sábado, 25 de marzo de 2017

Inconmovibles

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LA CONMEMORACIÓN INMORTAL                
Por Eduardo Wolfson


Mi nuevo propietario es petiso, pelado y chicato. No hablo con rencor, solo con el sabor ácido del desengaño. Lo conocí, departiendo con el encargado de la casa de remates. El movimiento constante de sus brazos manteniendo la conversación, daba cuenta de un temperamento firme. Recuerdo la transfiguración de su rostro cuando me descubrió. Sus ojos brillaron expresando el nacimiento del deseo. Su acompañante, advertido sobre el impacto que ejercí, comenzó a enumerar mis múltiples cualidades. El petiso era ansioso, interrumpió las alabanzas que me prodigaba el narrador de las exhibiciones, y acto seguido extendió un cheque que le entregó. Al rato, dos muchachones rescataron mi pudor con una hermosa funda, me subieron a un camión y me trasladaron hasta un trasatlántico. Cuando volvieron a desnudarme me encontré en este hermoso y vidriado rincón, rodeado por el sol. El petiso me observaba junto a una mujer en bata, y como tratando de convencerla, con énfasis exclamaba: “¿Decime si no es un ébano?”. Ella me circundaba sin decir palabra, mientras él proseguía como un encantador de serpientes “Esta belleza se merece una inauguración. Hablo de una gran fiesta, invitaremos a clientes, gerentes de empresas conocidas, los ceos más importantes, funcionarios políticos de primera línea, y un caballero de honor, un gran concertista”.

El contador propietario se deleitaba cargando mi espalda de billetes. Noté que la mujer en bata cruzó sus brazos, me echó una última mirada, y aprobó la idea del ágape para presentarme en sociedad, aclarando no entender, la presencia imprescindible de la música clásica que ellos odiaban.

A pesar de la comodidad que me rodeaba, pisando una alfombra persa, un espacio con vista a un jardín cuidado, la soledad me abrumaba. La poca gente que durante el día atravesaba el salón, me miraba a distancia, y mormuraba, algunos con fastidio, y otros con desenfado, dos palabras, “nuevos ricos”.

Mi propietario y propietaria, la señora de bata, eran muy aburridos. Sus conversaciones giraban alrededor de un solo tema, “Como provocar la envidia de los demás, proporcionalmente al progreso de su fortuna”.

Un día la mucama me acercó a un señor con barba candado y unos pequeños lentes sostenidos en la punta de su nariz. Cuando quedamos solos, el hombre extrajo un estetoscopio de su maletín, y lo posó en varias de mis partes más íntimas. Por la forma en que sus manos me tocaban, yo no sabía si se estaba propasando. Al fin se alejó exclamando la palabra “maravilloso”.

Al día siguiente, las instalaciones de mis propietarios rebozaban de invitados. Algunos traían cámaras fotográficas o filmadoras, la mayoría de las mujeres lucían envueltas en telas brillantes, los hombres vestían elegantes frac, y otros, esmoking. Yo era la novedad, la sorpresa, por lo tanto los organizadores, me cubrieron con un raso impactante que retiraron cuando llegó aquel hombre. Hubo aplausos, y luego, como respondiendo a un mandato, se recogieron en un silencio profundo. El recién llegado con tersura, paseó sus dedos por mis partes más voluminosas. Ignorando a los presentes comenzó a recorrer mi boca, lo hizo con tal dulzura que me excité. Todas las sensaciones de mi primer amor retornaban después de siglos, hasta recordé que lo llamaban Shopin.


A mis propietarios, el contador y la señora de bata, les encantó el éxito que produjo en los convidados su piano de cola. Hablaron sobre el acontecimiento muchos días antes de retirarse a descansar a sus respectivas cajas fuertes. FIN 

domingo, 12 de marzo de 2017

El cuento que te cuento, es cuento.



