jueves, 26 de junio de 2014

Pincelada de mis personajes

Emilio 
Otro personaje de la novela inédita
"Comesandwich"

Portador de una delgadez quijotesca, el perfil de una moldura decorativa. Refugiaba su timidez en un traje con chaleco de buena hechura, gastado y brilloso de tanto  pasear por él la plancha.  Emilio descendía de una familia patricia, de esas que en tiempos de la liberación colonial acaudalaron inmensas fortunas y leguas de campo, gracias al contrabando, a la pulpería, o a  pasearse con el ejército arrancándoles a los indios su productivo "desierto".

Emilio heredó el apellido, la propiedad compartida de una bóveda en el cementerio de la Recoleta, en la que se alzaba en mármol la figura del fundador de la dinastía, su tatara-abuelo Salvador María, y una escritura, confeccionada a mano en el siglo XIX,  de unos campos que ocupaban parte de lo que hoy es territorio perteneciente a provincias argentinas y estados brasileños.  

Si Emilio alguna vez sufrió, o se sintió feliz, o estuvo enamorado, o en desacuerdo con algo que le sucediera o sucedía, sus conocidos lo ignoraban. Siempre sonriente, pulcro, con gestos extraídos de la sociedad más aristocrática, no se permitía transparentar sentimiento alguno. Emilio sabía inglés pero prefería recitar en francés. Ningún tema de conversación le era ajeno, filosofía, historia y arte, su predilección.

Se manifestaba con erudición de cortesano. Su linaje habitaba condecorado por gobernadores, diputados, hombres de campo, y algún soldado. Gente preparada para ser servida y apetecida,  convencida que la reproducción eterna de la pampa húmeda, era su privilegio del ocio.

Hasta mediados del siglo XX, la estirpe continuaba apareciendo en sociales de la Nación, comunicando los acontecimientos importantes: "un viaje a Europa, el casamiento del hijo del general con la hija del ministro, una misa en recuerdo de la tía mariquita, la abuela Felisa guarda cama, asistieron a la fiesta campestre con vestimenta adecuada a la ocasión.... "

La madre de Emilio fue la primera mujer en conducir su propia voitturé en el país, el padre, de los que gustaba tirar manteca al techo en los cabarets de París. Los hechos sucedían mientras el abuelo hipotecaba campos, costumbre de época.
El hidalgo tirador de manteca murió un día sin un céntimo, tal vez resbalando sobre el último pan que envasó Sancor. La dama, enterada de lo acontecido a su esposo, quedando sin fortuna visible, no envolvió más su cabellera en el viento, y abandonó su convertible en un monte pío. Desde entonces, se dedicó a catar las más diversas bebidas, primero importadas, luego nacionales y más tarde, las destiladas en alambiques caseros que habitaban los más sórdidos parajes. El delirium tremens la eyectó de la vida.

El piso de la Avenida Alvear se fue debilitando, palideció hasta lucir progresivamente anémico. El sol que penetraba por sus grandes ventanales, sin que nadie lo advirtiera, se volvió una pátina plomiza en espacios que históricamente, majestuosos, sostenían la cúspide del abolengo familiar.

Once años disimulando la quiebra. La creatividad ayudó a Emilio, su hermana y hermano menor, a sobrellevar la decadencia. Vendieron, una a una, las firmas importantes que ambientaban las paredes de los salones. Un destino pignoraticio también encontró los jarrones de las diferentes dinastías orientales, las alfombras persas, los gobelinos, las primeras ediciones, artísticamente encuadernadas, de obras prestigiosas. Al principio, se ocultó el desmantelamiento, los originales fueron reemplazados por reproducciones, los pisos por encarpetados con alfombras sintéticas recurriendo al pretexto de la modernización y los libros faltantes, con una utilería, consistentes en un bastidor rectangular de madera balsa forrado con cuerina, imitando los lomos de una colección. Con el fin de zanjar las preguntas indiscretas por la ausencia del mobiliario valioso en los salones, colocaron una escalera de tijeras, abierta en el centro de la recepción, acompañada por tachos de pintura chorreante y unas brochas esparcidas por el piso, fingiendo una refacción.
La servidumbre cobraba sus salarios atrasados con algunos objetos que sabían reducir en la calle Libertad,  algunas estatuas de menor valor que encontraban en el jardín de invierno. A esta altura resultaba imposible cubrir el deterioro.

Después llegó el remate del piso, lo que se sacó por él no llegó a cubrir las deudas de expensas e impuestos.

