sábado, 9 de agosto de 2014

Pincelada de mis personajes

Juan Ramón de la Cruz Vera
            (alias carlitos)  
                 Personaje la novela inédita Comesandwich 
      

     Vino de Añatuya, Santiago del Estero. Juraba que se ganó su territorio como los perros  . Declaró que tuvo que aplastar muchas cabezas para que lo reconozcan como el dueño de la manzana. Desembarcó en una pensión de Retiro.
      El primer día, le cruzaron por el cuello dos estuches, para aguantar tres termos cada uno, y una canastita con alfajores. Sintió que lo armaban para ir al combate. Después de caminar mucho, algo vendió, como para reponer la mercadería al día siguiente. Esa noche, en su pieza, comió dos alfajores que sobraron, y los bajó con un trago de café frío con la borra precipitada.        Su suerte cambió.  Exploró sobre Lavalle una edificación muy vieja. Estudios jurídicos que se entregan a la galería, nombre soberbio para un paso que comunica celdas. Son cinco pisos sin ascensor, lugar donde claudican otros cafeteros y pasan de largo.
      Carlitos hizo la señal de la cruz, se acomodó los termos y recorrió todos los despachos, siempre con el mismo recitado y una sonrisa de oreja a oreja: “¿le sirvo un cafecito doctor?”.
       El encargado del edificio fue su socio capitalista. Su inversión, cuatro Lumilagro, un anafe con garrafa, una olla abollada de aluminio, un changuito, un traje completo y usado de mozo, y lonas para confeccionar los porta termos, a los que añadió el letrero: “la alcantarilla de carlitos”.
      Utilizaron la pieza libre en las catacumbas, un recoveco en el subsuelo de tres metros por uno setenta, que un cortocircuito y  principio de incendio dejaron deshabitado.
       Carlitos, para ahorrar, dejó la pensión, para dormir en su negocio subterráneo.
      Un abogado arruinado del segundo piso, le tomaba pedidos, a cambio de compartir los gastos de la línea teléfonica. Sin saberlo, Carlitos inauguró el primer delivery de la zona
Al café, y a las facturas calentitas de La Royal, le agregó bidones de jugo para el verano. En el otoño, hizo traer a una novia de Añatuya. Mientras Carlitos preparaba café de noche, su novia hervía matambres. El menú no tardó mucho en finalizar su diseño. Para el desayuno, facturas de la Royal y para el mediodía, exquisitos y variados sándwiches, entre ellos los de matambre casero. Para toda la manzana, Carlitos el de la alcantarilla, pasó a ser una persona reconocida y esperada. Pero su negocio tomó vuelo cuando los medios audiovisuales lo conectaron con los Comesandwich, y fue Ambrosia, su novia de Añatuya la que preparó el marketing
Envolvió los sándwiches en un papel transparente y los puso de exposición en el carro. En el anaquel del frente, presentó uno de cada variedad. Estaba el de matambre en pan árabe que era la especialidad, al lado el de milanesa completa en pan francés, seguía el de bondiola y queso en pan de Viena, y para rematar, un primavera en fugaza con lechuga, tomate y jamón crudo. El conjunto tenía más colores que una paleta de pintor
Carlitos salió con el guardapolvo almidonado, todo el mundo lo vio en la tele”.
      Al principio fue el alboroto, después los periodistas se ordenaron solitos y hacían fila de a uno, y a su turno, le preguntaban sobre los Comesandwich y compraban su almuerzo.
      Carlitos y sus sándwiches entraron así en todos los hogares,
                                                                                               Eduardo Wolfson



domingo, 27 de julio de 2014

Pincelada de mis personajes

 Fedor concolorcorvo
Lic. en desperdiciología multicausal

En primera persona


Cada día estoy más convencido, que si no fuera por nosotros este país no hubiera avanzado, ¡¿o no?!. Creo que está claro, que cuando digo -nosotros-, me refiero sin dudar a nuestra querida clase media. 