Si los de abajo se mueven…          Por Eduardo Wolfson


            “Que se vayan todos”, el griterío es infernal, las calles se convierten en recipientes estrechos atosigados de  pueblo. En el parlamento, los legisladores de todos los partidos, corren y cumplen las órdenes que transmiten los ordenanzas, quiénes a su vez, sin darse cuenta, asumen el papel de líderes naturales de aquellos representantes con voto y mandato. Entre todos, derechas e izquierdas, hombres y mujeres, altos, petisos, gordos y esqueletos tapian puertas, ventanales y claraboyas. Nadie responde al tañer incesante de la campana que  aletea el presidente de la bicameral, su potestad aplastada cae debajo del estrado, aferrado al badajo de su instrumento.

            “Que se vayan todos a la cárcel” la consigna se extiende en palabras y en volumen frente al palacio del ejecutivo nacional. Los granaderos de la puerta, inmóviles hasta ahí, divisan una multitud que atraviesa la plaza echando fuego sin antorchas. Tiemblan rasos, y rompen filas sin esperar al sumbo que vocea el ultimátum  dado a conocer por el oficial superior de la guardia. Huyen por pasillos hacia el interior buscando refugio y trepando palmeras. El presidente y sus ministros, reunidos en el salón de truco, se sienten huérfanos al desaparecer los mozos. Algunos plantean suspender el conciliábulo, aludiendo que sin whisky y sin servicio les falta la herramienta imprescindible para articular la medida necesaria que concrete positivamente futuros negocios con el Estado. “Mientras las cosas se arreglan hagamos retiro espiritual” opina el primer mandatario perspicaz.

            “Hay que comunicar la justicia en lenguaje popular” sostiene el presidente de la suprema corte, frente a jueces y fiscales en emergencia, en el interior del palacio de los tribunales. La policía, auxiliar de la justicia, se entera por TV en su casino, que la horda avanza. Valientes, deciden preparar su escape. Ni togas, ni uniformes sirven para pasar desapercibidos en la multitud. Consultan a los presos de la alcaldía, apelando a su experiencia para trazar la huída. Mientras conversan, un sargento se justifica: “Policía que huye sirve para otra policía”

            “Con los dirigentes a la cabeza o con la cabeza de los dirigentes” Las calles abarrotadas vibran intensamente, un redoble de tambores construye un contrapunto con las palpitaciones de la multitud. Ya es tarde para levantar los puentes, piensa el secretario general de la CGT, un enamorado de Maryl Streep.

             “Es imprescindible crear, establecer, fundar, instituir, instaurar, organizar, implantar, erigir e introducir la enciclopedia de la justicia popular”. El mandamás de la corte suprema habla con vehemencia. Mientras calla para respirar, un fiscal soliviantado se rebela: “¿El magistrado clama acaso por modificar, cambiar, variar, alterar, mudar, transformar, perturbar y diferenciar nuestra legislación para que la entiendan esos negros, que no son capaces de comprender que la democracia, todo lo que ha hecho fue por su bien?” Los ujieres y el notificador de faltas desalojan la sala a grito pelado. Unos pocos togados que se quejan reciben palmadas en la cola, y la amenaza fehaciente de quedarse sin el sandwich de mortadela para el refuerzo. La insipiente rebeldía se esfuma, profesionales y magistrados son colocados en pequeños cuartos, disimulan sus presencias cubiertos de expedientes, presos en tapas de cartulina. Por las puertas, a medio cerrar para evitar la asfixia, huyen miles de ratas.