Emilio y sus hermanos tomaron diferentes caminos.

El varón segundo de una familia de reconocida prosapia, en otras épocas, frente a la orfandad y el desamparo, contaba con dos opciones igualmente venerables, convertirse en soldado o en sacerdote. Pero era la década del 70. Enamorado de los uniformes, el hombre con buen tino, eligió ser agente de la policía federal. Este no fue el caso de la hermana, que sin ser hermosa, ni estar preparada para ser una secretaria privada, administrativa o simple recepcionista, eligió explotar su apellido, cobrando por aparecer en el staff de publicaciones de dudosa honorabilidad, con el único objeto de darles lustre. Esta primera actividad, fue el inicio de una carrera meteórica, utilizando su apellido como estandarte en el frente de batalla.

Para Emilio, encontrar su lugar en el mundo fue más crítico, como hijo mayor, adhiriendo a esa filosofía tan particular en la que creció (un positivismo feudal, fisiocrático y liberal), en circunstancias normales, tendría que heredar y administrar los bienes de su estirpe. Pero de todo aquel esplendor solo le quedaba su presencia, aquella mirada de júbilo por lo europeo, su desdén aristocrático por las manifestaciones populares, su menosprecio por aquellas expresiones que escuchó: "hay que ganarse la vida", "el trabajo es salud". El primer día recorrió las calles, indefenso, era casi un sonámbulo imposibilitado de tomar conciencia de su actitud. Llevado por una nebulosa desembarcó en un hotel, que presentaba a la prensa un nuevo destino caribeño

En la recepción unas señoritas muy agradables, pedían a los asistentes que identifiquen al medio de comunicación que representaban, señalándoles una canasta para depositar la tarjeta personal. "Represento a Editorial La Rochela", dijo espontáneamente Emilio, mostrando su enamoramiento por lo francés y por los sucesos de aquella revolución de 1789. Acto seguido, puso una tarjeta personal en la mano de la interrogadora, en ella figuraba solo su primer nombre acompañado por María, sello repetido en su casta, proveniente del famoso tatarabuelo que hoy toma fresco, en el mármol esculpido de la Recoleta y por fin, su lujoso apellido.
                                                           Eduardo Wolfson






jueves, 19 de junio de 2014

Pincelada de mis personajes



Deborah
Otro personaje de la novela inédita
 “Comesandwich”
   
Pertinaz e impertinente productora de Radio Nacional. Una joven atractiva y estrafalaria para vestirse. Sus compañeros la llamaban "la rusa". En sus agendas convivían las grandes personalidades políticas, junto a teléfonos de actores de valía y varias aprendices de vedette. Así misma, en rueda de conocidos y tal vez con alguna copa de más, se definió como una mujer, que nunca fue tocada por la barita de la ética o la moral, si conseguir algo se trataba. Deborah llegó a la edad madura en aquella radio. Su aspecto había perdido la frescura, solo quedó un rostro con grietas disimulada con una sobrecarga de maquillaje. Tomó el hábito de enfundar sus piernas en unos pantalones blancos muy estrechos, elevando sus contornos flácidos, comprimiendo la cintura.
Como productora, sobrevivió estoicamente a todas las pequeñas conspiraciones, que Golpes de Estado y dictaduras cívico-militares comprometían en los medios de comunicación. Cuándo llegó la democracia bajó la guardia. Se sintió por primera vez tranquila, pensó que la batalla por su estabilidad estaba ganada.

El nuevo director de la radio, exigió achicar el presupuesto, y pidió listas de personal. El hombre muy equilibrado, utilizando métodos propios, decidió dar de baja, primero a todos los que tengan apellido judío o parecido, segundo aquellos que hayan superado los 50 años, y tercero, a los sospechados por zurdos. En la última categoría, la productora estaba ausente. Deborah quedó en la calle, rescatando tan solo una agenda envejecida y desactualizada. Sus compañeros de trabajo, enterados de la noticia, agacharon la cabeza. Otros, entre ellos y en los pasillos, en voz muy baja repetían para auto consolarse sobre el infortunio corrido por su compañera: "la rusa consigue laburo enseguida, es tan desfachatada que siempre pasa al frente", a algunos, la situación les excitaba recuerdos: "¿te acordás, que mina era la rusa cuando entró? ¡Le perdonabas cualquier cosa!, hasta que sea rusa". Aquella tarde, Deborah,  sintió de golpe, ese calor menopáusico que ascendía desde el pecho, pasando por el cuello, ocupándole la totalidad del rostro. Con el sudor, asomó una lágrima, su gusto salado se introdujo en su boca para alcanzar la lengua. Tomó conciencia de que estaba llorando. ¿Cuánto tiempo hacía que no se permitía llorar?, tantos años que ya no recordaba. Los hombres, en sus manos, siempre fueron juguetes que sabía manipular con sus encantos.

