos chóferes permanecían en la mesa tomados de las manos. Todo lo que le cuento sucedió en un segundo. Vi que el viejo Abdón avanzaba desde el fondo, el coloso le arrancó el trípode, y comenzó a revolearlo. Todos levantamos los brazos, tapándonos los ojos en actitud defensiva. Escuchamos graznidos, gritos espeluznantes, y los golpes de la Excalibur quebrando huesos. Pasaron algunos minutos, todavía, para que se restituyera el silencio. Luego nos atrevimos a ver la escena. Los tres villeros, yacían desparramados en el piso sobre el charco de su propia sangre, convertidos en naturaleza muerta. Todos buscamos en el local a nuestro salvador, pero no lo encontramos. Nos quedó la deuda del agradecimiento y la culpa, por dejarnos convencer al principio que estábamos en presencia de un asesino y violador. Por eso decidimos hoy, reunirnos los sobrevivientes de ese día, ya que Humberto nos permitió rebautizar el nombre del boliche, para recordarlo siempre. Claro señorita, “El Arca de Noé” finaliza para dar nacimiento a Golem, por ese autómata judío con forma humana que se animaba para defender a su pueblo.
Eduardo Wolfson
















jueves, 10 de enero de 2013

El cuento que te cuento y que no es cuento


¡Extranjeros!   
Sobre la vereda estrecha y gris, las luces mortecinas lo individualizaban con la cabeza gacha cargada sobre sus hombros. Las putas en sus paradas, se lo pasaban unas a otras, tomándolo del brazo. Era la carrera de postas de un ebrio. Cuando se terminaban las putas el hombre caía recogido sobre sí mismo. Esa rutina se repitió, tanto, que pasó a formar parte del paisaje y de las acciones mecánicas.
Su lenguaje brotaba húmedo, arrastrando saliva. Los que lo rodeaban, desconocían si se trataba de otro idioma, o simplemente de los berrinches de la embriaguez. Los transeúntes lo esquivaban como si se tratase de un bulto.
Él, maldecía cuando sus pupilas extraviaban la niebla, porque lo arrojaban en ese mundo desconocido, tan patético. Miraba con reproche la caca de paloma, estacionada como tropel sobre el abrigo, un capote miserable.
Al estar en condiciones de sentarse, apoyaba la espalda contra el muro y estiraba las piernas, al lado colocaba la gorra y rasgueaba una guitarrita de juguete. La última puta, era la que entre cliente y cliente, le echaba una mirada.
Él insultaba a esos extranjeros, por no interesarse en las rimas que intentaba modular. Con las horas, algunas monedas quedaban en la gorra, las más, puestas por las mismas mujeres luego de cumplir un servicio.
Balanceándose, aprisionándolo con una de sus manos, tomaba el dinero. Deslizaba su espalda hasta acostarse en la vereda, daba media vuelta, se arrodillaba y trepaba, apoyándose en sus antebrazos con los puños cerrados, hasta quedar de pie. Con pasos cortitos y cada tanto trotando, entraba al boliche y ponía las monedas sobre el mostrador. A cambio y sin palabras, recibía una petaca abierta de un aguardiente indescifrable con reminiscencia a ajenjo. El primer trago, desesperado, lo bebía en el interior. Sin terminar de caer, mostrando una sonrisa apacible, buscaba a trancos la calle para enfocarse con el poco sol. Apuntalándose sobre una columna de alumbrado, liquidaba el resto.
Era entonces, cuando recuperaba las caricias prodigadas por las manos suaves de su compañera, y aquel paseo de enamorados, los besos profundos, una lucha de lenguas para reconocer en detalle el otro paladar. De golpe, y solo por un instante, un minúsculo rayo de sobriedad, quebraba aquel placer.
 Retorciéndose reconocía el desarraigo, como si fuera la primera vez, veía esas calles y a los que transitaban por ellas, y para no perderse del todo, les gritaba: “¡extranjeros!”. Se auto zamarreaba, se palpaba aquel capote cagado de palomas, se miraba las palmas de las manos buscando su identidad, que no encontraba.
A la sazón, el dolor transformado en imágenes, corría el velo de los ojos ausentes de su pareja, acompañados por su rostro y su risa. Él trataba de alcanzarla, pero el tiro inesperado la dejaba en sus brazos, ya sin vida.
Desmoronado, rodeando la columna, se convertía en murmullo. Entre sus labios, un verso que nombraba cabellos lacios y banderas compartidas. No tuvo suficiente energía para preguntarse que fue de la vida de su autor. Esta vez sin ganas volvió a repetir: “extranjeros”.
Nuevamente sobrevino el pase de manos por las putas. Una española comentó, que tarareaba las palabras: “estudiantes, colonia ¡No!, peronistas, hasta la victoria siempre”, y otras yerbas que no pudo retener. 
Cuando cayó, a la última puta le llamó la atención que no ovillara su cuerpo como de costumbre. Los brazos estirados y perpendiculares a cada hombro con las palmas hacia arriba, las piernas abiertas, una apoyaba en la vereda y otra, bajaba el cordón hacia la calle, y por último, los ojos bien abiertos con la mirada hacia el cielo de Praga.
Eduardo Wolfson

lunes, 31 de diciembre de 2012

No es moco de pavo


Gran anuncio para el último día de 2012.
     
El Licenciado Bernardino Espéculo, desea vender simbólicamente, a los seguidores de "Elquevacontando", lotes en la trascendencia.

