domingo, 10 de marzo de 2019

Seguro contra todo riesgo




Duca, nuevamente, me habla sobre la mística de la profesión. En esta oportunidad lo hace en privado. Comienza la conversación con una solicitud: “Ernesto, te propongo que nos despojemos de nuestras jerarquías, para poder sincerarnos como viejos amigos”. Sin esperar mi respuesta, noto que, ceremoniosamente, oculta sus pequeños ojos bajando los párpados. Por la nariz, apoyando su nuca sobre el respaldo del sillón, inhala aire. Al abrir la boca, emite un sonido corto y agudo. Componiendo un tono emocionado, lo escucho con voz aflautada armar la frase conocida: “Hay que plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo”. De golpe me mira, lo experimento estudiando mis gestos para conocer el impacto de su actuación. El teléfono interrumpe el examen. Duca atiende, a través del tubo da instrucciones estrictas, y corta. Toma un anotador, garabatea algo en él, y duda. Mientras me alcanza el papel que ha escrito, reproduce una de sus frases favoritas: “No olvides Ernesto, nosotros prestamos un servicio. Por eso, es proverbial estar presentes, en el momento que nuestro cliente atraviesa una situación difícil”.

Una vez más la calle. En mis manos, la dirección que anotó Duca. Otra vez colectivo, tren y colectivo. Camino varias cuadras, la muchedumbre se va haciendo menos densa, hasta desinflarse como un globo. También el paisaje se transforma. Desaparece el degradé de grises suburbano, brotando calles arboladas, tímidos jardines que advierten en sus fondos la presencia del chalet. El verde, impone su majestuosidad a la traza ciudadana cuando llego a las grandes quintas. Dos boxer desparramados, refugiados del sol debajo de la galería principal, parecen recordar de pronto como se ganan el alimento. Son un meteoro, ambos, se zambullen, ladrando, por un camino de lajas. Por suerte, la reja que nos separa, detiene a las bestias. Sus rostros lombrosianos permanecen, hasta que la mucama uniformada los llama a sosiego.
En la recepción, la muchacha desaparece. Me siento en un sillón frente al ventanal. Sobre la gran mesa ratona de mármol blanco apoyo el maletín. Me distraigo con un canillita en hierro negro, base de la lámpara, que ocupa el ángulo con la pared. No puedo eludir un inventario visual. En el centro del salón, una gran escultura de acrílico lila, propone, lo que ahora los arquitectos llaman división virtual. La zona del comedor es pintoresca. Sobre una alfombra peluda, decorado su perímetro con una guarda de arabescos, reposa una mesa majestuosa, cuyas patas lucen una multitud de incrustaciones doradas. Un gran cuadro sobre la pared principal, exhibe una perspectiva infinita de cubos, cuyas líneas yacen sobre un fondo disímil de colores pasteles. Otra alfombra, muy mullida, delimita la zona del living. En ella, descansa un grupo de sillones individuales de pana roja, todos respondiendo, a una visión del rey de la escena, el televisor. Detrás de su majestad, y fijada a la pared, en el descanso de la escalera, una pintura del Partenón. Pierdo de vista las columnas del monumento griego, el cuadro es ocultado por una figura humana. Marco A. Rinaldi, mi cliente, se detiene. Desde la altura otea el ambiente y me descubre. Continúa el descenso, un hilo de sol se posa en su pantalón náutico, casi al instante, el mismo hilo, me exhibe su calva lustrosa. Nos estrechamos las manos, dibujamos una sonrisa, y se deja admirar el cocodrilo cocido en su remera.