Si señor, si señora, pertenezco a la clase media por linaje y también técnicamente. Sé que no faltará algún resentido social que tilde como soberbia, este pavoneo de mi linaje. No voy a detenerme en pequeñeces, ya dispondremos de otras columnas en el futuro para contestar a mis adversarios con más detalle, solo diré que lo mío no es soberbia, sino orgullo genuino. En cuánto a la parte técnica de mi pertenencia, lo demuestro solo con pruebas irrefutables y algunos antecedentes. Tengo el seguro del coche contra terceros, de todas formas ¡yo no choco nunca!,  y una señal, que en la computadora de una empresa, registra los desplazamientos de mi vehiculo, por si me lo sustraen. La puerta de casa es blindada, pero solo se accede a ella, traspasando unas rejas, y una alarma, cuya combinación atesoro en mi memoria y defiendo en una caja de seguridad bancaria. Es frecuente, que en mi ausencia y sin motivo, la alarma empiece a sonar sola. El técnico me ha dicho que es muy sensible y que únicamente ellos, pueden detenerla desde la central. Al principio, los vecinos acudían en masa tratando de atrapar a los ladrones. Pobres, hay que ver la decepción que se llevaban,  al caer en cuenta que el zafarrancho, era producido por una alarme sensible. Para ellos, lo duro son los fines de semana, yo los paso indefectiblemente  en el country. Como a propósito, la alarma comienza con sus diferentes cadencias de sonido, todas estridentes, horribles e hirientes. Es una hora de concierto, un minuto de descanso volviendo a recomenzar por el primer acorde y así, sucesivamente.  De buenas e irregulares maneras, individualmente y conjuntamente, haciendo escraches en el frente de mi casa, me han solicitado que anule la suscripción. Algunos me han contado que les altera el sistema nervioso cuando la alarma suena 72 horas seguidas. Otros me inventan que tienen algún viejito que no se puede dormir. Una mujer con la que comparto la medianera, tuvo la desfachatez de decirme que vive en un constante movimiento sísmico, que ya se le hicieron trizas las copas de cristal del bargueño. Pensar que cuando el hijo con otros energúmenos, disparan alaridos por rechinantes y tremendos amplificadores, diciendo que hacen rock, disculpe la expresión respetado lector, pero yo, “me la como doblada”. Es así señora y señor, hasta ha dejado de existir la solidaridad entre cercanos. Ellos no piensan que debo proteger mi propiedad, son totalmente egoístas, ni se les ocurre, los esfuerzos que a uno le costó tener lo poco que posee. Cuando me vienen con estas bravatas, saben que propongo: que hagan como yo, que curen sus alteraciones en una prepaga de salud. Si señor, yo no soy un tiro al aire, como pudo apreciar soy precavido, y también moderno, ¡muy moderno!, un individuo de esta época, y como tal, presto atención a todo lo nuevo que voces sugerentes me ofrecen por teléfono. Así, compré por ejemplo desde el primero hasta el último celular que apareció en el mercado. Compro, tarjetas y planes, ahora con centavos puedo hablar a cualquier parte del mundo. ¿Adónde hablo y con quién?. ¡La gente y sus preguntas indiscretas!. En mi bunker tengo desde la primera cama solar hasta el Pilates. No tengo dudas que la televisión me entretiene, bueno y también me enriquece, por eso no solo poseo el cable,  estoy suscripto a todos los canales codificados y además, denuncio a quien se cuelga. Si, no tengo ningún empacho en decirlo, después de todo, “robar cable es un delito”. No crean que todo lo que es oro brilla, pasé también momentos muy tristes, ¡Fui ahorrista!, abollé cacerolas, desfilé con Nito Artaza por Luro, por Independencia, y hasta obtuve un autógrafo de Moria Casán. En ese tiempo experimenté que las fuerzas me abandonaban. No pude recurrir a la prepaga porque dentro de los ahorros quedaron las cuotas, pero me salvó la industria láctea. Desde aquel desasociego, ni un solo día, he dejado de tomar probío 2, biopuritas, activia regularis, l caseis defensis. Reconozco que las fuerzas no volvieron, pero ya no las necesito, todos los días combato regularmente al tránsito lento como un duque francés en el exilio. Elegí para residir Mar del Plata, porque aquí hay mucho campo para el desarrollo de mi profesión, la desperdiciología multicausal. En las próximas ediciones les iré trasladando los frutos de mis investigaciones. Para despedirme, en esta oportunidad, elegí una de mis frases favoritas. Mi deseo es que ustedes reflexionen sobre ella, y me hagan llegar su parecer "Sálvese quien pueda".