            “Nuestros sueños no caben en sus urnas” dice, en el salón de truco, con voz apagada y medio gangosa el asesor ecuatoriano del presidente. Ministros y secretarios le prestan toda la atención: “Yo creo queridos hermanos, que ha llegado el momento de  extinguir, apagar, ahogar, oscurecer, liquidar, suprimir” La ministra de seguridad deja el sorbete del tinto y erizada interrumpe: “El asesor es un temerario, imprudente, irreflexivo, inconsiderado, malaconsejado, insensato, bizarro, lanzado”.  De golpe, las mesas de juego vuelan como los mejores integrantes de un ballet. “¿Será el pueblo?” pregunta la de seguridad. La mayoría, vomita al oír “¡pueblo!”. Tratan de encontrar refugio patinando sobre las salsas productos de las nauseas. “Es la sacudida, el Cataclismo, la hecatombe, acierta a pronosticar el Ministro de educación antes de caer cubierto en la bandera norteamericana.
Mientras tanto, el primer mandatario observa unas imágenes de Islas Vírgenes, y permanece íntimo, inseparable, intrínseco, esencial, subjetivo, introspectivo, recóndito, secreto, apartado, disimulado, furtivo, subrepticio, guardado, callado, impenetrable, insondable, ininteligible, inescrutable. En fin: “off short”. Como guardando una profunda meditación, El ministro de energía, acordándose de su inagotable mayo francés, guarda en el bolsillo un envido de 33 para decir: “Si no nos dejan soñar, no los dejaremos dormir”. Falta un ápice, para que el ministro de trabajo rechace “Por falso, malicioso e improcedente” lo dicho por su colega combustible”. La puerta doble del salón se abre, recibe la entrada, “a paso marcial”, de los jefes de las tres fuerzas uniformadas. El de ejército tiene la voz cantante: “Señores, la asonada ha sido diezmada. Todo vuelve a la más absoluta normalidad. “Señores, ¡vuelve el fútbol!”.




viernes, 3 de febrero de 2017

Secretos de confesión

            Sigilo sacramental                          Por Eduardo Wolfson
           

            Eugenia Urruchua Marticorena de López, avanza como todas las mañanas hacia la iglesia, se desliza sin pecado sobre la vereda del café. A su paso, los devotos del templo de la bebida, brindan tributo a su belleza inasible. Las miradas convergen en las curvas armónicas de la mujer. Registro un respetuoso silencio, se desvanece el traqueteo de las fichas de dominó sobre las mesas, se apaga el rumor metálico de las cucharitas en las azucareras, desaparece el gorjeo de alguna ginebra caída en la copa, y hasta el zumbido persistente de una mosca, reconocida como la "inquilina".
            Manchego, habitué respetado de tanto gastar los codos en el estaño, murmura molesto: “para ella no acontecen los años, su perfección inmaculada, trasciende la efervescencia de su imperturbable atuendo negro, insoportable en este verano. Pero ella luce siempre fresca ¿Será por sus baños de agua bendita?”.
            Algunos sonríen, otros escarban por laberintos retorcidos, pasillos que les mantiene atrapada la memoria. Se esfuerzan por recrear en lo virtual a ese López, enganchado en la prosapia de apellidos de la viuda. “Si existió, el pobre López debe haber muerto en su noche de bodas al tomar contacto con esos pechos aristocráticos” –agrega Manchego rencoroso. Unos ríen, y otros fruncen los ceños enfadados, consideran que esas palabras faltan el respeto para con una familia fundacional. Sin embargo, se cuidan de hablar sobre el episodio, que el verano pasado, tuvo como protagonistas a la viuda y al Manchego, a la sombra del paraíso que entolda la entrada del bar. El hombre dopado con sangría, no pudo detener su mano derecha hasta posarse y pellizcar la nalga de Eugenia Urruchua Marticorena de López. Los ojos azules profundos de la mujer despreciaron la insolencia, sin desviar la vista de las baldosas, continuando su camino hasta la iglesia.
            La tertulia se divide en dos bandos.
            Uno de los conspicuos, zalamero de Manchego, avala su ironía: “López es un fraude, un invento, un remanente que la Eugenia acopló a la elegancia del Urruchua Marticorena, para legitimar a su hija y mantener la respetabilidad de sus apellidos”.