- ya nos van a traer un café –me dice- pero voy a ir al grano, así no te hago perder tiempo Ernesto.
- no se preocupe, siempre hay tiempo para un amigo, usted no es un simple cliente Rinaldi. –Sonrío mostrando todos los dientes, como me enseñó Duca-
Con tino esperamos el brebaje. Luego de aspirar el humo, convencido de que nada puede filtrarse, Rinaldi abandona el silencio:
-          Ayer, cuando mi esposa venía desde el centro hacia acá, cuatro tipos la interceptaron en la barrera. La amenazaron con una pistola, y la obligaron a conducir hasta un bosque cercano. Te la hago corta. Ahí la despojaron de unas pulseras, un collar de perlas naturales, un solitario, y además, se llevaron el auto estereo. La dejaron maniatada y desaparecieron.
-          ¿Hizo la denuncia policial?
Noto sus maseteros tensos, sobre la mesa, apoya sus puños cerrados
-          No, pasó ayer. Pensá que sería muy molesto para nosotros. Por una parte, la pérdida de tiempo que ocasionan todos esos interrogatorios. Al final de cuentas, no sirven para nada, porque jamás van a dar con los tipos. No creo necesario tener que ir a la policía, ustedes pueden arreglar las cosas sin ese requisito. Después de todo, hace muchos años que hago los seguros con tu compañía.
-          No, no se preocupe, no va a haber problema. –acentúo la sonrisa aprendida- Pero que momento feo debe haber pasado su señora con esos hijos de puta.
Rinaldi está incomodo, cruza sus piernas, me exhibe la suela de una de sus zapatillas deportivas
-          ¡Tenía un susto la pobre! Cuando llegó, no podía hablar. No es ningún placer que te apunten con una pistola, sin saber que quieren de vos. Ella me dijo, que en cierto momento, creyó que se trataba de un secuestro, y no es para pensar otra cosa, hoy por hoy, todos los días hay uno. Ya no hay ley ni justicia Ernesto, la gente no quiere trabajar y pretenden vivir con todos los lujos. Esto me afecta, cómo es lógico. Pero por otra parte estoy contento, porque, al final, no fue más que un robo.
Tiene dificultad para articular palabras
-          Y hace bien Rinaldi, fue una desgracia con suerte. Estos tipos no respetan ni a su madre. Por lo general, si se topan con una mujer atractiva como su esposa, seguro que la violan. Ellos no conocen nada de moral y buenas costumbres.
Su rostro pierde aplomo, una mueca de disgusto le tuerce la boca.
-          En ese sentido la respetaron, ni siquiera le dijeron una palabra ofensiva.
-          Realmente la sacó barata. ¿Se acuerda del caso de parque Chacabuco?
-          No.
-          Cinco tipos la violaron a ella en presencia de su esposo. ¿No se acuerda?. La policía los agarró con las manos en la masa. Uno de los de la banda, confesó que la mujer gozó con él. Si salió en todos los diarios. Fue un escándalo. El matrimonio terminó separándose y él, medio loco, se pegó un tiro. Parece que desarrolló una obsesión, como si todo el mundo lo tratara de cornudo.
-          Eso es tremendo. Voy a pedir otro café, y vamos a tomar un coñac, ¿no Ernesto?.
Su voz se ha transformado en silbido. Se levanta, siento que quiere escaparse
-          Rinaldi, sabe qué… A mi me parece mejor que haga la denuncia policial. Va a evitarle muchos inconvenientes. El pago del seguro caminaría mucho más rápido, sin tener que pedirle favores a nadie. Si los agarran a los tipos y los hacen confesar los robos, su esposa, más tarde, se evitaría interrogatorios extensos. Total…, no ha pasado nada que haya que ocultar ¿no es cierto?
-          No, nada, claro. Pero ellos mismos muchas veces distorsionan las declaraciones
La frase, es un denso titubeo confuso e incoherente
-          Es un riesgo que hay que correr
Como despedida, le dejo mi sonrisa Duca, estrecho su mano que transpira profusamente. Por el camino de lajas, los boxer ya no me ladran. Experimento que a mis espaldas, se quema un hogar
                   Eduardo Wolfson



martes, 14 de agosto de 2018

Fuera de temporada


El micro se detuvo en la madrugada, a ambos lados de la ruta se veía campo. No quedaban pasajeros, era el único. El chofer, una presencia fantasmal encogida de hombros. Descendí, me sostuve en el paisaje mientras el ómnibus se desdibujaba. Después llegó el silencio, calladito el silencio. Sin embargo, mudo me envolvía. Tuve ocasiones parecidas, pero en ellas el silencio traía un mensaje. Sin temor a equivocarme, estoy seguro que en esta oportunidad, él fue el mensaje. Caminé hacia el este, avancé por los surcos de un campo cosechado. Niebla y rocío me escoltaron. Pensaba que muy pronto, la mañana me toparía con los medanos, y luego llegaría el rugido del mar. Traté de recrear el paisaje estival que había conocido seis meses atrás, ansiaba reencontrarme con la piba que pasó días y noches junto a mí, a principios de ese año en la villa balnearia. No podía recordar su nombre. Inundado por el alcohol, las cosas que me importaban flotaban en el etilismo. Puede ser que no supiese su nombre, o que no me lo haya dicho.

 Convencido que el cambio de estación lo muda todo, creí posible rescatar aquella historia perdida, de la época que mi inconciente nadaba en un tonel de vino. Vana ilusión de un ebrio acariciándose con el delirium tremens. La calle principal de la villa me atacó vacía, sin embargo el viento marino abrazaba mi campera. Di varias vueltas al echarpe y descendí hasta mis orejas el gorro de lana.  