 Pasada la fecha límite que mostró a los Mallas como una tribu poco seria, Bernardino, siente la necesidad de reparar las heridas que esa predicción produjo en los humanos incautos, inocentes e ingenuos. Por eso decide deshacerse sin especular, de los lotes de su propiedad ubicados en la trascendencia, continuando el camino de sus políticas absolutamente altruistas.  Él nos dice, que en la trascendencia no se roba, no se viola, no se hiere, no se mata, y sobre todo no se muere. Dichos lotes poseen las medidas que usted desea, no pagan impuestos, y no necesitan ser escriturados.

Bernardino: grabado en sesión de análisis
            El mío, será el último epitafio que se escriba en el planeta, y dirá: “El tiempo y el espacio, quedan abolidos”. No crea, mi querido psicoanalista, que este epitafio se contradice con mi creación, me refiero a la trascendencia. Siempre que he aludido a ella, la conecté a la vida humana.
            Fue el imaginario colectivo, el que por su propia ignorancia necesita creer, entonces construye la idea “trascendencia”, en el interior de otra que cree superior, hablo del espacio y el tiempo, y por eso, supone automáticamente que estos elementos también son trascendentes.
            Nada más erróneo, lo demostró ya Einstein, Freud, y Dalí: “El tiempo y el espacio tienen su propia dinámica”. 
            No hay mal que por bien no venga. A veces me pregunto, que hubiera sido de mi vida si mis padres no realizan ese viaje a Europa para ayudar a mi hermana recién casada, que se instalaba en la embajada parisina. ¿Cuál sería mi destino, si mi padre no sufre el infarto y la posterior demencia que me eyectaron al mundo, abriéndome al conocimiento de los más disímiles misterios? Estoy seguro, que de no existir esos episodios particulares, nuestro país no ocuparía el lugar que tiene en el concierto de las naciones. En estos eventos, podemos encontrar el germen que dirige mis habilidades, en una primera etapa, hacia la perfección del apoyo logístico.
Extraído del libro inédito de Eduardo Wolfson "Espéculo para armar"

viernes, 21 de diciembre de 2012

filosofía cotidiana


DE CÓMO SHAKESPEARE  
ME GANÓ PARA LA LITERATURA

Quise hacer literatura desde que me enteré de la existencia de Shakespeare. Yo era chico, y para deshacerse de mí durante la tarde, mis padres me enviaron a estudiar inglés con una danesa particular. Ella me lo entregó, y me dijo: “este es el libro de Shakespeare”. Recuerdo que era finito, en el interior había bonitas ilustraciones en colores, descriptas en inglés. Ese día, cuando llegué a casa, mamá hablaba con una tía sobre la posibilidad de ver Hamlet esa semana. “No la podemos perder” decía. “Claro Shakespeare representa la universalidad de las pasiones combatiendo lo racional” contestaba mi tía con aires de intelectual.
Llegué a mi habitación, me desbarranqué en la cama, y muy intrigado, abrí el Shakespeare de la profesora. Primero miré los dibujitos, había un hombre, una mujer, un niño, una casa, una mesa, una silla. En la segunda página una lapicera, y medio aburrido, debo confesarlo, leí algunas palabras para ver si levantaban mi estado de ánimo: “This is a pen”, “This is a pencil”. Confundido, volví sobre la primera página. Al lado del varón, aparecía la frase: “this is a boy”, en la mesa decía “table” y también estaban la woman y el children. “Pero ¡este Shakespeare es un tarado!”, me acuerdo que grité con indignación. Entró mi tía, y dándome un coscorrón, me dijo: “No te voy a permitir que insultes a Shakespeare, un hombre que ha escrito a finales de 1500, y cuyos temas y reflexiones, mantienen una frescura tan actual”. Después de cerrarle la puerta en la cara a esa vieja insolente, eché una ojeada hacia el centro del libro, para ver si más adelante el hombre se despabilaba, y me daba un dato certero sobre el quid de la cuestión, o sea, ¿Cómo permanecer en la boca de todos por más de 500 años? A esa altura, el libro ofrecía frases más elaboradas, de esas que requieren un pensamiento forzado para develar las incógnitas que encierran, por ejemplo: “she teaches math”. Sí, porque Shakespeare lo escribía todo en inglés, menos mal que algunas cosas me las tradujo la danesa, que sino, todavía estaba pensando en la pavadas que dejó para la humanidad. En este caso, expresaba, “ella enseñaba matemática”. Y yo me dije, que importante debe ser ella enseñando matemática para durar más de 500 años. Yo desde mi niñez miraba a los adultos que me rodeaban, y debo admitir que los quería, aunque los tildara de imbéciles. Adoraban a Shakespeare, un tipo que lo único que hizo, según el librito de la danesa, era dibujar objetos, animales, personas y otras yerbas, y reconocerlos con su denominación en inglés, porque la bestia de Shakespeare no conocía una puta palabra en castellano.
En fin, pensé que si semejante bruto había ganado la inmortalidad en la literatura y en la dramaturgia, escribiendo que “esta es la casa, esta es una nena, aquel es un alumno que va a la escuela”, yo, que soy modesto y no necesito la eternidad, me podría ganar muy bien la vida redactando las mismas pelotudeces, pero en castellano, porque es de hombre aceptar, que en mis diez años de inglés de clases particulares con la danesa, siempre con el mismo libro de Shakespeare, me dejó nada más que el principio de un poema: “the violet is blue”. Mucho apellido, pero memoria y pronunciación nunca fueron mis fuertes. Sin embargo, al enterarme por la historia que nos enseñaban en el colegio que nuestro país era el sudesarrollado granero del mundo de los desarrollados, me di cuenta que lo mío no era sudar en el surco. Shakespeare se convirtió para mi vida en el sino. Gracias a él supe que mi camino pasaba indefectiblemente por las letras. Y que si los ingleses opinaban que decir shoplift, o sea hurtar en una tienda, constituía una genialidad que debía trascender, yo no era quien para contradecirlos. Todo lo contrario, mi misión era apoyarlos. ¿Cómo?, transformándome en un intelectual del Mercosur, en el cara pálida de biblioteca que interprete a través de inesperados laberintos, esas síntesis extraordinarias, que el bueno de Shakespeare proclamó para la posteridad. En este momento recuerdo una que cuando la deletreé en el libro de la danesa, me conmovió: “This is a chear”. Se dan cuenta, “This is a chear”, dijo Shakespeare, seguramente con una pronunciación más antigua, acuérdense que el genio bogaba entre 1500 y 1600. Pero que profundidad hay en aquellas palabras: “This is a chear”. Hay quienes mostrando una ignorancia supina, se atrevieron a decir, que se trataba de una reducción injuriosa del “Arm chear”. Pero yo pregunto, tienen idea ustedes cual es la fuente de inspiración de aquel dicho popular, siempre tan de moda entre nosotros: “El que se fue a Sevilla perdió su silla”. ¡Shakespeare! nos los estaba indicando.  Estas elaboraciones, denunciaban que mi vida progresaba hacia la adultez, y que mi espíritu se preparaba para recibir apasionada y comprensivamente las erudiciones del gran maestro inglés. Por eso, aquella tarde me presenté en la casa de la danesa, y lleno de gratitud le devolví el libro, que en su oportunidad me prestara, diciéndole: “Siento que William Shakespeare me lo dio todo, y gracias a usted”. Vi que el rostro de mi profesora se turbaba al apresar el ejemplar, luego, con una sonrisa, miró mis ojos y con voz suave contestó: “Me alegro por lo que pudo William Shakespeare en tu vida, pero el autor del libro que me devuelves es Shakespeare The Bignon, un profesor de Inglés.
                                                      Eduardo Wolfson