En otros tiempos, un Director advenedizo no se hubiese atrevido a insinuar su expulsión, todo lo contrario, la elegiría su persona de confianza, su correveidile, su mujer orquesta. Al fin de cuentas, ella tenía un buen cuerpo y por lo demás, la ética y moral, eran dos palabras que no estaban en su diccionario. Solo ella sabía, que para conservar su puesto, más de una vez le tocó señalar gente, o ideas de otros, presentarlas en los informes como propias. Definitivamente, ética y moral eran sonidos de muy escasa intensidad.
En la toilette de una confitería, Deborah se enfrentó al espejo. Vio un rostro que intentaba abrirse paso, franqueando gruesas capas de maquillaje derretido, mezclado con rimel y lápiz labial. Con una toalla de papel, fue quitando ese mejunje, hasta que lo oculto se hizo evidente, ¡treinta años más! Descubrió que el esplendor murió y comprendió, que para volver a triunfar, solo le quedaba esa nueva figura y los recursos de Celestina.

Tuvo la seguridad, que esa imagen nueva no era una presencia momentánea como muchas otras, que junto a las relaciones públicas, llegaban y se esfumaban sin dejar siquiera una aureola. Esta vez no. Sin brillo y opaca sintió que iba a durar, suplantando a todas. No supo por qué, recordó a una vieja conocida que solía ejercer una especie de renovado psicoanálisis en la mesa de cualquier café: "para reponerse de las perdidas, hay que permitirse el luto, y este implica un proceso, una larga etapa con escollos que debemos transitar". Deborah percibió a su vida como un torbellino. Ella nunca se permitió lutos a pesar de ser consciente de muchas pérdidas.

                                                                    Eduardo Wolfson

lunes, 16 de junio de 2014

Pincelada de mis personajes

 Aurora

Otro personaje de la novela inédita
 “Comesandwich”

Se quedó arrinconada en la mesa con el vaso de whisky en la mano. Así  Aurora pasó horas para sorpresa de los habitué del bodegón de la calle Lavalle. Fue un mediodía invernal cerca del Palacio de tribunales. Se sentaba en la mesa que se juntaba con el mostrador. Para todos esa era la mesa de Aurora. Ella, apenas posaba su mirada sobre los otros.  Extraía de su cartera aquel libro, siempre el mismo, de páginas ajadas y amarillentas, separaba una rosa seca que le servía como señalador y se introducía en la lectura, sosteniendo el vaso de whisky.
Aurora era alta, o impresionaba serlo, tal vez por su pollera oscura, larga y recta, que acompañaba con una blusa blanca, siempre inmaculada. Mangas largas abrochadas y cuellito levantado, que se confundía con la piel de su rostro extremadamente pálida,  extraviada tal vez, en tiempos de románticas tísicas que se empeñaban en dejar una pequeña gota de sangre como un sello de identidad. Solo sus mejillas apenas rosadas, contrastaban con su presencia casi fantasmal.
Siempre la misma hora de llegada, la forma de abrir y leer  el mismo libro, señalado por la misma rosa. Siempre una extraña avidez, primero por pinzar sus dedos el vaso de whisky, y luego del primer sorbo, un desinteresado abandono de la copa sobre la mesa.
Cuando el mozo le servía la comida, Aurora cerraba el libro apretando la rosa y lo guardaba en el interior de su cartera. Era un maletín de cuero de cocodrilo, una solapa cerraba varias divisiones que aprisionaba una hebilla de bronce brillante. Comía delicadamente, los cubiertos se deslizaban sobre el plato, como suspendidos, totalmente ignorantes de la existencia de la Ley de gravedad. Más tarde, rutinariamente ella se levantaba, dejando en el vaso, dibujados sus labios con rouge y un poco de whisky. Sobre la mesa, depositaba el importe de lo consumido en forma exacta, y se retiraba.