Me desplomé sobre una tarima de madera, balcón de una confitería cerrada. Casi derrotado pero sobrio, cosa que no tengo muy clara como ocurrió, ya que sucedió durante el mareo de la embriaguez, me acurruqué debajo del alero de la entrada. En posición fetal la descubrí, froté mis ojos miopes como tratando de sacar la trama cuadriculada que solo yo veo. Cruzando la avenida estaba, lucía el mismo jean que las tinieblas me permitían recordar y una cabellera lacia que cubría su espalda. Mis huesos entumecidos no respondían mis ordenes, las de enderezarme como un atleta por ejemplo, realizar una corrida y alcanzarla, mostrándole una sonrisa llena de dientes blancos, unos labios enrojecidos, brillosos por la humedad del paseo de la lengua, y la misma lengua recibida por su boca, deseosa de mi cuerpo. Mis huesos entumecidos, doloridos me desobedecieron, y sin fuerzas para colocarlos en su carril, me preparé para gritar su nombre, y entonces sí, ella correría hacia mí, apasionada, y me abrigaría en su aldea yerma. Pero recordé que no sabía su nombre, o que lo había olvidado. Recordé que no recordaba. No pude evitar entonces que un paquete de impotencia se coloque en mi garganta. Un velo marino se elevó desde la calle, parecían vagones deformes de tren huyendo hacia la salida del pueblo. La formación se convirtió en una frontera provisoria, distanciando mi visual del escaparate que ella miraba tan atenta. Al desaparecer la bruma solo pude volver a ver el escaparate vacío, ella se había marchado.

Tristeza y alegría me penetraron al unísono, una vez más la había perdido, cierto, pero tenía la certeza que caminaba por esas calles solitarias fuera de temporada. Como un ovillo, agazapado en el marco de la puerta y afiebrado cerré los ojos, creo que fueron segundos o años, la calentura no le daba permiso a mi razón para tener certezas. Cuando los abrí, creí que había retornado. Allí, junto al vidrio del escaparate me impactó parte de su espalda descubierta, lechosa, con algunas marcas casi tiza. Su pelo lacio convertido en rodete derivó de un pelirrojo cobrizo a un zanahoria. Sus piernas habían desaparecido en un par de borceguíes como los que se usan en la guerra. Una cuota de lucidez me llevó a preguntarme por lo sucedido entre el verano y este invierno. ¿Sería posible que una villa se suicidara? Temblando, no sé si por fiebre o por miedo, supe que ella conocía mi presencia, y que por eso siempre miraba la vidriera dándome la espalda. Sus cambios eran solo un juego para desorientarme, una piñata de cumpleaños desde la que arrojaba sus personalidades para agasajarme. Una copa me hubiese afirmado, el silencio me prohibió gemir, entre la petaca y yo se instaló el dolor. Mis ojos exigían una imagen límpida, pero la arenilla avanzaba sobre los médanos sin obstáculos, dueña de la villa sin hombres. No sé si fue distracción, pero ella desapareció una vez más y yo no me di cuenta. El escaparate quedó otra vez vacío. Me dije que el sueño no me vencería, sabía que iba a volver, y quería verla. Sin embargo sentí la tersura de su piel, aquellos baños desnudos en el mar, siguiendo el camino que nos marcaba la luna llena. El delirio no dejó que la viera llegar, pero ahí estaba junto al escaparate. Sabía que era ella, aunque un gorro de lana le cubría la cabeza. El vidrio jugaba como espejo, y mostró que la capucha no tenía orificio para los ojos. Su cuerpo desprovisto de prendas continuaba blanco y tiza.

El silencio se perpetuaba calladito y la enfermera con su índice y anular amordazaba mis labios. Una llovizna se agazapaba detrás, hasta que saqueó su cofia, entonces dejó de auxiliarme o secuestrarme, y corrió raudamente detrás del gorro blanco, o de la cruz roja. Era la misma que en la clínica me obligaba a formar fila, tomaba la pastilla y un velo negro me cubría.

Acalambrando mi pena llegó un espejismo que me cerraba la herida, un aire tibio me acarició permitiendo que me levantara. Entonces la busqué para alcanzarla, pero encontré el escaparate nuevamente vacío. Volví al sitio de observación a esperar su retorno, proponiéndome que ese tiempo, el que fuese, pasarlo con la ilusión de un feriado largo.
Sentado otra vez en el piso de madera, mascando sus astillas, solté una carcajada muda, alegrándome de la ausencia de gente, pensaba sobre todo en los turistas tan molestos y desconfiados, que por su propia frivolidad, me podían tomar por un secuestrador de vírgenes.

Era invierno, los vientos y las brisas paseaban a sus anchas por la villa, en cambio en verano, la Secretaría de Turismo los obliga a esquivar a los forasteros. Soy libre y a pesar de mi delirio pude ver al sol transformarse en una bola de fuego y desplomarse detrás de la ruta, convertido en píldora. El pobre astro deseaba llamar mi atención desconociendo que ese verano, junto a ella, nos sobrecogimos enamorados cuando caía una estrella. Me propuse esperar su regreso, aunque el viento deje frío y el saqueo sequía, y las siete trompetas del Apocalipsis no suenen por imperio del silencio de facto.