jueves, 13 de diciembre de 2012

Huéspedes


Mis palabras

Camino por calles mezquinas, polvorientas, tristes. Se desdibujan. Mi presente las convierte en niebla de lo tangible para ocultar el principio del olvido.

Fricciono las encías, mientras apoyo mi mano izquierda en el muro, con la derecha sostengo débil el bastón, que hasta hoy, es el que me ayuda a marchar. Ahora me doy cuenta que fricciono automáticamente las encías, pero sin bronca, sin dolor.

Repican las campanas, y las palomas cagando, huyen en masa.

Las cejas me han crecido, se han convertido en viseras sobre mis ojos.

Antes, con que facilidad entraba en las sombras y salía a la luz. No dudaba, era el dueño de la verdad, el hacedor de mi vida. Ahora en cambio dudo, pero se me está convirtiendo en certeza, que soy el hacedor de mi muerte.

La densa humareda en la entrada del boliche, ¿acceso a la eternidad?, tal vez. Escucho el entrechocar de bolas de billar, llego al mostrador arrastrándome. La copa me espera como siempre, con la yapa.   

Extasiado veo como las que fueron mis palabras huyen por la puerta. Para atraparlas necesito poseer la voluntad de pronunciarlas. No solo no tengo voluntad, tampoco experimento necesidad. Hasta ayer me servían para el intercambio. Las pronunciaba, y desde mi entorno las lanzaba en un orden para que el otro capte el sentido, y dándoles otro orden, me las retornaba. La puerta está cerrada y aún así la traspasan. Vertiginosamente se escabullen de mí, saben que estoy solo.

La artrosis se ha convertido en una compañía no querida. No me deja digitar los billetes que tengo que dejar por la copa. Observo mi mano, y a los que me rodean. Lentamente, logro introducir los cinco dedos en el bolsillo del pantalón, y fricciono las encías. Al hacerlo, se que mi prótesis dental compone una sonrisa poco convincente. Lo veo en el gran espejo, que reproduce detrás del estaño, al infinito, una exposición de bebidas pobres, cañas y otras aguas ardientes.

Un muchacho rueda un taco sobre el paño verde, se lo ve satisfecho con la elección. En la otra mesa, palmean tres veces sus bordes, celebrando una carambola de tres bandas. Envidio no poder probar el taco, ni convertir una raya de carambolas en una esquina. Es un sentimiento que me disgusta porque no me pertenece. Viene de ese parásito que está en mí, decidido a no reflejar nunca más mi cabellera lacia y tupida en el espejo.

Recuerdo cuando me alegré por estar enfermo. Fueron hermosas vacaciones pagas y sin culpas, que me ofrecía un empleo tedioso y repetitivo. A mi lado, los amigos apilaron una multitud de libros. Los disfruté página por página esperando al médico laboral, que certificaba semana a semana, otra más de permiso, para saborear mundos de lectura que mi imaginación profanaba, miles de letras que formaban palabras, cobradoras de sentido en multitud de personajes que surcaban otras tantas ciudades, indiferentes a sus subsuelos de perdedores, a los rascacielos con ganadores y a las mujeres hermosas que las habitaban.

Pero este parásito no es una enfermedad virtuosa, ni siquiera despreciable. Fue creciendo aquí, dentro mío, no sé ni como, ni cuando entró. No hace falta que pase lista para conocer su presencia. Es el enemigo realizando su guerra de zapa. Se me ha metido en los ojos para arruinarme la lectura, puso pesas en mis pies para violentar mis caminatas, endureció mis articulaciones para tenerme consiente cuando deseo tomar una copa.

Hay menos billares porque los tiempos han cambiado, me confirma un mozo. Pasa con una bandeja repleta de cervezas pero no lleva un solo vaso. Ya no se usan me dice. Oigo el destape, es un dolor gaseoso, una queja poco perceptible de fermentaciones en transferencia.