Pero aquel día algo cambió. Aurora se quedó arrinconada en la mesa con el vaso en la mano. No hubo libro, no hubo rosa, no hubo lectura. Un solo trago dio con todo el whisky. Sus manos aprisionaban el vaso, la mirada perdida y el rostro desencajado. Lo habitual desapareció de golpe, aquella mujer se transformó en un dibujo inseguro, en un rezago olvidado en una liquidación barata.
                                                                                          Eduardo Wolfson









sábado, 7 de junio de 2014

Pinceladas de mis personajes


En las próximas semanas, iré describiendo a los personajes centrales de mi novela “Comesandwich”, inédita, por supuesto.

Yaco ¿Fundador de Comesandwich?


Muchos lo han negado y otros se atrevieron, sin medir las consecuencias, a señalar a Yaco como el fundador de Comesandwich. Después de hurgar un tanto en fechas, lugares y acontecimientos, estoy seguro que es uno de los candidatos más firmes. Cuándo lo conocí, era sin duda el referente de aquella heterógenea hermandad. Su figura patriarcal reforzaba esa imagen. Alto, panza prominente, calvicie avanzada, cuidada barba y bigote blanco. Gran parte de su vida transcurrió sosteniendo tres pilares: la religión, la cultura y el mantenimiento de una posición económica. Era hijo de un rabino de gran prestigio en la comunidad judía. Contaba poco de su infancia, siempre recordaba los hechos sangrientos de la semana trágica. Entonces, sus ojos siempre vivaces perdían brillo, ese estado de ánimo duraba lo que tarda en desaparecer un suspiro. La voz de Yaco era potente y grave, proveniente de un porte fisico que en todo momento se hacía notar.

Estudió ingeniería y se especializó en suelos. Se casó con una muchacha judía aficionada a las artes plásticas. Su fortuna personal fue en aumento mientras venían al mundo tres hijos.
El balance lo hizo en el balcón terraza de su piso de Belgrano. Sintió que 70 años se le esfumaron como arena fina entre los dedos. 40 años pasaron de la compra, cuando todavía el edificio era solo un proyecto. Al inaugurarlo, pisó su balcón terraza del último piso y como  lo previó, tuvo ante sí un gran paisaje de verdes que se desdibujaban en un río que divisaba a un kilómetro y medio. La libertad visual de aquella extensión, fue la certeza de muy pocos días.

Sentado en la reposera, lo inquietó el trabajo de unas excavadoras en el terreno de enfrente. Así surgieron grandes estructuras de hormigón que avanzaron hacia el cielo,  rodeando  su balcón terraza. En pocos días, Yaco se sintió vigilado por seres, que se amparaban detrás de cientos de ventanitas. Los hijos crecieron. Por una razón u otra, atávica tal vez, vaya a saber, todos abandonaron, no solo el hogar paterno, sino también el país. A lo mejor, tradicionalmente errantes, quizás perseguidos, puede ser.

Lo que vino después, Yaco no supo sí se debía pura y exclusivamente a la crisis económica o a su incapacidad personal para retener lo hecho. En la mesa del comedor, comenzaron a acumularse cuentas de servicios vencidas, demandas judiciales, peticiones de embargo.

 Con ese extraño síntoma de saberse vigilado, desde esa reposera en el balcón, Yaco me relató que supo esa tarde que en ese sitio estaba acabando como un rito su pasado, incorporándose un después, tan solo una mueca que iba a permitir cambiar su destino, antes de entrar en el guiness de los records.

Yaco reconoció dos debilidades, la de regodearse viajando lujosamente, y la de sentarse a buenas mesas, probando las bebidas y comidas más exóticas y finas al paladar. En ese instante de balance, registró que durante un tiempo prolongado estos deseos se cumplieron. Efectivamente, gracias a su holgada economía, pudo conocer las grandes capitales del mundo, los mejores hoteles y los restaurantes tradicionales de cada lugar. Pero con todo, Yaco sintió que nunca pudo gozar totalmente de esos placeres. Como una revelación divina, desde lo más oscuro de su inconsciente surgió la causa. ¡Siempre tuvo que pagarlo todo! Juntar el dinero a utilizar, le llevaba mucho más tiempo que gastarlo. El primero era un tiempo que le parecía eterno, el segundo efímero. La posibilidad de darse placer se esfumaba como el segundo tiempo.
La solución vino como un relámpago del cielo. Yaco abrió los brazos como para alertar a su esposa, pero se arrepintió. Por más que amaba a esa mujer, se dio cuenta que ella no podía estar contenida en su proyecto. Yaco se había propuesto viajar, hospedarse, beber y comer de lo mejor hasta el fin, sin gastar jamás un solo peso, y un viajero, necesitaba despojarse de todos los bagajes acumulables y de todos los sentimientos para poder disfrutar, para que ninguna preocupación, enturbie la posibilidad del maná permanente.
Eduardo Wolfson



domingo, 1 de junio de 2014

Pinceladas de mis personajes

         Teoría de los patrones


Con el índice y el mayor, apresó el cubo de hielo que flotaba en el vaso de whisky medio lleno. Le dio impulso, persiguiendo la trayectoria circular del recipiente, gozando de la ingravidez que le proporcionaba el líquido ambarado. Los estudiantes rodeaban su mesa en silencio ritual, esperando ansiosos el consejo del sumo sacerdote.
             