Mirando el escaparate vacío otra vez ella, sin jean, sin borceguíes, sin pelo lacio, sin capucha. Se presentaba calva y desnuda. Crucé para que no escape. Al querer reflejarme en sus ojos hallé dos cuencos vacíos insertos en el maniquí.
                                                                                              Eduardo Wolfson                   





sábado, 11 de agosto de 2018

Serie de unitarios

Décimo primer relato


De apoco, nos vamos acostumbrando a ganar la calle. Paladeamos como una gota de miel espesa la llegada de la democracia, la que nos dispara una bruma a los ojos para convertirse en lagrimón. Es el fin de una etapa de paso más lento que el cronológico. Una bestia prehistórica pisó y enterró a una sociedad victima, obligándome cotidianamente a publicarla como victimaria. La democracia en cambio es atlética, de paso ligero, el tiempo en ella huye como arena inasible. Yo continúo redactando versiones cambiadas, pero con otro signo. Gracias a la “democracia” oculto, que aparte del diario, ahora Boris es propietario de la papelera, de la AM y FM, y del canal de televisión. Pero el nuevo héroe es Antunez, aquel que sufrió el exilio, dejando en el diario una vacante que ocupé. Él maneja todos los medios, y habla con voz propia en contra de los ingleses, a favor de la patria recuperada. Insinúa las trapisondas de Del Castillo el ex de facto Intendente, del Almirante censor, del Obispo pedófilo,  de escribas serviles, de médicos inventores de partidas de nacimiento, todos huidos. También se abraza a las viejas de los grifos en sus rondas eternas, y enciende un discurso, recordando a los hijos que entregaron su vida por un mundo mejor. Sus finales resultan apoteóticos, todos con el mismo eslogan, “será justicia”. Al único que no nombra es a Boris, nuestro patrón.

Cruzando la plaza confiado. En el centro una murga se contonea con el ritmo de sus tambores, panderetas, platillos y redoblantes. Llenos de diversidad en sus disfraces, nos recuerdan que vivimos en democracia. Ocultos, en el entramado del caos de la comparsa, marchan oficiales con caras maquilladas, travestis de las fuerzas armadas. Luego de levantar vuelo algunas plumas de las muchachas del carnaval, aparecen en el aire las mariposas rasantes. Los que me rodean cambian sus gestos amargos, ahora son sonrisas que se vuelven risas, se abrazan y un canto chico nacido con vergüenza, se transforma en estruendo que ruge la multitud: “El pueblo unido jamás será vencido”

Así pasa la democracia, la del paso ligero. Los representantes elegidos polemizan en el concejo, que por algo es deliberante. El nuevo intendente viaja sin cesar a la capital provincial, y de ahí a la nacional. A veces puede endeudarse, a veces no lo dejan. Es un titiritero sin maestría, un hombre bueno, vecino conocido. Dialoga con la oposición y con sus correligionarios buscando el consenso. Lo principal para él es que la casa esté en orden, y se decide por los despidos. En el Palacio Municipal solo quedan los empleados antiguos, los que entraron en época de Del Castillo. En cada una de las bancas de concejales, el ujier, antes de iniciar la sesión coloca bandejas de plata conteniendo un sobre blanco. Para que haya orden en la casa, el que preside el salón de acuerdos toca la campana de partida, recién entonces cada concejal procede a guardar el sobre, en el bolsillo interno del traje los caballeros, y en sus carteras de diseño el cupo constitucional de damas.

Cruzando la plaza en democracia transgénica, advierto que el vuelo rasante de mariposas ha finalizado. Los ex empleados, por desacatados, son desalojados con balas de goma que dispara una nueva policía local, entrenada por el ruso, el tano y el gallego. Por una diagonal veo avanzar a Del Castillo, ahora secretario general de la asociación de sojeros y por la otra, a los hombres del glifosato. El encuentro es cordial, en la puerta principal se abrazan con el Intendente.

La nota, la titulo “El gran acuerdo”, y en la bajada, “Nuestro intendente electo ha prestado su conformidad. El municipio subsidiará al sector de la soja de  la región, presidido por el ex intendente de facto Del Castillo, a comprar el glifosato necesario para poner en valor y mercado cosechas esplendorosas. Luego de una recepción austera en el club social, el obispo bendijo en los campos a este nuevo revitalizador de cultivos.