No se gana por merecer, se merece por ganar
                        Eduardo Wolfson


jueves, 6 de diciembre de 2012

Otro cuento que te cuento


El hombre de la cabina
 Cacho tenía hambre. La debilidad extrema lo obligaba a apoyarse en las paredes, tanto, como para sentirse respaldado al aspirar la bocanada de aire, esa que lo salvara un segundo más del desmayo.
            “Son tiempos de crisis”,  escuchó decir al tipo que lo tomó del brazo y lo arrastró hasta el bar. Cacho no alcanzaba a reconocerlo, su mundo, convertido en tinieblas no le concedía fácil la comprensión. Tomó conciencia de apoco, sintió temor por aquel sándwich de mortadela apresado en sus manos. “¿Cómo vino a parar aquí?”, se preguntó.
            Ignorante de sus aprensiones, José, el extraño, gestualmente lo invitó a comerlo, mientras teorizaba, grandilocuente, un texto que tenía algo de ensayo, y mucho de melodrama: La gente muta – decía- . Sobre todo, el fenómeno se vuelve evidente en aquellas calles sumamente estrechas flanqueadas por construcciones muy añejas. Los rayos de sol parecen estrangularse antes de llegar con su energía a las veredas.
            Cacho tragó el último pedazo de pan y fiambre, lo afianzó con una tragantada de café con leche. José, le indicó al mozo que repitiera la ración, y con el pulgar y el índice en forma de “u” invertida, agregó al pedido un café. Sin respirar prosiguió con su monólogo: Por las veredas transitan  hombres protegidos en conos de sombras, como vos Cacho,  logrando ocultarse de los otros,  esos que atravesamos habitualmente la zona sin pertenecer todavía a ella, los que ocupados por nuestros respectivos trabajos o ocupados buscándolos, nunca nos detenemos, y aunque lo hiciéramos, no nos daríamos cuenta de presencias como la tuya, casi invisibles. Hay que tener un buen olfato, como el mío, decidido a llenarse de aromas agrios, fétidos, rancios, pestilentes, putrefactos, como el que ustedes despiden. En fin, son todos actos de descomposición con el signo inequívoco de la presencia cercana de la muerte.
            La palabra muerte en los labios de José, sacudieron a Cacho. Los presentes, advirtieron, sobre el zigzagueo del segundo sándwich de mortadela, la conmoción. Abrió los ojos y trató de articular alguna palabra para probarse vivo. La falta de fuerzas se lo impidió. Dejó en el audio un balbuceo, apenas un murmullo. José encogió los hombros, y continuó con suficiencia la disertación: En estos barrios por lo general conviven los marginados, como vos, con los límites que les imponen las vidrieras. Ustedes  fueron dejando de reconocerse en su hechura humana, soportando la indiferencia nuestra, recogidos en umbrales, disimulando su presencia en el hueco que les ofrece un cartón corrugado. Enamorado de sus palabras, José las atesoró, intentando medir el impacto en la semi-conciencia de Cacho, pero aquel se conectaba de apoco con sus sonidos, sin importarle todavía, la trascendencia de su contenido. Fue entonces que arremetió: Cuando cesan los ruidos del tránsito y se apaga el bullicio del ajetreo urbano, un oído agudo como el mío, percibe esa música extraña que denuncia la proximidad de tripas vacías. De lo único que al final no los podemos excluir es del hambre, ¿me entendés?, que casi como la amiga inseparable, te acompaña en ese cuerpo fantasmal. Orgulloso de su oratoria, José respiró hondo, al mojar los labios en el café, advirtió que su compañero de mesa sonreía y dejaba chorrear sobre su barba una línea de saliva. Entonces, colérico proclamó: ¡No hay que entregarles el pescado, debemos enseñarles a pescar! Los parroquianos del bar enmudecieron, y Cacho borró su gesto sonriente, lo reemplazó por lágrimas que surcaron profusas sus mejillas. José se le acercó corriendo su silla hacia el ángulo vacío de la mesa. En esa posición más intima, pronunció en tono bajo y menos discursivo: La salvación mi querido amigo, está en abandonar la ciudad, avanzar por las rutas hasta encontrar nuestro lugar. Lo que continuó fue una acción espasmódica. La silla de José se disparó sobre el mosaico para estrellarse en la base del mostrador. Sus manos fuertes se prendieron como garras a los brazos de Cacho, lo arrastró  como piltrafa. Abandonaron el local, lo obligó a subirse a un coche que condujo por la ciudad, luego por sus márgenes, y una autopista. Esperando el vuelto en la cabina de peaje, observó a Cacho, y dijo sonriente: Vamos a tener una de estas, y se acabaron nuestros problemas. Efectivo todos los días, te das cuenta. Hasta vas a solucionar tu problema de vivienda. La cabina es abrigada en el invierno, y con lo que vayas ganando, podés colocar un aire acondicionado para el verano. La noche borró horizontes y el automóvil se introdujo en otras carreteras. Al amanecer detuvo la marcha, dejaron el vehículo en la banquina y descendieron. Cacho miró al cielo, respiró hondo, y dijo con claridad: ¡Que aire puro! Sin darle importancia a lo dicho, José agregó: y el concierto de los pajaritos, el arrullo del viento en las copas de los árboles. Cacho lo detuvo, y expresó con satisfacción: el escaso tránsito. A lo que José contestó contrariado: sí, esa es la desventaja, pero es uno de los pocos lugares que podemos poner la cabina sin contratiempos. José notó el interrogante en el rostro de Cacho, pero antes de desasnarlo, prefirió sacar dos cervezas que traía acurrucadas en hielo, dentro de una heladera en el baúl. Desde el pico de las botellas refrescaron el garguero. Se acomodaron en el pasto, invadido a esa hora por el rocío. Cacho respiró hondo, y José, nuevamente habló: Se terminó el cartón corrugado Cacho, basta de ocultarse, desde ahora todo será transparente para vos. Vivirás en una casa vidriada, con todo el sol y toda la noche, cómo es portátil la podrás mudar a dónde más te convenga, Tiene una barrera que te convertirá en el dueño de la procesión. Cacho sospechó del estado de los sándwich, ¿Tendría la mortadela una sustancia alucinógena? ¿Sería que las defensas bajas le pasaban una jugada falsa? José se mostraba seguro, lo palmeaba y reía. Cacho pensó que su mecenas estaba loco. Pero no quiso filosofar sobre la locura, como lo hubiese hecho en otros tiempos, ya que necesitaría por lo menos la mesa del bar, un café, y sobre todo, fuerzas