            Carlos passos, conocido como el gurú de las minifaldas de gamuza, con cuarenta y tantos años distribuidos en su espalda, pasaba la mayor parte del día en la mesa, junto a la ventana del bar Diógenes. Vivía enfrente. Le gustaba mezclarse con el humo, derrochado y acumulado entre esas paredes por los futuros filósofos.
            Sopesando el silencio de los muchachos, después de pinchar una aceituna, murmuró en un porteño gangoseado una frase, que produjo en los oyentes un rictus de ignorancia expectante.
            “La teoría de los patrones”, repitió, esta vez modulando mejor.
            Los que aguzaban orejas cruzaron miradas, tratando de desentrañar cada uno en el otro, el sentido de aquella oración.
            Parsimoniosamente, Passos estudió a uno por uno y expresó: “Si quieren ganarse a una mina para que participe de un encuentro solidario, tienen que conocer y poner en practica la teoría de los patrones”.
            Ninguno se atrevió a señalar su ignorancia, al contrario, asintieron, como si supieran de qué se estaba hablando.
            “Es muy fácil –aseguró y continuó-, todo es cuestión de que uno oficie como patrón y que los demás ejecuten sus órdenes sin dudar”.
            Pepe le sonrió a Quique, este no retribuyó, e interrogó en voz alta, captando el deseo colectivo: “¿Y quién de nosotros tendría que ser el patrón?”.
            Un resplandor brotó de los ojos pequeños del ex rufián devenido en fabricante de trapos. Antes de responder, en el paneo previo, con disimulo, tomó un sorbo de whisky:
            “Si entendieran la teoría de los patrones, en lugar de discutir por serlo, tratarían de volverse invisibles para que no los agarren como candidatos”.
El “¿por qué?”, provino de Paco.
            Passos pisó sobre el final de la frase:
“Porque el patrón conduce pero no toca, mira pero no arrima. Seduce a través de sus encargados”.
El escarbadientes atrapó al cubito de queso. Se tomó su tiempo y agregó:
“Ser patrón, es el piolín del Yoyó. Cuando baja el carretel, uno piensa que va a poder expulsarlo, y lanzarlo para siempre de la canaleta en que vive, pero de pronto, ella vuelve a enroscarse con una velocidad poderosa”.
                                                                         Eduardo Wolfson 