                                                                                          Eduardo Wolfson


sábado, 19 de julio de 2014

Pincelada de mis personajes

            Soprano barrial (Testigo de la novela inédita “Comesandwich”)


Entrevista: deconstrucción en primera persona de un amor de juventud.
            ¡Pasaron tantos años! El tiempo transcurrido siempre trae cambios, no solo la piel y la voz pierden su vitalidad, también la memoria encarna estragos. Pasa que se olvidan recuerdos y se recuerdan olvidos no queridos.
            Su pregunta, joven periodista, hiere mi sensibilidad y afecta a mi sexto sentido. La considero una afrenta a mi lozanía perdida y una grosería, para estas canas que hoy tiñen mis cabellos. Le aclaro lo obvio. No he aceptado, voluntariamente brindar testimonio en este, su programa, a cambio de renovar para mi persona la popularidad perdida.
            Hace muchas décadas que estoy retirada del Bell canto, no es mi intención volver, solo deseo tener una vejez tranquila, en mi barrio natal, donde las margaritas todavía, aún hoy, perfuman los jardines.
            Sucede que en mis años mozos he conocido a Rembrandt, uno de los acusados del genocidio de funcionarios. Mi historia, se une a la de él en un instante fugaz de mi juventud.
            Pasó en una jornada que las estrellas tapizaban el cielo de Buenos Aires. Durante varias semanas, Rembrandt frecuentó todas las noches el teatro Colón. Un conocido, le permitía colocarse entre las bambalinas del escenario para gozar la cercanía del espectáculo. En el elenco, participaba una soprano de rostro angelical y unos ojos verdes profundos.
            Sí, esa personita era yo. Un barítono conocido de ambos nos presentó. En los entreactos comencé a charlar con Rembrandt, intercambiarnos sonrisas, sin atrevernos a las confidencias íntimas, recuerdo que tratábamos temas importantes, rodeados de decorativos oropeles. Un día nos entusiasmaba imaginar las obsesiones de Verdi, en otro, repasar la pintura de la pobreza, empezando por Ernesto de la Cárcova con su "sin pan y sin trabajo" y terminando en "La manifestación" de Antonio Berni. Me enamoré perdidamente.
            Rembrandt, siempre abandonaba el teatro pocos minutos antes de finalizar la función. Le pregunté por su actitud, me insinuó que buscaba atesorar para sí esa magia que mi presencia le producía. En aquella época respiraba amor. Rembrandt nunca se me declaró, pero admitía que disfrutaba de mi rostro, mis ojos y aquella, mi sonrisa, que lo colocaban, según sus palabras, en el mundo real.
            La temporada fue exitosa, pero de cualquier modo debía finalizar. Ese día Rembrandt, en el último entreacto, me entregó un cuadro con mi rostro pintado de memoria, y me invitó a encontrarnos a la salida. La noche no podía ser más auspiciosa. Nos vimos en la escalinata del teatro. Le agradecí fervorosamente la pintura y besé sus mejillas, todo un desenfado para la época, aunque la que lo hiciera, fuese una artista. Rembrandt, colorado, me ofreció acompañarme hasta mi casa caminando. Le expliqué que vivía en Mataderos. "Mejor, -dijo él agregando- las estrellas magnificas de esta noche nos señalarán el camino mientras nuestros cuerpos, a paso lento, disfrutarán de este clima, hasta que el amanecer la encuentre en su domicilio, recordando para siempre una noche mágica". Le agradecí su tono poético, pero le advertí que sentía cansancio, que lo mejor, era que tomáramos el tranvía. Rembrandt palpó sus bolsillos, evidentemente se hallaban vacíos, le ofrecí pagar el pasaje, él no contestó. El tranvía se detuvo en la plataforma, ascendí. Rembrandt con cierta ofuscación me gritó, "yo prefiero caminar". El tranvía partió, desde mi ventanilla lo miré por última vez. El calor le jugaba una mala pasada, una línea sudorosa de tinta china se deslizaba sobre su frente. Aquel festejante de mi juventud, ¿poseía en germen, el monstruo que hoy los medios nos exhiben? Mi recuerdo enamoradizo, se transforma en un abrir y cerrar de ojos, en desamparo, que creo que mi cuerpo impoluto, deteriorado claro está, por lo cronológico, no podría soportar.