para ligar su razonamiento con la lógica. Así que decidió despreocuparse, y solo observar las acciones de José, quien bajaba del portaequipajes  un embalaje rectangular de dos metros y medio por uno y medio. Lo apoyó en la banquina, cuidando que la flecha estampada en el cartón señale el firmamento. Se mantuvo un rato pensativo, acariciando los laterales del bulto, como no sabiendo muy bien que hacer. Luego le gritó a Cacho: Fíjate en la guantera, haber si encontrás el manual. Armarlo es una pavada, yo ví como lo hacían en el stand de Taiwan donde lo compré. Tenés que ver, el chino no tardó más de dos minutos. A lo mejor la primera vez nos lleva algo más de tiempo, pero después es pan comido. Cacho le alcanzó un librito con una linterna, y mantuvo la caja. José buscó las páginas traducidas al español y leyó en voz alta: Primero: Lea estas instrucciones. Cacho lanzó una carcajada. José lo miró, y luego dijo: ¿De qué te reís marmota? Sin esperar la contestación prosiguió: segundo: Guarde estas instrucciones. Esta vez, José atravesó el dedo índice a sus labios, advirtiendo el mensaje, Cacho hizo silencio. Tercero (apercibiendo, gritó José) respete todas las advertencias. Cuarto: siga todas las instrucciones y quinto: lo ideal es armar al aparato sobre la ruta. José quedó callado, pensativo, sus pupilas dejaron de brillar delatando ausencia. Cacho lo sacudió, y automáticamente José dijo: nosotros lo vamos a armar en la banquina y después lo empujamos. Ambos abrieron la caja y compararon los elementos con los gráficos exhibidos en el manual. Cacho extrajo una barrera y José cuatro paneles. El manual contenía un sub-rubro que explicaba la instalación. Comenzaba diciendo: “se recomienda instalar la cabina cerca de un tomacorriente”. Pero si esto es una ruta, de dónde quieren estos cosos que saquemos un tomacorriente (protestó Cacho) Estos cosos son chinos, así que seguro lo hicieron a batería también (contestó José). Durante una hora aproximadamente, fueron organizando sobre el pasto las diversas piezas, de acuerdo a su parecido, tamaño y encastre. Había llegado la hora de guiarse por el manual. Una vez más José leyó: No instale la cabina boca arriba, boca abajo, ni la apoye sobre un lateral. Cacho lo escuchó rascándose la cabeza mientras que José, inexpresivo, propuso: Vos cuidá las cosas, que yo voy a ver si encuentro un lugar para comprar sánguches. Estamos medios débiles, comemos algo y después seguimos. Con José ausente, Cacho trató de seguir oteando el manual para tratar de entender. El segundo punto de advertencia, indicaba: “No instale la cabina en lugares calurosos, húmedos, o excesivamente polvorientos. Tampoco es conveniente exponerla de forma directa al aire acondicionado, se podría condensar la humedad en su interior, provocando una visión defectuosa del exterior”. Sin proponerse comprender, Cacho siguió hojeando el manual para distraer el hambre. Igualmente alguna frases le llamaban la atención :”Una vez armada, no permita que los niños suban a la cabina, ni jueguen en ella, pues se corre el riesgo de volcar” “Procure que el sitio elegido para armar la cabina sea visible para evitar arrollamientos” “procure enrutar todos los cables de alimentación de manera que los niños curiosos no puedan tirar de ellos””ni el fabricante, ni el importador de la cabina se hacen responsables por los daños que sufra la misma y su correspondiente barrera, si se la armara  al aire libre :( lluvia, luz solar directa, incendio o descarga eléctrica etc.)””El movimiento excesivo de vehículos o el balanceo continuo de un barco puede provocar la caída de la cabina causando lesiones a quien la manipula” “el habitáculo de la cabina no está preparado para ser sumergido en el océano, de hacerlo, ni el fabricante, ni el importador se responsabilizan por los daños internos, o sensación de ahogo de su manipulador””no cuelgue la cabina del techo, podría caerse y causar graves daños”  José anunció su retorno con un guiño de luces. Después de un refuerzo alimentario pusieron manos a la obra. Con unas llaves plásticas, José apretó cientos de tuercas como rezaba el manual, mientras que Cacho adhería paneles brillosos a las columnas incorporadas, logrando medias paredes. ¡Eureka!- gritó José- estos chinos son geniales, en el mismo asiento del cobrador hicieron el inodoro. Cacho abandonó los paneles y vio a José sentado sobre el único asiento en el centro de la cabina. Se había bajado los pantalones, hacía fuerza con el rostro enrojecido. ¿Qué hacés? preguntó Cacho, no dándole crédito a la realidad una vez más. Cago. Aquí vas a cagar todos los días, y cobrar peaje al mismo tiempo, sin necesidad de buscar un ñoba –explicó José-. Más tarde pusieron la barrera y las cuatro camaritas grabadoras de imágenes. Faltaba el último paso, empujar la estructura para que la cabina quedara en mitad de la ruta, y en unos pizarrones magnéticos, anotar las cifras a cobrar, según el porte del vehiculo. José se sentó en el pasto y miró orgulloso: Aquí está nuestra empresa armada – dijo – pronto vamos a escuchar la cantinela de las monedas al caer en el fondo de la alcancía.  Cacho, inocentemente le preguntó: ¿vamos a quedarnos mucho aquí? Antes de responder, José se paró, sacudió su ropa, respiró hondo, ofuscadamente. Poco después depositó su mirada en Cacho, y con tono tierno, pero con sentimiento de mal trato, explicó: A lo mejor, en el apresuramiento por auxiliar al amigo, dejé algunas cosas sin la explicación debida. Prefiero creer que tu pregunta se genera en este error de mi parte y no en tu ingratitud. En unas horas, gracias a los chinos si querés, somos socios en una empresa que te sacará de la miseria. Yo puse la inversión, y ahora, cómo es lógico vos vas a poner el trabajo. Con respecto a las ganancias vamos fifty fifty. Claro, en los primeros tiempos no vas a poder retirar, hasta que no repongamos lo que me costó la cabina. No te preocupes, cuando venga a recaudar todos los días, yo te traigo la comida. La cabina es el capital, cuídala, y no se te ocurra quedarte con alguna moneda, porque las camaritas cantan. José palmeó el hombro de Cacho, subió al auto, y se despidió con un afectuoso: hasta mañana
                                                           Eduardo Wolfson