Cruzando la plaza, el cielo se desploma, me refugio de un vuelo rasante de buitres, nuestra ciudad ha quedado fumigada.



sábado, 25 de marzo de 2017

Inconmovibles

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LA CONMEMORACIÓN INMORTAL                
Por Eduardo Wolfson


Mi nuevo propietario es petiso, pelado y chicato. No hablo con rencor, solo con el sabor ácido del desengaño. Lo conocí, departiendo con el encargado de la casa de remates. El movimiento constante de sus brazos manteniendo la conversación, daba cuenta de un temperamento firme. Recuerdo la transfiguración de su rostro cuando me descubrió. Sus ojos brillaron expresando el nacimiento del deseo. Su acompañante, advertido sobre el impacto que ejercí, comenzó a enumerar mis múltiples cualidades. El petiso era ansioso, interrumpió las alabanzas que me prodigaba el narrador de las exhibiciones, y acto seguido extendió un cheque que le entregó. Al rato, dos muchachones rescataron mi pudor con una hermosa funda, me subieron a un camión y me trasladaron hasta un trasatlántico. Cuando volvieron a desnudarme me encontré en este hermoso y vidriado rincón, rodeado por el sol. El petiso me observaba junto a una mujer en bata, y como tratando de convencerla, con énfasis exclamaba: “¿Decime si no es un ébano?”. Ella me circundaba sin decir palabra, mientras él proseguía como un encantador de serpientes “Esta belleza se merece una inauguración. Hablo de una gran fiesta, invitaremos a clientes, gerentes de empresas conocidas, los ceos más importantes, funcionarios políticos de primera línea, y un caballero de honor, un gran concertista”.

El contador propietario se deleitaba cargando mi espalda de billetes. Noté que la mujer en bata cruzó sus brazos, me echó una última mirada, y aprobó la idea del ágape para presentarme en sociedad, aclarando no entender, la presencia imprescindible de la música clásica que ellos odiaban.

A pesar de la comodidad que me rodeaba, pisando una alfombra persa, un espacio con vista a un jardín cuidado, la soledad me abrumaba. La poca gente que durante el día atravesaba el salón, me miraba a distancia, y mormuraba, algunos con fastidio, y otros con desenfado, dos palabras, “nuevos ricos”.

Mi propietario y propietaria, la señora de bata, eran muy aburridos. Sus conversaciones giraban alrededor de un solo tema, “Como provocar la envidia de los demás, proporcionalmente al progreso de su fortuna”.

Un día la mucama me acercó a un señor con barba candado y unos pequeños lentes sostenidos en la punta de su nariz. Cuando quedamos solos, el hombre extrajo un estetoscopio de su maletín, y lo posó en varias de mis partes más íntimas. Por la forma en que sus manos me tocaban, yo no sabía si se estaba propasando. Al fin se alejó exclamando la palabra “maravilloso”.

Al día siguiente, las instalaciones de mis propietarios rebozaban de invitados. Algunos traían cámaras fotográficas o filmadoras, la mayoría de las mujeres lucían envueltas en telas brillantes, los hombres vestían elegantes frac, y otros, esmoking. Yo era la novedad, la sorpresa, por lo tanto los organizadores, me cubrieron con un raso impactante que retiraron cuando llegó aquel hombre. Hubo aplausos, y luego, como respondiendo a un mandato, se recogieron en un silencio profundo. El recién llegado con tersura, paseó sus dedos por mis partes más voluminosas. Ignorando a los presentes comenzó a recorrer mi boca, lo hizo con tal dulzura que me excité. Todas las sensaciones de mi primer amor retornaban después de siglos, hasta recordé que lo llamaban Shopin.


A mis propietarios, el contador y la señora de bata, les encantó el éxito que produjo en los convidados su piano de cola. Hablaron sobre el acontecimiento muchos días antes de retirarse a descansar a sus respectivas cajas fuertes. FIN 

domingo, 12 de marzo de 2017

El cuento que te cuento, es cuento.



Si los de abajo se mueven…          Por Eduardo Wolfson


            “Que se vayan todos”, el griterío es infernal, las calles se convierten en recipientes estrechos atosigados de  pueblo. En el parlamento, los legisladores de todos los partidos, corren y cumplen las órdenes que transmiten los ordenanzas, quiénes a su vez, sin darse cuenta, asumen el papel de líderes naturales de aquellos representantes con voto y mandato. Entre todos, derechas e izquierdas, hombres y mujeres, altos, petisos, gordos y esqueletos tapian puertas, ventanales y claraboyas. Nadie responde al tañer incesante de la campana que  aletea el presidente de la bicameral, su potestad aplastada cae debajo del estrado, aferrado al badajo de su instrumento.

            “Que se vayan todos a la cárcel” la consigna se extiende en palabras y en volumen frente al palacio del ejecutivo nacional. Los granaderos de la puerta, inmóviles hasta ahí, divisan una multitud que atraviesa la plaza echando fuego sin antorchas. Tiemblan rasos, y rompen filas sin esperar al sumbo que vocea el ultimátum  dado a conocer por el oficial superior de la guardia. Huyen por pasillos hacia el interior buscando refugio y trepando palmeras. El presidente y sus ministros, reunidos en el salón de truco, se sienten huérfanos al desaparecer los mozos. Algunos plantean suspender el conciliábulo, aludiendo que sin whisky y sin servicio les falta la herramienta imprescindible para articular la medida necesaria que concrete positivamente futuros negocios con el Estado. “Mientras las cosas se arreglan hagamos retiro espiritual” opina el primer mandatario perspicaz.