            La duda, parida esta mañana tórrida en el grupo, revolotea el avispero. Hay quien exige mesura en el debate: “es solo respeto religioso, dialoguen con cautela, no es este el sitio para hamacar con decoro a una integrante de una progenie tradicional en nuestra comunidad”. Fedor, el pintor de las casas elegantes del pueblo, reflexivo, deja la aceituna sin comer en el plato, roza la lengua sobre la espuma que fabrica la hesperidina con soda, y comenta a viva voz: “Ahora que lo pienso, cuando pinté la casa de los Marticorena, bajé de las paredes cristos y santos a montones, pero nunca lo bajé al López”. Los oyentes no atinan a continuar con sus acciones. José, el de la verdulería, contrario a la tropa de Manchego, manteniendo desafiante una ficha de dominó en lo alto, le advierte: “cómo vas a saber si lo bajaste o no lo bajaste al López, si nunca lo viste” “Tenés razón, nunca lo ví, pero conozco a los cristos y los santos”- retruca Fedor. “¿No bajaste retratos de parientes?” -Pregunta José. “Solo mujeres”-aclara Fedor, después de otro trago de hesperidina. Un halo de misterio los envuelve, la mayoría repasa la lengua por los labios sintiendo la garganta seca. Plácido, el mozo, cuenta los dedos que piden ginebra, y ducho de su bandeja, calcula si la distribución alcanzará con una sola vuelta.
            Fedor reaviva su relato: “Les digo que esa gente tendrá mucha alcurnia, pero los cristos, eran de la misma firma que los dos que tengo en casa”. “¿Y de que marca son esos cristos tan ilustres?”, pregunta José con burla. Fedor, sonríe sin mostrar los dientes, revelando para sí, “cayó el chivo en el lazo”. Responde recorriendo las pupilas brillosas del auditorio: “INRI”. Mis cristos y los de la Urruchua Marticorena de López, son “INRI”.  Con la respiración paralizada los feligreses cruzan miradas, y un segundo después, al unísono, estallan en carcajadas. Fedor, enrojecido por la rabia, los observa sin comprender. Manchego, apoyado en el mostrador, con otra pregunta, hecha un manto de piedad sobre la burrada de su prosélito y apaga las risas: “si solo hay mujeres, ¿cómo hicieron para la descendencia?”. El interrogante aprieta como una mordaza todas las bocas, y el bar toma el aspecto de un campo santo.
            Manchego coloca la boina junto a su copa, y enfrenta a la concurrencia. Su lengua pesada, arrastra vocablos recriminatorios:”No se puede hablar livianamente de las familias fundadoras de este pueblo. Es idiota el que con un solo dato construye una historia falsa y perversa  en su cabeza. ¡Carajo!, que son maricas, chupa culos, eso son”. El improperio toca a todos, Manchego cierra el puño. El ultraje sonoro, armado con el volumen de su paladar abovedado, y su nueva postura, medio cuerpo sobre el mostrador, el rostro inflamado, los ojos cerrados, y un ronquido potente, nos convence a los presentes que su cultura alcohólica falla. El tema no concluye, pero queda más disperso, ceñido a cada una de las mesas. Las voces, también se vuelven menos audibles, restringidas al ámbito particular de oyentes.
            Esquilo y Ulises, ocupan la mesa de billar.  Esquilo en una esquina reproduce carambolas imperceptibles. Ulises se aburre, sacude el tedio marcando en el contador los puntos, y lanza una pregunta contaminada por un soplo de tiza, destruyendo la concentración de su adversario: “La vieja Eugenia ¿tiene una hija?” Esquilo confirma con la cabeza, sin quitar la vista del paño verde. “¿Y es chupa cirio como la madre?”, insiste Ulises. Esquilo se encoge de hombros, pifia el tiro. Lleno de bronca golpea el taco en el borde de la mesa: “No se puede masticar chicle y bajar la escalera al mismo tiempo”, y agrega: “La hija está fuerte como la madre, y es cierto que no se les conoce descendencia masculina”.
Los muchachos abandonan sus tacos y cruzan una barrera de humo, para ocupar una mesa junto a la ventana. Refrescan la garganta con un trago de cerveza, dejándose los labios maquillados con la espuma blanca. Ulises pone cara de acertijo “O sea, que la madre es Eugenia Urruchua Marticorena de López y la hija, Augusta López Urruchua Marticorena, siempre teniendo en cuenta que el López simboliza la paternidad”. Esquilo aclara:”López, un apellido tan poca cosa es el poder invisible, vigilando en los extremos al linaje Urruchua Marticorena”.
            La presencia imprevista del párroco funciona como un mandato. Todos callan. La visita inesperada se acerca al mostrador, secándose con un pañuelo las líneas de agua, que profusamente corren por el cuello entre el fin de su cabellera y el comienzo de la sotana. Plácido le acerca una ginebra con hielo, y se queda a su lado previendo un próximo pedido. Con un “los espero a todos, el domingo en misa” se despide. A coro, los presentes gritan “hasta el domingo Padre López”.
                            FIN  