jueves, 29 de noviembre de 2012

Otro cuento que te cuento y que no es cuento


Experto

Omar deja la pieza, cruza el patio de baldosas blancas y negras, una vecina lo ve, y piensa: “que vicioso, lleva la punta de la lengua de un extremo a otro para lubricar los labios”. Omar sale a la calle con un libro de cuentos debajo del brazo, escupe la vereda, y cubre con la bufanda la parte inferior de su cara. Como todas las noches lanza una puteada, para sus adentros, masculla mirando el libro: “A este Abelardo Castillo hoy lo hago mierda”. Camina las cuatro cuadras que lo distancian de la radio. Como siempre, no devuelve el saludo del encargado de ingreso, y entra a la salita de preproducción. Su fastidio congénito aumenta cuando mira la pecera. El operador de turno es Ricardito. Cabecea para que lo descubra, mientras se dice para sí, <pendejo soberbio e ignorante, a esta hora, como nadie lo controla pone rock y me caga el programa>. Vocifera: “Cuando termino de leer un cuento poné un tango, ¿Me entendiste?”. Ricardito une el dedo pulgar con el indice y mueve su mano aprobando. “Y cuando leo, no me metas la música de fondo más fuerte que mi voz, estoy hecho mierda de la garganta”. Ricardito asiente.
Omar cavila: < ¿Qué le habrán visto a este pelotudo de Castillo que tiene tanto éxito?>. Baja la vista y lee con los ojos el título del libro: “Cuentos crueles”. Ricardito lo ve sacudir la cabeza, negando persistente. Recorre las páginas con bronca. Nunca leyó un libro de Castillo, debe elegir un cuento que narrarlo, no le lleve más de 15 minutos. “Este de los mitos parece que cabe”. Lo deja separado sobre el escritorio.
            Ricardito, golpea el vidrio, le hace señas para que se ponga los auriculares: “Faltan cinco para empezar y no tengo la pauta”, le dice. Omar, le indica que necesita urgente datos biográficos de Abelardo Castillo: “Recién ahora caigo que al libro del cuento le falta la contratapa”. Ricardito le advierte que no hay tiempo para buscar. Le dice que en la mochila tiene >Final de Juego<, unos cuentos de Julio Cortazar: “Largo con piazzolla, así tenés tiempo de elegir. Atrás hay una hoja escrita por el chabón, que cambiando alguna frase podés decir que es tuya”. Omar hojea el sumario del libro de Cortazar y grita: “Voy a leer uno que se llama <Sobremesa>”. Ricardito abona subiendo y bajando la cabeza. Omar codicia las cervicales flexibles del joven.
            Principian los primeros acordes de Adiós Nonino al aire. Ricardito le avisa a Omar que dispone de ocho minutos para prepararse.
            El conductor abre en la página 95: “Pero este coso empieza el cuento con una frase de un tal Heráclito” le habla a Ricardito, y este le contesta “Viene al cuento”. Omar se encoje de hombros:”Lo hace para mostrar que es culto”. Sigue hojeando y exclama: “Huy pero todo esto, son cartas que se mandan entre dos tipos”/”te quedan tres minutos y estás en el aire”, apunta Ricardito. “Decí que soy experto, pero a veces, cuando tenés que darle manija a estos tipos, te da ganas de mandar todo a la mismísima mierda”. Para armar su introducción, Omar pasa resaltador a la página titulada <nota del autor>. “No me arruinés el libro” suelta Ricardito con furia, y lo manda al aire:
“Buenas noches queridos oyentes, quise que Piazzolla tenga la apertura del programa para entrar en clima, ya que el cuento de hoy será <Sobremesa>, del laureado y desaparecido Julio Cortazar. Tengo en mis manos una edición de 1968, alicaída, de mi biblioteca personal. El título del libro que lo contiene es <Final de Juego>, que coincide con uno de sus cuentos. Los relatos que abarca, fueron escritos entre 1945 y 1962. Si, cronológicamente la mayoría se sitúa entre Bestiario y Las armas secretas, los otros son posteriores a Los Premios, incluso a Rayuela, lo que podría llevar a suponer que desandan penitencialmente un itinerario que tanto ha consternado a algunos críticos. Maurice Blanchot ha demostrado que el tiempo calendario poco tiene que ver con el tiempo del laboratorio central; fatuo sería el escritor que creyera haber dejado definitivamente atrás una etapa de su obra. En cualquier página futura puede estar esperándonos una nueva página pasada, como si algo hubiera quedado por decir del ciclo que creíamos anterior, o como si después de haber tirado todas las corbatas viejas para complacer a nuestra amante esposa, el día de las bodas de plata descubriéramos que nos hemos puesto, horror, la corbata con pintitas obsequiada por aquella novia que después no se casó con nosotros. Esta es mi humilde opinión. Les propongo un poco más de buena música y después el cuento”. Ricardito deja en el aire la Marcha de la Bronca e  interpela a Omar: “Bestia, te plagiaste letra por letra lo que escribió Cortazar como si fuera tuyo. ¿Vos te crees que los que nos escuchan son giles?”