                                                                                                       Eduardo Wolfson 

martes, 8 de julio de 2014

Pincelada de mis personajes

       
Maestro Fedor


Anteojos negros, ciego. Su mano izquierda alargan un bigote débil, mientras los dedos derechos, se cruzan y acarician con sus yemas, una misma miga de pan. La sensación de multiplicar las migas, lo resuelven a tolerar desde su ceguera a esos niños bien no queridos en ningún colegio secundario. La academia clandestina de Fedor es el fondeadero, la última esperanza que encuentran los padres para depositar a sus hijos inadaptados. A cambio de una escala dineraria, los inscriptos pueden aspirar a dar libre las materias de cada año como cualquier hijo de vecino, a obtener el favor de los profesores de las materias más difíciles, a viajar a Venado Tuerto garantizando la aprobación. Solo para los niveles superiores, la academia provee de ser necesario, los certificados y diplomas, dejando al extraviado en las puertas de la universidad.
 El falansterio Fedor consta de dos grandes habitaciones sobrantes de un departamento amplio. A sus habitantes temporarios, se les permite fumar, hacer bochinche, apostar con dinero, con entradas para River, o con pizzas completas culminadas en un círculo de medios huevos duros.
Una mesa redonda es el centro de la algarabía. Sobre ella dos teléfonos negros inspiran respeto. Cata los manipula, sentada como una sombra eterna al lado del viejo profesor. Es su lazarillo, esposa, y buchona. Detrás de un rubor encendido sonríe callada cuando pesca una fechoría menor. Y si la picardía es grande, suelta un murmullo en el oído de su esposo. Para no aburrirse, con una de sus manos, se empeña en planchar y dar forma a un rulo negro sobre la sien.
Fedor goza bautizando con sobrenombres a sus provisorios discipulos.

Con la complicidad de Cata, los más tratan de dar la lección con el manual abierto. El viejo es ciego pero no estúpido.  Deja la miga, escucha la lectura, hasta que su mano libre repta sobre el hule de la mesa hasta alcanzar los bordes del libro. Sus dedos atenazan al texto, lo cierran y lo atrae hacia su cuerpo.
“muy interesante-dice-, ahora quiero escucharte sin el libro”.
Los más se quedan mudos, sin libreto. De golpe se acaba el alboroto. Se trata de un minuto sin putear, sin apostar, sin regodearse con la foto de un minón desnudo. Es el silencio que lo invade todo, y la inmovilidad, que se apodera de lo que vive. El viejo Fedor es el protagonista de la escena, mientras que el rey de los estafadores del momento, se transforma en un pequeño cordero de dios. Todos conocen lo que sigue, las manos del viejo tantean sobre la mesa y encuentran uno de los tubos de los teléfonos negros, le pide a Cata que dizque el número del padre del imputado. El simulador entonces, mediante imploraciones y llanto, trata de quebrar aquella comunicación, que de lograrse, podría retenerlo todo un fin de semana en su cuarto, con la única distracción de una revista pornográfica desactualizada. La puesta en escena no asegura nada, los resultados dependerán exclusivamente de donde se pose el fiel en la escala del embolómetro del viejo. Si el embole marca saturación, el retorno es imposible.

Sin embargo aún existe el milagro. Se trata de un “Hola profe”, lo dice Mónica. Su perfume precede al saludo sensual, disolviendo la tensión reinante por la posible decapitación. Todos se regodean y la comen con los ojos. Pechos parapetados en la blusa entallada, que les deja como obsequio esa cola con forma de pera en el estuche de jean. La mejilla rosada, flácida y colgante del viejo Fedor es la que recibe el beso de los labios carnosos sin rouge de la modelo. El profesor sonríe, sus manos sin migas, sin teléfonos y sin libros, se entretienen con el tacto de las formas anales de la alumna preferida.
Cata sonríe y se acaricia el rulo. Mientras tanto, las palmas de Fedor, disimulando un Parkinson incipiente, trepan y tiemblan, semblanteando la espalda, para descansar por fin en el frente, retozando en las mamas erguidas de Mónica.

                                                                                             Eduardo Wolfson

jueves, 26 de junio de 2014

Pincelada de mis personajes

Emilio 
Otro personaje de la novela inédita
"Comesandwich"

Portador de una delgadez quijotesca, el perfil de una moldura decorativa. Refugiaba su timidez en un traje con chaleco de buena hechura, gastado y brilloso de tanto  pasear por él la plancha.  Emilio descendía de una familia patricia, de esas que en tiempos de la liberación colonial acaudalaron inmensas fortunas y leguas de campo, gracias al contrabando, a la pulpería, o a  pasearse con el ejército arrancándoles a los indios su productivo "desierto".