            “Hay que comunicar la justicia en lenguaje popular” sostiene el presidente de la suprema corte, frente a jueces y fiscales en emergencia, en el interior del palacio de los tribunales. La policía, auxiliar de la justicia, se entera por TV en su casino, que la horda avanza. Valientes, deciden preparar su escape. Ni togas, ni uniformes sirven para pasar desapercibidos en la multitud. Consultan a los presos de la alcaldía, apelando a su experiencia para trazar la huída. Mientras conversan, un sargento se justifica: “Policía que huye sirve para otra policía”

            “Con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes” Las calles abarrotadas vibran intensamente, un redoble de tambores construye un contrapunto con las palpitaciones de la multitud. Ya es tarde para levantar los puentes, piensa el secretario general de la CGT, un enamorado de Maryl Streep.

             “Es imprescindible crear, establecer, fundar, instituir, instaurar, organizar, implantar, erigir e introducir la enciclopedia de la justicia popular”. El mandamás de la corte suprema habla con vehemencia. Mientras calla para respirar, un fiscal soliviantado se rebela: “¿El magistrado clama acaso por modificar, cambiar, variar, alterar, mudar, transformar, perturbar y diferenciar nuestra legislación para que la entiendan esos negros, que no son capaces de comprender que la democracia, todo lo que ha hecho fue por su bien?” Los ujieres y el notificador de faltas desalojan la sala a grito pelado. Unos pocos togados que se quejan reciben palmadas en la cola, y la amenaza fehaciente de quedarse sin el sandwich de mortadela para el refuerzo. La insipiente rebeldía se esfuma, profesionales y magistrados son colocados en pequeños cuartos, disimulan sus presencias cubiertos de expedientes, presos en tapas de cartulina. Por las puertas, a medio cerrar para evitar la asfixia, huyen miles de ratas.

            “Nuestros sueños no caben en sus urnas” dice, en el salón de truco, con voz apagada y medio gangosa el asesor ecuatoriano del presidente. Ministros y secretarios le prestan toda la atención: “Yo creo queridos hermanos, que ha llegado el momento de  extinguir, apagar, ahogar, oscurecer, liquidar, suprimir” La ministra de seguridad deja el sorbete del tinto y erizada interrumpe: “El asesor es un temerario, imprudente, irreflexivo, inconsiderado, malaconsejado, insensato, bizarro, lanzado”.  De golpe, las mesas de juego vuelan como los mejores integrantes de un ballet. “¿Será el pueblo?” pregunta la de seguridad. La mayoría, vomita al oír “¡pueblo!”. Tratan de encontrar refugio patinando sobre las salsas productos de las nauseas. “Es la sacudida, el Cataclismo, la hecatombe, acierta a pronosticar el Ministro de educación antes de caer cubierto en la bandera norteamericana.
Mientras tanto, el primer mandatario observa unas imágenes de Islas Vírgenes, y permanece íntimo, inseparable, intrínseco, esencial, subjetivo, introspectivo, recóndito, secreto, apartado, disimulado, furtivo, subrepticio, guardado, callado, impenetrable, insondable, ininteligible, inescrutable. En fin: “off short”. Como guardando una profunda meditación, El ministro de energía, acordándose de su inagotable mayo francés, guarda en el bolsillo un envido de 33 para decir: “Si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”. Falta un ápice, para que el ministro de trabajo rechace “Por falso, malicioso e improcedente” lo dicho por su colega combustible”. La puerta doble del salón se abre, recibe la entrada, “a paso marcial”, de los jefes de las tres fuerzas uniformadas. El de ejército tiene la voz cantante: “Señores, la asonada ha sido diezmada. Todo vuelve a la más absoluta normalidad. “Señores, ¡vuelve el fútbol!”.