. Omar siente una punzada en el estómago que descompone su rostro. Ricardito, al registrarlo, decide no sobrepasarse. Recuperado, Omar, por micrófono interno le comenta. “A este Cortazar le patinaba la Erre, yo tengo una grabación donde lee un cuento suyo, algo de una autopista donde se quedan varados. Es insoportable, te lo juro. Me querés decir ¿cómo a estos chabones les publican esas pelotudeces y encima tienen éxito?”. Ricardito no puede contenerse: “porque son inteligentes, creativos y… cultos”. Omar, con rabia, cambia el argumento y le recrimina: “¿Por qué no tengo la pauta de la música sobre el escritorio? ¿Qué clase de profesional sos? / No la tenés porque no la hice, y no la hice, porque no me dijiste que ibas a leer, y como vos querés que la música haga juego con el tema que tratás, entonces no la preparé porque no soy mago. Y además, te presté el libro de Cortazar, y ahora te estoy buscando uno de Abelardo Castillo con datos biográficos así podés leer el cuento de los mitos. Y si querés decir que es de tu biblioteca personal, decílo,¡ que me chupa un huevo! Omar levanta su dedo pulgar en señal de aceptación. Ricardito lo pone en el aire: “el cuento se llama <Sobremesa> (engola la voz) <El tiempo, un niño que juega y mueve los peones>. (Hace una pausa, siente que debe dar una explicación) Bueno en realidad esta frase es de Heráclito, pero debo admitir que el mismo Cortazar lo dice, así que no podemos acusarlo de plagio. Pasa que esas palabras, tienen que ver con el contenido de su cuento, como veremos. El mismo comienza así <Carta del doctor Federico Moraes. Buenos Aires, martes 15 de julio de 1958. Señor Alberto Rojas.> / haber, para que al oyente le quede claro: el señor Moraes, le envía una carta al señor Rojas el 15 de julio de 1958, que según Cortazar cayó en martes. Continúa:<Lobos efe punto ce punto ene punto ge punto ere punto> Ricardito interrumpe, potenciando en el aire <Canción del elegido> de Silvio Rodriguez. Por micrófono interno sermonea: “Omar ¡Bestia! ¿Qué efe punto c punto…, es Ferro Carril Nacional General Roca”. El conductor se para, con las piernas abiertas y sus manos a la altura de los testículos, reconviene al operador: “¿¡Qué!, acaso soy boludo pendejo?, como no voy a saber de que se trata, lo hago para poner un disparador en el público. Lo que elegiste del cubano está bien, pero no me cortés los relatos. Dale poneme en el aire”. Ricardito obedece y se escucha con los últimos acordes, una risa forzada que crece. Al fin, solo queda la voz modulada de Omar: “Sí, no se asuste, es mi risa. Me surgió, al imaginarme su pensamiento querido radioescucha. Tal vez creyó, que su Omarcito se volvió loco, o que tuve un ataque cerebral y me quedé deletreando. O que Julito Cortazar es muy complicado para su cabecita. Hubiera podido decir Ferro Carril Nacional General Roca, y continuar como si nada hubiera sucedido. Pero entonces sería, solo un tipito que trata de llamar la atención de sus oyentes con un cuentito de Julito Cortazar. Y usted, a lo mejor se aburre, o pierde una frase y no comprende, y yo no me entero. En cambio, así lo provoco y le doy nuestras vías de comunicación para que nos deje su chimentito, y que nos perdone julito que está en el cielo.”  Omar sigue leyendo, equivocándose en algunas palabras o letras, debido a la primera lectura, y a unas cataratas que afectan su ojo no miope. Ricardito recibe las llamadas, y anota los comentarios en un papel. Omar termina la lectura, Ricardito le da paso al noticiero. Por micrófono interno apunta: “Omar zafaste, pero dejate de romper con los diminutivos, que parece que te estás chupando hasta los tipos.” / “Nene, todavía tenés que comer muchos tornillos, para llegar acá papá”. Ricardito le pregunta si lee los mensajes. Omar consiente: “Llamó Estela de Congreso, dice que la introducción de Omar, fueron las palabras que Cortazar escribió en la edición de agosto de 1968, que no sabe porque Omar dice que son de él”. Omar activa un molinete con su mano derecha, Ricardito entiende que no va a contestar, y que tiene que seguir con otros mensajes. “Llamó Oscar de Villa Crespo, felicita a Omar por su lectura inteligente y humildad”. Omar pide micrófono: “Gracias Oscarcito, hoy llevo el vino”. Pisando la última palabra, Ricardito coloca la marcha peronista cantada por Hugo del Carril. Omar llena de aire los pulmones con la intención de expresar una puteada potente, pero debe reprimirse y desinflarse, cuando Ricardito pone en su escritorio el libro <La casa de ceniza> de Abelardo castillo. “¿Dónde lo conseguiste?” / “me lo dio el portero”/ “¿Y él de dónde lo sacó?” / ¿Qué sé yo? Debe tener una biblioteca. / Pero ahora resulta que son los porteros los que nos dan la data. / Si. A cambio de la marcha peronista / Decíme, ¿yo que soy, si acepto que cualquier cacatúa me haga el programa? Ricardito volvió a la