Emilio heredó el apellido, la propiedad compartida de una bóveda en el cementerio de la Recoleta, en la que se alzaba en mármol la figura del fundador de la dinastía, su tatara-abuelo Salvador María, y una escritura, confeccionada a mano en el siglo XIX,  de unos campos que ocupaban parte de lo que hoy es territorio perteneciente a provincias argentinas y estados brasileños.  

Si Emilio alguna vez sufrió, o se sintió feliz, o estuvo enamorado, o en desacuerdo con algo que le sucediera o sucedía, sus conocidos lo ignoraban. Siempre sonriente, pulcro, con gestos extraídos de la sociedad más aristocrática, no se permitía transparentar sentimiento alguno. Emilio sabía inglés pero prefería recitar en francés. Ningún tema de conversación le era ajeno, filosofía, historia y arte, su predilección.

Se manifestaba con erudición de cortesano. Su linaje habitaba condecorado por gobernadores, diputados, hombres de campo, y algún soldado. Gente preparada para ser servida y apetecida,  convencida que la reproducción eterna de la pampa húmeda, era su privilegio del ocio.

Hasta mediados del siglo XX, la estirpe continuaba apareciendo en sociales de la Nación, comunicando los acontecimientos importantes: "un viaje a Europa, el casamiento del hijo del general con la hija del ministro, una misa en recuerdo de la tía mariquita, la abuela Felisa guarda cama, asistieron a la fiesta campestre con vestimenta adecuada a la ocasión.... "

La madre de Emilio fue la primera mujer en conducir su propia voitturé en el país, el padre, de los que gustaba tirar manteca al techo en los cabarets de París. Los hechos sucedían mientras el abuelo hipotecaba campos, costumbre de época.
El hidalgo tirador de manteca murió un día sin un céntimo, tal vez resbalando sobre el último pan que envasó Sancor. La dama, enterada de lo acontecido a su esposo, quedando sin fortuna visible, no envolvió más su cabellera en el viento, y abandonó su convertible en un monte pío. Desde entonces, se dedicó a catar las más diversas bebidas, primero importadas, luego nacionales y más tarde, las destiladas en alambiques caseros que habitaban los más sórdidos parajes. El delirium tremens la eyectó de la vida.

El piso de la Avenida Alvear se fue debilitando, palideció hasta lucir progresivamente anémico. El sol que penetraba por sus grandes ventanales, sin que nadie lo advirtiera, se volvió una pátina plomiza en espacios que históricamente, majestuosos, sostenían la cúspide del abolengo familiar.

Once años disimulando la quiebra. La creatividad ayudó a Emilio, su hermana y hermano menor, a sobrellevar la decadencia. Vendieron, una a una, las firmas importantes que ambientaban las paredes de los salones. Un destino pignoraticio también encontró los jarrones de las diferentes dinastías orientales, las alfombras persas, los gobelinos, las primeras ediciones, artísticamente encuadernadas, de obras prestigiosas. Al principio, se ocultó el desmantelamiento, los originales fueron reemplazados por reproducciones, los pisos por encarpetados con alfombras sintéticas recurriendo al pretexto de la modernización y los libros faltantes, con una utilería, consistentes en un bastidor rectangular de madera balsa forrado con cuerina, imitando los lomos de una colección. Con el fin de zanjar las preguntas indiscretas por la ausencia del mobiliario valioso en los salones, colocaron una escalera de tijeras, abierta en el centro de la recepción, acompañada por tachos de pintura chorreante y unas brochas esparcidas por el piso, fingiendo una refacción.
La servidumbre cobraba sus salarios atrasados con algunos objetos que sabían reducir en la calle Libertad,  algunas estatuas de menor valor que encontraban en el jardín de invierno. A esta altura resultaba imposible cubrir el deterioro.

Después llegó el remate del piso, lo que se sacó por él no llegó a cubrir las deudas de expensas e impuestos.

Emilio y sus hermanos tomaron diferentes caminos.