viernes, 3 de febrero de 2017

Secretos de confesión

            Sigilo sacramental                          Por Eduardo Wolfson
           

            Eugenia Urruchua Marticorena de López, avanza como todas las mañanas hacia la iglesia, se desliza sin pecado sobre la vereda del café. A su paso, los devotos del templo de la bebida, brindan tributo a su belleza inasible. Las miradas convergen en las curvas armónicas de la mujer. Registro un respetuoso silencio, se desvanece el traqueteo de las fichas de dominó sobre las mesas, se apaga el rumor metálico de las cucharitas en las azucareras, desaparece el gorjeo de alguna ginebra caída en la copa, y hasta el zumbido persistente de una mosca, reconocida como la "inquilina".
            Manchego, habitué respetado de tanto gastar los codos en el estaño, murmura molesto: “para ella no acontecen los años, su perfección inmaculada, trasciende la efervescencia de su imperturbable atuendo negro, insoportable en este verano. Pero ella luce siempre fresca ¿Será por sus baños de agua bendita?”.
            Algunos sonríen, otros escarban por laberintos retorcidos, pasillos que les mantiene atrapada la memoria. Se esfuerzan por recrear en lo virtual a ese López, enganchado en la prosapia de apellidos de la viuda. “Si existió, el pobre López debe haber muerto en su noche de bodas al tomar contacto con esos pechos aristocráticos” –agrega Manchego rencoroso. Unos ríen, y otros fruncen los ceños enfadados, consideran que esas palabras faltan el respeto para con una familia fundacional. Sin embargo, se cuidan de hablar sobre el episodio, que el verano pasado, tuvo como protagonistas a la viuda y al Manchego, a la sombra del paraíso que entolda la entrada del bar. El hombre dopado con sangría, no pudo detener su mano derecha hasta posarse y pellizcar la nalga de Eugenia Urruchua Marticorena de López. Los ojos azules profundos de la mujer despreciaron la insolencia, sin desviar la vista de las baldosas, continuando su camino hasta la iglesia.
            La tertulia se divide en dos bandos.
            Uno de los conspicuos, zalamero de Manchego, avala su ironía: “López es un fraude, un invento, un remanente que la Eugenia acopló a la elegancia del Urruchua Marticorena, para legitimar a su hija y mantener la respetabilidad de sus apellidos”.

            La duda, parida esta mañana tórrida en el grupo, revolotea el avispero. Hay quien exige mesura en el debate: “es solo respeto religioso, dialoguen con cautela, no es este el sitio para hamacar con decoro a una integrante de una progenie tradicional en nuestra comunidad”. Fedor, el pintor de las casas elegantes del pueblo, reflexivo, deja la aceituna sin comer en el plato, roza la lengua sobre la espuma que fabrica la hesperidina con soda, y comenta a viva voz: “Ahora que lo pienso, cuando pinté la casa de los Marticorena, bajé de las paredes cristos y santos a montones, pero nunca lo bajé al López”. Los oyentes no atinan a continuar con sus acciones. José, el de la verdulería, contrario a la tropa de Manchego, manteniendo desafiante una ficha de dominó en lo alto, le advierte: “cómo vas a saber si lo bajaste o no lo bajaste al López, si nunca lo viste” “Tenés razón, nunca lo ví, pero conozco a los cristos y los santos”- retruca Fedor. “¿No bajaste retratos de parientes?” -Pregunta José. “Solo mujeres”-aclara Fedor, después de otro trago de hesperidina. Un halo de misterio los envuelve, la mayoría repasa la lengua por los labios sintiendo la garganta seca. Plácido, el mozo, cuenta los dedos que piden ginebra, y ducho de su bandeja, calcula si la distribución alcanzará con una sola vuelta.
            Fedor reaviva su relato: “Les digo que esa gente tendrá mucha alcurnia, pero los cristos, eran de la misma firma que los dos que tengo en casa”. “¿Y de que marca son esos cristos tan ilustres?”, pregunta José con burla. Fedor, sonríe sin mostrar los dientes, revelando para sí, “cayó el chivo en el lazo”. Responde recorriendo las pupilas brillosas del auditorio: “INRI”. Mis cristos y los de la Urruchua Marticorena de López, son “INRI”.  Con la respiración paralizada los feligreses cruzan miradas, y un segundo después, al unísono, estallan en carcajadas. Fedor, enrojecido por la rabia, los observa sin comprender. Manchego, apoyado en el mostrador, con otra pregunta, hecha un manto de piedad sobre la burrada de su prosélito y apaga las risas: “si solo hay mujeres, ¿cómo hicieron para la descendencia?”. El interrogante aprieta como una mordaza todas las bocas, y el bar toma el aspecto de un campo santo.
            Manchego coloca la boina junto a su copa, y enfrenta a la concurrencia. Su lengua pesada, arrastra vocablos recriminatorios:”No se puede hablar livianamente de las familias fundadoras de este pueblo. Es idiota el que con un solo dato construye una historia falsa y perversa  en su cabeza. ¡Carajo!, que son maricas, chupa culos, eso son”. El improperio toca a todos, Manchego cierra el puño. El ultraje sonoro, armado con el volumen de su paladar abovedado, y su nueva postura, medio cuerpo sobre el mostrador, el rostro inflamado, los ojos cerrados, y un ronquido potente, nos convence a los presentes que su cultura alcohólica falla. El tema no concluye, pero queda más disperso, ceñido a cada una de las mesas. Las voces, también se vuelven menos audibles, restringidas al ámbito particular de oyentes.
            Esquilo y Ulises, ocupan la mesa de billar.  Esquilo en una esquina reproduce carambolas imperceptibles. Ulises se aburre, sacude el tedio marcando en el contador los puntos, y lanza una pregunta contaminada por un soplo de tiza, destruyendo la concentración de su adversario: “La vieja Eugenia ¿tiene una hija?” Esquilo confirma con la cabeza, sin quitar la vista del paño verde. “¿Y es chupa cirio como la madre?”, insiste Ulises. Esquilo se encoge de hombros, pifia el tiro. Lleno de bronca golpea el taco en el borde de la mesa: “No se puede masticar chicle y bajar la escalera al mismo tiempo”, y agrega: “La hija está fuerte como la madre, y es cierto que no se les conoce descendencia masculina”.
Los muchachos abandonan sus tacos y cruzan una barrera de humo, para ocupar una mesa junto a la ventana. Refrescan la garganta con un trago de cerveza, dejándose los labios maquillados con la espuma blanca. Ulises pone cara de acertijo “O sea, que la madre es Eugenia Urruchua Marticorena de López y la hija, Augusta López Urruchua Marticorena, siempre teniendo en cuenta que el López simboliza la paternidad”. Esquilo aclara:”López, un apellido tan poca cosa es el poder invisible, vigilando en los extremos al linaje Urruchua Marticorena”.
            La presencia imprevista del párroco funciona como un mandato. Todos callan. La visita inesperada se acerca al mostrador, secándose con un pañuelo las líneas de agua, que profusamente corren por el cuello entre el fin de su cabellera y el comienzo de la sotana. Plácido le acerca una ginebra con hielo, y se queda a su lado previendo un próximo pedido. Con un “los espero a todos, el domingo en misa” se despide. A coro, los presentes gritan “hasta el domingo Padre López”.
                            FIN  