pecera, golpeó el vidrio y Omar supo que estaba en el aire: “Programa movidito el de hoy eh... Ustedes saben que no soy muy adicto a las marchas. Disculpen si he ofendido a alguien con ella. Pero no quería privarme de la coloratura de voz, tan especial, que Huguito del Carril con todo su fervor por la justicia social, le imprimió. La politica es otra cosa, acá leemos cuentos, por eso podemos pasar de la derecha a la izquierda sin miramientos, porque lo único que nos interesa, es si el cuento está bien o mal escrito. Para nuestro segundo bloque, preparé para leerles de su libro Cuentos Crueles, el que se llama >Los mitos<, de Abelardo Castillo”. Al abrir el libro, Omar se da cuenta que la letra es minima, ilegible. Prueba poniéndose y sacándose anteojos, pero es inútil, no puede leerlo. “Primero les propongo que escuchemos una música introductoria”, dice, para salir del paso. Ricardito, sorprendido y sin pensarlo, para no pecar con el silencio radiofónico, arrecia con <La Felicidad> de Palito Ortega, disco pautado para el próximo programa. Omar vocifera: “esta letra no existe, y vos que gusto tenés para la música”. / “Hago lo que puedo cuando el conductor está mamado” / “Voy a leer una parte de la novela que te dio el portero, total todo es de este zurdito Abelardo Castillo”.  Omar se desdice elegantemente, sobre el anuncio de leer <Cuentos Crueles>: “Es de hombre inteligente cambiar de opinión. No voy a cambiar de autor, sino que voy a leerles un fragmento de <La casa de ceniza>, una novela corta de Abelardito. Así como Cortazar comenzaba su <Sobremesa> con una frase de Heráclito. Abelardito, lo hace con estas palabras <Señor, concede a cada cual su propia muerte> Según él esta frase fue dicha por un tal Rilke. Me pregunto, ¿Por qué, estos y otros muchos escritores, sienten la necesidad de nombrar a otros? ¿Lo harán para mostrar su basta cultura, diciendo cancheramente que los han leído? O tal vez, ¿Para que el lector, y en este caso el oyente, crean que pertenecen a la elite de aquellos que nombran? Usted ya sabe, <Pertenecer tiene sus privilegios>. La voz del locutor se apaga un instante. Ricardito indica el preludio de la lectura con una superposición misteriosa de acordes. Omar analiza la contratapa del libro y lee: “La casa de Ceniza retoma la antigua y siempre joven problemática del hombre y el arte frente al tiempo”.  Ricardito imprime brío a los acordes, y por micrófono interno indica: “No plagiés ahora la contratapa, que la Estela de Congreso te va a cagar” Omar contesta encogiéndose de hombros “¡Avívate gil!, no pasés el llamado y listo”. Abre el libro, encuentra un posfacio, y pide aire: “Esta novela corta, Abelardito la escribió a sus 21 años. Ha pasado mucha agua bajo el puente, pero este hombre nacido en los naranjales de San Pedro, con referencia al momento que escribió esta obra dice >estaba en el servicio militar y habitaba el mundo gótico de Poe. La Casa de Usher y las desniveladas habitaciones del colegio de William Wilson, están, notoriamente, en el origen arquitectónico de mi casa<. No dudo que Abelardito será un gran escritor, pero a los 21 años, que no me venga a contar a mi lo del mundo gótico de Poe, ni lo de la Casa de Usher, y mucho menos lo del colegio William Wilson, cuando a esa edad, si hay una urgencia, es la de localizar en el mapa, donde está el burdel”. Aunque todavía no es el tiempo, Ricardito impone una grabación empobrecida de tandas, y acribilla a Omar: “¡¿Qué te pasa?! ¿querés que nos rajen?.¡Estás hablando de un escritor enserio boludo! Haber como la arreglás ahora”. Omar golpea la mesa, carraspea, y exhala flema, que friega con su zapato sobre el piso. “No tengo nada que arreglar, no tenés sentido del humor. Soy experto y sé cuando necesito joder”. Ricardito lo deja otra vez en el aire. “El oyente es inteligente y sabe, que uno puede cada tanto hacer uso de la ironía. Tanto usted que me escucha, y yo, bien sabemos como queremos y admiramos a Abelardito Castillo. Sino, miren que interesante es lo que dice acá: >Los literatos, no sé por qué, tenemos cierta debilidad por los pintores (pienso, claro, en el Retrato de Dorian Gray de Wilde; pienso en La boca del Caballo, de Joyce Cary; pienso en El Túnel de Sábato; pienso sobre todo en la Obra Maestra Desconocida, de Balzac, que después plagió Zola)<. Cuanta gente que nombra, porque sigue nombrando ¿eh? Pareciera que Abelardito quisiera apabullarnos con su sabiduría, mostrarnos que es un hombre culto. A lo mejor como marketing le sirve, ya que a él lo publican, pero a los que somos más humildes en nuestra promoción, nos cierran nuestros escritos sin sacarle siquiera el polvo con un plumero. Bueno, corrió el tiempito, se acabó el programita, y el cuentito de Abelardito quedó sin leer. Será para otra ocasión. Buena Noches.  ”
                                   Eduardo Wolfson