El varón segundo de una familia de reconocida prosapia, en otras épocas, frente a la orfandad y el desamparo, contaba con dos opciones igualmente venerables, convertirse en soldado o en sacerdote. Pero era la década del 70. Enamorado de los uniformes, el hombre con buen tino, eligió ser agente de la policía federal. Este no fue el caso de la hermana, que sin ser hermosa, ni estar preparada para ser una secretaria privada, administrativa o simple recepcionista, eligió explotar su apellido, cobrando por aparecer en el staff de publicaciones de dudosa honorabilidad, con el único objeto de darles lustre. Esta primera actividad, fue el inicio de una carrera meteórica, utilizando su apellido como estandarte en el frente de batalla.

Para Emilio, encontrar su lugar en el mundo fue más crítico, como hijo mayor, adhiriendo a esa filosofía tan particular en la que creció (un positivismo feudal, fisiocrático y liberal), en circunstancias normales, tendría que heredar y administrar los bienes de su estirpe. Pero de todo aquel esplendor solo le quedaba su presencia, aquella mirada de júbilo por lo europeo, su desdén aristocrático por las manifestaciones populares, su menosprecio por aquellas expresiones que escuchó: "hay que ganarse la vida", "el trabajo es salud". El primer día recorrió las calles, indefenso, era casi un sonámbulo imposibilitado de tomar conciencia de su actitud. Llevado por una nebulosa desembarcó en un hotel, que presentaba a la prensa un nuevo destino caribeño

En la recepción unas señoritas muy agradables, pedían a los asistentes que identifiquen al medio de comunicación que representaban, señalándoles una canasta para depositar la tarjeta personal. "Represento a Editorial La Rochela", dijo espontáneamente Emilio, mostrando su enamoramiento por lo francés y por los sucesos de aquella revolución de 1789. Acto seguido, puso una tarjeta personal en la mano de la interrogadora, en ella figuraba solo su primer nombre acompañado por María, sello repetido en su casta, proveniente del famoso tatarabuelo que hoy toma fresco, en el mármol esculpido de la Recoleta y por fin, su lujoso apellido.
                                                           Eduardo Wolfson






jueves, 19 de junio de 2014

Pincelada de mis personajes



Deborah
Otro personaje de la novela inédita
 “Comesandwich”
   
Pertinaz e impertinente productora de Radio Nacional. Una joven atractiva y estrafalaria para vestirse. Sus compañeros la llamaban "la rusa". En sus agendas convivían las grandes personalidades políticas, junto a teléfonos de actores de valía y varias aprendices de vedette. Así misma, en rueda de conocidos y tal vez con alguna copa de más, se definió como una mujer, que nunca fue tocada por la barita de la ética o la moral, si conseguir algo se trataba. Deborah llegó a la edad madura en aquella radio. Su aspecto había perdido la frescura, solo quedó un rostro con grietas disimulada con una sobrecarga de maquillaje. Tomó el hábito de enfundar sus piernas en unos pantalones blancos muy estrechos, elevando sus contornos flácidos, comprimiendo la cintura.
Como productora, sobrevivió estoicamente a todas las pequeñas conspiraciones, que Golpes de Estado y dictaduras cívico-militares comprometían en los medios de comunicación. Cuándo llegó la democracia bajó la guardia. Se sintió por primera vez tranquila, pensó que la batalla por su estabilidad estaba ganada.

El nuevo director de la radio, exigió achicar el presupuesto, y pidió listas de personal. El hombre muy equilibrado, utilizando métodos propios, decidió dar de baja, primero a todos los que tengan apellido judío o parecido, segundo aquellos que hayan superado los 50 años, y tercero, a los sospechados por zurdos. En la última categoría, la productora estaba ausente. Deborah quedó en la calle, rescatando tan solo una agenda envejecida y desactualizada. Sus compañeros de trabajo, enterados de la noticia, agacharon la cabeza. Otros, entre ellos y en los pasillos, en voz muy baja repetían para auto consolarse sobre el infortunio corrido por su compañera: "la rusa consigue laburo enseguida, es tan desfachatada que siempre pasa al frente", a algunos, la situación les excitaba recuerdos: "¿te acordás, que mina era la rusa cuando entró? ¡Le perdonabas cualquier cosa!, hasta que sea rusa". Aquella tarde, Deborah,  sintió de golpe, ese calor menopáusico que ascendía desde el pecho, pasando por el cuello, ocupándole la totalidad del rostro. Con el sudor, asomó una lágrima, su gusto salado se introdujo en su boca para alcanzar la lengua. Tomó conciencia de que estaba llorando. ¿Cuánto tiempo hacía que no se permitía llorar?, tantos años que ya no recordaba. Los hombres, en sus manos, siempre fueron juguetes que sabía manipular con sus encantos.