lunes, 12 de diciembre de 2016

REMEMBRANZAS

Los porta retratos




             El sol separa las luces y las sombras de la manzana. Del otro lado, en la calle paralela, la arboleda se agita suave, verde, resplandece molesta encandilándolo en su fronda. Los lentes sucios, sus ojos irritados, lo obligan a agachar su horizonte. Con el índice y el pulgar, a cada lado de la nariz, refriega la picazón que aguijonea entre sus pestañas. La visión tan corta no puede dar crédito a la imagen difusa, será el espectro de una mujer se pregunta. A esta altura, distintas densidades avanzan juntas por la calle paralela. Mientras, su rostro construye un camino de arrugas, son como surcos labrados en una escultura de piedra. Hasta ahora camina lento por la plaza. Por culpa del rictus, su dentadura superior postiza se refresca a la intemperie. Se deja caer en un banco de madera, usa la mano como palanca con punto de apoyo en el respaldo. Se desplaza a lo largo hasta quedar completamente extendido. Casi sin sentido, advierte que su cabeza descansa sobre la falda de la mujer, la misma que le ofreció un té laxante a la salida de la pensión, y que él rechazó. La pensión, aguantadero, tugurio, términos sistemáticamente degradados que incorporó a su léxico para amortiguar el choque con la certeza del final. Aquel individuo que lo llamaba compañero, todo lo que hizo al fin es depositarlo en aquel espacio maloliente. Una cama desvencijada, un ropero de una hoja y sin espejo, y cuatro paredes, con una mixtura de pinturas y papeles, pretendiendo detener la humedad. Sin ventanas, solo una puerta angosta sosteniendo una claraboya, que muy de vez en cuando era penetrada por un rayo escuálido de sol, abanicado y acabado en la cabecera de la cama fundando líneas, que junto a la imaginación del que la padeciese, implantaba una figura.  Él, que si de algo se había jactado, era de su
agnosticismo, en ese sitio vio a la virgen.
Su vida se catequizaba en el efecto multiplicador de un cúmulo de ausencias que lo acompañaban transparentes por espacios verdes. En el hospedaje, sus ausencias eran presencias en una fila de porta retratos compartiendo el espacio estrecho. Cada anochecer Iluminaba el cuchitril con una lámpara enmarcada en telarañas, que por impotencia ofendían la intensidad casi nula de su luz. La ceremonia rutinaria, casi religiosa, consistía en pasar una franela desempolvando los vidrios que amparaban las imágenes cronológicas de amigos, novias, compañeros de lucha, y por fin, su árbol genealógico. Luego repasaba bajo la escasa luz y su poca vista, una por una las fotos. Sus ojos secos le impedían la lágrima y le inducían ardor. A la última noche, tuvo la certeza que un socavón minero la penetraba. Al día siguiente, la casera acompañó a los obreros municipales hasta el cuartucho. En el interior del cajón claveteado y sin cepillar, colocaron cuidadosamente los porta retratos. No hallaron cadáver. La mujer se asombró cuando depositaron el último, su inquilino desaparecido sonreía.
                                                                                  Eduardo Wolfson