martes, 6 de mayo de 2014

Cuentos con recuerdos

La errante

            
            Soplaban vientos de democracia. Se oían opiniones nuevas, y de apoco, tanteando las paredes, como ciegos que van recuperando la visión, la gente, en voz baja opinaba. Al principio cumplían atemorizados, como si no estuviesen seguros de que aquel sol que los iluminaba fuera realidad. Los rostros se habían relajado, pero el cruce de sonrisas aún no florecían francas. Concurrían escasos los orgasmos gritones, las cuerdas vocales estaban en proceso de adaptación para amalgamarse al nuevo clima. Algún extranjero, sueco tal vez, se atrevió a subir los deciveles de su tocadiscos para escuchar “Hasta siempre comandante” en la voz de Carlos Puebla, y algún vecino, sacudido en su osadía dormida, decidió desempolvar un cassete escondido de Víctor Jara, y sobre cantarlo en “Derecho a vivir en paz”.
            Las universidades desvastadas en la noche de los siete años, fueron llenándose de estudiantes, algunos muy tiernos, recién egresados de la secundaria, otros, egresados del exilio interno y externo. Las aulas se iluminaban con las diversas presencias etáreas. Los jóvenes, disparaban el brillo que descubre al asombro, pero los otros, llevaban una mirada opaca, esa que mezcla destellos de vida con ausencias. Entre estos, y en esos días, era común presenciar encuentros inesperados, llenos de emoción. Primero, el abrazo  fuerte, y duradero. Luego, los ojos secos cometían el milagro de la lágrima. Por fin, los cuerpos se desestrechaban para verse, palparse, y comprobar que no era un espejismo, solo años oscuros, que quedaron como cicatrices en los rostros y como huellas, en cabellos encanecidos.
            Las catacumbas de Derecho albergaron en el primer tiempo a la subversiva sociología, pero esta, fogosamente democrática, no se conformó con habitar de prestado el cementerio helado que le concedieron los hombres justos del futuro. Atrevida, tal vez por la sumisión que soportó, entró al templo del saber por las escalinatas, escuchó los conciertos en el salón de actos mezclándose con los dueños de casa. A los futuros sociólogos se los distinguía porque no usaban corbata, tenían el pelo largo y desprolijo, y a las mujeres, les gustaba usar un poncho de guanaco, estampados con viñetas incas, mayas, o aztecas, ¿Quién sabe? Lo cierto es que esa convivencia se volvió irrespirable, sobre todo, cuando a la gente de la carrera errante, se le antojó hacer pegatinas de papeles, incorporando nuevas palabras al léxico estructurado, y frases aceptadas pero escatológicas: “Mierda, carajo, puta, expropiación, revolución”. Fue la gente de arquitectura, quien los aceptó en su pabellón en la ciudad universitaria, algo así como un campo de concentración junto al río, en las afueras de la ciudad.
            El bullicio se fue naturalizando, los sociólogos y sus aspirantes no se incomodaron por la mudanza, si algo habían aprendido en todos esos años clandestinos, era sobrevivir marginados. Los de arquitectura parecían sapo de otro pozo, ellos todavía continuaban soñando con proyectar la tumba para un joven poeta.
            Democracia era la palabra grata de aquellos tiempos, en ella se cobijaban todos, muchos de los cuales sostenían que “a la universidad se viene a estudiar”, y afirmaban con cierto orgullo ser apolíticos. Muy tímidamente asomaron los contrarios, sostenían que bautizarse apolítico, era una forma hipócrita de hacer política. Fue casi imposible a partir de entonces mantener las paredes limpias. Inscripciones, afiches, e inscripciones sobre otros afiches fueron poblándolas. Los pisos inundados de retazos de papeles, y algún alérgico que a pesar de ser ateo, no dejaba de rezar, pidiendo aunque no sea más que una brisa para que se lleve el polvo de debajo de los papeles.
            De golpe se armaban grupos, marchaban saltarines por los pasillos y por las aulas, unificando en la alegría del paseo la consigna: “Se van, se van y nunca volverán”. Las asambleas, casi espontáneas, ocurrían en cualquier tiempo y lugar. Entonces, agitando los brazos y forzando las gargantas se los oía: “Paredón, paredón, a todos los traidores que vendieron la nación”. Las exposiciones eran vehementes, muchos sin importarles el tema tratado, mechaban su arenga con alguna frase de Marx o de Lenin, algún viva para Fidel, y no faltaba el recuerdo para el Che. Los apasionados cruces encontraban su pausa, aprovechada por voces exaltadas vociferando: “El pueblo unido jamás será vencido”.
            En el aula de la esquina, se acomodaban para la próxima clase de ética. Risas, chismes, murmullos, alguna puteada, y un bostezo sonoro, surcaba aquella porción de ambiente vidriado y frío, calefaccionado con nuestro aliento. El profesor, uno más entre nosotros. Tipo simpático, distraído. Un par de lentes gruesos, que lo legitimaba como corto de vista. La vestimenta, de calidad y haciendo juego, reconocía otras manos en su vida, que cuidaban el detalle. Siempre algún contraste y el resto al tono.
            Las clases eran interrumpidas frecuentemente, por gente del centro de estudiantes, o dirigentes de agrupaciones políticas, señalando algún acontecimiento que requería atención, presencia y posición.  
            Aquel día, unos veinte minutos después de comenzada la clase, un hombrecito pidió permiso para entrar. Tartamudeando, trató de completar sus palabras tímidamente: “Vivo en el Borda, me dijeron que aquí me podrían escuchar”. El profesor de ética, simpático, progresista, bien vestido, corto de vista, mostró signos de inseguridad. Golpeó intermitente un borrador entizado sobre el escritorio, llenó de polvo su atuendo magnifico, cerró su sonrisa a lo desconocido, y tambaleando, pasó por detrás del visitante, abandonando el aula.
            El hombrecito vestía un traje inmenso para su talla, una camisa sin cuello, y una corbata roja anudada sobre la nuez. Calzaba unas alpargatas como chancleta. Sin darle importancia a la desaparición del docente de ética, y controlando sus innumerables tics nerviosos, comenzó a explicar. Dijo que sus compañeros y él la pasaban mal, que no tenían calefacción, ni frazadas, si medicamentos que no necesitaban, y shocks eléctricos que los volvían mansos, que la poca comida que recibían era muy mala. A la mayoría la familia los había olvidado. Que a él, le indicaron, la gente de sociología los podía ayudar.
            Primero entraron dos bedeles embutidos en sus guardapolvos grises, detrás el profesor de ética, sacudiéndose el polvo de tiza que había arratonado, los colores vivos de su vestuario.
            Por la espalda, tomado de ambos brazos por cada uno de los ordenanzas, el hombrecito fue levantado y trasladado hasta las afueras del edificio. Mientras tanto, el profesor de ética, compuesto del mal rato que le tocó pasar continuó con su clase. “Hablábamos de la coherencia, y las conductas en democracia”