En otros tiempos, un Director advenedizo no se hubiese atrevido a insinuar su expulsión, todo lo contrario, la elegiría su persona de confianza, su correveidile, su mujer orquesta. Al fin de cuentas, ella tenía un buen cuerpo y por lo demás, la ética y moral, eran dos palabras que no estaban en su diccionario. Solo ella sabía, que para conservar su puesto, más de una vez le tocó señalar gente, o ideas de otros, presentarlas en los informes como propias. Definitivamente, ética y moral eran sonidos de muy escasa intensidad.
En la toilette de una confitería, Deborah se enfrentó al espejo. Vio un rostro que intentaba abrirse paso, franqueando gruesas capas de maquillaje derretido, mezclado con rimel y lápiz labial. Con una toalla de papel, fue quitando ese mejunje, hasta que lo oculto se hizo evidente, ¡treinta años más! Descubrió que el esplendor murió y comprendió, que para volver a triunfar, solo le quedaba esa nueva figura y los recursos de Celestina.

Tuvo la seguridad, que esa imagen nueva no era una presencia momentánea como muchas otras, que junto a las relaciones públicas, llegaban y se esfumaban sin dejar siquiera una aureola. Esta vez no. Sin brillo y opaca sintió que iba a durar, suplantando a todas. No supo por qué, recordó a una vieja conocida que solía ejercer una especie de renovado psicoanálisis en la mesa de cualquier café: "para reponerse de las perdidas, hay que permitirse el luto, y este implica un proceso, una larga etapa con escollos que debemos transitar". Deborah percibió a su vida como un torbellino. Ella nunca se permitió lutos a pesar de ser consciente de muchas pérdidas.

                                                                    Eduardo Wolfson

lunes, 16 de junio de 2014

Pincelada de mis personajes

 Aurora

Otro personaje de la novela inédita
 “Comesandwich”

Se quedó arrinconada en la mesa con el vaso de whisky en la mano. Así  Aurora pasó horas para sorpresa de los habitué del bodegón de la calle Lavalle. Fue un mediodía invernal cerca del Palacio de tribunales. Se sentaba en la mesa que se juntaba con el mostrador. Para todos esa era la mesa de Aurora. Ella, apenas posaba su mirada sobre los otros.  Extraía de su cartera aquel libro, siempre el mismo, de páginas ajadas y amarillentas, separaba una rosa seca que le servía como señalador y se introducía en la lectura, sosteniendo el vaso de whisky.
Aurora era alta, o impresionaba serlo, tal vez por su pollera oscura, larga y recta, que acompañaba con una blusa blanca, siempre inmaculada. Mangas largas abrochadas y cuellito levantado, que se confundía con la piel de su rostro extremadamente pálida,  extraviada tal vez, en tiempos de románticas tísicas que se empeñaban en dejar una pequeña gota de sangre como un sello de identidad. Solo sus mejillas apenas rosadas, contrastaban con su presencia casi fantasmal.
Siempre la misma hora de llegada, la forma de abrir y leer  el mismo libro, señalado por la misma rosa. Siempre una extraña avidez, primero por pinzar sus dedos el vaso de whisky, y luego del primer sorbo, un desinteresado abandono de la copa sobre la mesa.
Cuando el mozo le servía la comida, Aurora cerraba el libro apretando la rosa y lo guardaba en el interior de su cartera. Era un maletín de cuero de cocodrilo, una solapa cerraba varias divisiones que aprisionaba una hebilla de bronce brillante. Comía delicadamente, los cubiertos se deslizaban sobre el plato, como suspendidos, totalmente ignorantes de la existencia de la Ley de gravedad. Más tarde, rutinariamente ella se levantaba, dejando en el vaso, dibujados sus labios con rouge y un poco de whisky. Sobre la mesa, depositaba el importe de lo consumido en forma exacta, y se retiraba.

Pero aquel día algo cambió. Aurora se quedó arrinconada en la mesa con el vaso en la mano. No hubo libro, no hubo rosa, no hubo lectura. Un solo trago dio con todo el whisky. Sus manos aprisionaban el vaso, la mirada perdida y el rostro desencajado. Lo habitual desapareció de golpe, aquella mujer se transformó en un dibujo inseguro, en un rezago olvidado en una liquidación barata.
                                                                                          Eduardo Wolfson