                                                                           Eduardo Wolfson

miércoles, 30 de abril de 2014

¿Te cuento?

Milonga

-          Funcionario en el departamento de desperdiciología de la ciudad.

      El pibe escuchó la presentación y estrechó temblorosamente la mano que le tendía aquel desconocido de voz arrastrada. El hombre se río sin ganas y pidió: -“dos Tíos Paco”.
      El pibe observó su dentadura blanca, el pelo negro estirado hacia atrás amurado con gomina, la tez aceitunada y el traje gris impecable. Cuando bajó la vista, descubrió, unas medias largas con cuchilla en los laterales y unos zapatos marrón brilloso.
      Desde el salón, la música carnavalesca inundaba la cantina. El hombre, sentado en un banco alto, apoyando un brazo sobre la barra y cruzado de piernas, intermedió entre el mozo y el pibe, alcanzándole una copa con la bebida ambarada. El pibe, agradeció, pero rechazó el ofrecimiento, su anfitrión insistió volviendo con la ampulosa presentación:

-          Funcionario en el departamento de desperdiciología de la ciudad… ¿te dije? No te preocupes pibe que no como a nadie. Esta bebida es livianita. Esta milonga, está visto, que no es ni para mí ni para vos.

El pibe, tembloroso, tomó la copa y mojó sus labios. Contrariamente a lo que suponía, en lugar de ardor, sintió un dulce empalagoso que copaba su boca.
            A través de una ventana interna, veían en el plató a parejas separadas realizando contorsiones simias. Se escuchaba la bamba.

-          Antes era diferente,(continuó el hombre) cabeceabas, te abrazabas a la mina, bailabas una pieza, algún bolero esperando el tango, y ahí, antes de devolverla a la mesa le mostrabas quien mandaba. En vez, ahora, no sabés quien es el macho y quien la mina, todos el mismo tachín, solo los reconocés por el oxford y la minifalda. Está visto que yo ya pasé mi cuarto de hora y que a vos te faltan algunos años para llegar. Por eso no solo compartimos esta copa, sino también el esgunfie.

El pibe pensó que aquel hablador era un ebrio calmado. Su voz aguardentosa, pronunciando palabras sin dramatismo, enrolladas, monótonas, apenas moduladas, lo confirmaba. Por momentos se quedaba callado, ido, acariciando la copa, fijando la mirada en el contenido.
El pibe maduró su posibilidad de huir, pero el hombre saliendo del letargo, lo sorprendió pidiendo una segunda vuelta.

La barra entró al club separada. Fue idea de Ferreyra, “él ya había debutado”, tenía experiencia. Les dijo que todos juntos parecían muy pendejos, y que las minas, en racimo, no les iban a dar bola. El pibe recorrió solo e intimidado la pista, miraba de refilón las piernas de las que estaban sentadas. De golpe se le acaloró la cara, un espejo lo advirtió de los cachetes rojos que deschavaban, según Ferreyra “al púber virgen”. Avergonzado trató de desaparecer, pero no podía irse sin avisar a los otros. Buscándolos, cruzó el salón entre serpentinas y funámbulos para refugiarse en el minúsculo cuarto que el club había destinado a la cantina.
El segundo Tío Paco le resultó más agradable, ¿no sabía por qué? Su casual invitador le recordaba a Cayetano y tampoco sabía ¿por qué? Eran bien diferentes, Cayetano ya era viejo y vestía como un croto, siempre con el pijama manchado y unas chancletas mordidas en las puntas por el perro.
Los de la cuadra, sabían que el crepúsculo de verano preanunciaba la condición. Cayetano salía como siempre a la vereda y montaba como si se tratara de un caballo una silla de madera. Apoyaba los brazos sobre el respaldo. Miraba un medio cuadro del árbol y de calle, daba una pitada profunda al caburito, provocando casi una hoguera roja que amanecía y se enardecía entre sus dedos. Los pibes lo rodeaban esperando que hable. El tema eran las milongas de su tiempo. Cayetano se rascaba el hombro, y como quien no quiere la cosa, con un desgano fabricado, muy bajito, metiéndose un primer vocablo para adentro, y frunciendo la frente, repetía tres veces la palabra “milonga” en distinto brillo. Lo primero que construía el relato era el escenario, luego los actores, y por último los rituales y las costumbres.
El pibe se dio cuenta que el del Tío Paco y Cayetano tenían en común justamente eso, “la  milonga”.

-          En mis tiempos, si querías sacar a una mina cabeceabas (dijo el hombre sorprendiéndolo), disimulabas un poco, claro, porque si la turra te desairaba ya no volvías del papelón. A mi me pasó, y tenía algún año más que vos. Me ensartó una morocha con dos faroles negros por ojos. Estaba cruzada de gambas. Paralizado, escudriñando su escote, me quedé como a tres metros de distancia. Reaccioné para dar el cabezazo, pero me olvidé del disimulo, creo que el bocho me giró como molinete de subte en hora pico. Imagínate, ya estaba de raje, cuando juné que la piba, levantándose, me sonreía con toda la boca. Así que abrí los brazos para recibirla. Me sentía un galán del cine de Holywood. Antes de llegar a mí, la mina se desvía unos centímetros haciendo juego de cintura, me esquiva como si yo fuera una columna. La seguí con la mirada y torciendo el cogote. La vi ensartarse en el cuerpo de un energúmeno gigante. Como un boludo, bajé muy lentamente mis brazos. La pareja, ya bailando pasó al lado mío, y el mastodonte no contento con su triunfo añadió un: “nene andá a tomar la teta”.

      El pibe, más distendido mostró su risa, pero no fue tanto por el relato escuchado, sino porque recordó otro contado por Cayetano.

-          milonga, ¡milonga!, ¡¡milonga!! (Dijo Cayetano) Yo era pendejo como ustedes, pero con más huevos. Me compré una tela, y me hice hacer un traje en cómodas cuotas. Un vecino del conventillo me prestó la camisa que había usado en su casamiento. Lustré unos zapatos de mi viejo, y solito caminé para la milonga. Tardé un poco en acostumbrarme al bermellón de las paredes, a la música de una típica desganada. Creo que fue ese contacto repentino el que apagó para siempre mi sonrisa. La pista era circular y de madera, brillaba como para darle envidia al mosaico en que se apoyaban las mesas. Atrás, y a un costado del escenario estaba la entrada al baño con una puerta de doble hoja. Me llamó la atención la cola que hacían los muchachos. Pasaban de a uno empujando la hoja derecha, y salían tirando de la izquierda. Terminé plegándome a la fila porque tenía ganas de mear. Cuando entré al sanitario, mi sorpresa fue grande. La hilera de mingitorios estaba vacía. La gente continuaba la cola frente a los lavabos, y llegaba hasta un extremo, en el que había un viejo de guardapolvo gris, apretando con su mano derecha una pera de goma, que atornillada a la boca de un gran botellón, esparcía una colonia un tanto rojiza sobre el traje del habitué, que frente a ese elixir, daba una vuelta completa sobre su eje como bailarina de cajita de música. Luego depositaba unas monedas en un platito, y entonces sí, ya estaba listo para la milonga.

      El pibe recuerda a los dos personajes, dos años después, cruzando la Plaza de Mayo. Cayetano hace rato que estaba muerto, y se preguntaba, que habrá sido de la vida del otro. En el césped, un tipo con gorra, pantalón y campera con fosforecencias, recoge con un rastrillo los papeles que dejaron los de la última manifestación.

-          che pibe ya no saludás a los amigos.

El pibe conoce aquella voz, lo observa pero le cuesta reconocerlo.

-          No te acordás de la milonga, sos flojo de memoria.

Ahora el pibe recuerda:
-          Pero vos me dijiste que eras…
-           
-          Funcionario en el departamento de desperdiciología de la ciudad. ¡Basurero pibe!.
Eduardo Wolfson