lunes, 12 de diciembre de 2016

REMEMBRANZAS

Los porta retratos




             El sol separa las luces y las sombras de la manzana. Del otro lado, en la calle paralela, la arboleda se agita suave, verde, resplandece molesta encandilándolo en su fronda. Los lentes sucios, sus ojos irritados, lo obligan a agachar su horizonte. Con el índice y el pulgar, a cada lado de la nariz, refriega la picazón que aguijonea entre sus pestañas. La visión tan corta no puede dar crédito a la imagen difusa, será el espectro de una mujer se pregunta. A esta altura, distintas densidades avanzan juntas por la calle paralela. Mientras, su rostro construye un camino de arrugas, son como surcos labrados en una escultura de piedra. Hasta ahora camina lento por la plaza. Por culpa del rictus, su dentadura superior postiza se refresca a la intemperie. Se deja caer en un banco de madera, usa la mano como palanca con punto de apoyo en el respaldo. Se desplaza a lo largo hasta quedar completamente extendido. Casi sin sentido, advierte que su cabeza descansa sobre la falda de la mujer, la misma que le ofreció un té laxante a la salida de la pensión, y que él rechazó. La pensión, aguantadero, tugurio, términos sistemáticamente degradados que incorporó a su léxico para amortiguar el choque con la certeza del final. Aquel individuo que lo llamaba compañero, todo lo que hizo al fin es depositarlo en aquel espacio maloliente. Una cama desvencijada, un ropero de una hoja y sin espejo, y cuatro paredes, con una mixtura de pinturas y papeles, pretendiendo detener la humedad. Sin ventanas, solo una puerta angosta sosteniendo una claraboya, que muy de vez en cuando era penetrada por un rayo escuálido de sol, abanicado y acabado en la cabecera de la cama fundando líneas, que junto a la imaginación del que la padeciese, implantaba una figura.  Él, que si de algo se había jactado, era de su
agnosticismo, en ese sitio vio a la virgen.
Su vida se catequizaba en el efecto multiplicador de un cúmulo de ausencias que lo acompañaban transparentes por espacios verdes. En el hospedaje, sus ausencias eran presencias en una fila de porta retratos compartiendo el espacio estrecho. Cada anochecer Iluminaba el cuchitril con una lámpara enmarcada en telarañas, que por impotencia ofendían la intensidad casi nula de su luz. La ceremonia rutinaria, casi religiosa, consistía en pasar una franela desempolvando los vidrios que amparaban las imágenes cronológicas de amigos, novias, compañeros de lucha, y por fin, su árbol genealógico. Luego repasaba bajo la escasa luz y su poca vista, una por una las fotos. Sus ojos secos le impedían la lágrima y le inducían ardor. A la última noche, tuvo la certeza que un socavón minero la penetraba. Al día siguiente, la casera acompañó a los obreros municipales hasta el cuartucho. En el interior del cajón claveteado y sin cepillar, colocaron cuidadosamente los porta retratos. No hallaron cadáver. La mujer se asombró cuando depositaron el último, su inquilino desaparecido sonreía.
                                                                                  Eduardo Wolfson



domingo, 4 de diciembre de 2016

Remembranzas

Un gran lagarto verde                                      Por Eduardo Wolfson

            
                                   
 El avión comienza el aterrizaje, la azafata nos indica la temperatura en el aeropuerto José Martí. Me descubro llorando, entre lagrimones diviso la pista. Carreteamos, todos aplauden, yo no puedo. Experimento a mi cuerpo convertido en ovillo, tal vez, producto de la vergüenza que siento por el llanto. El mandato estúpido de mi infancia todavía intenta gobernarme: “los hombres no lloran”. Lo mando al demonio, y con él, esta carga de siempre cuidarme del ridículo. El aparato se va deteniendo, una pequeña ventana, me separa de los primeros hombres que veo en tierra. Tengo 43 años, apenas falta una década para que termine el siglo. Aún no estoy seguro que esto me esté pasando, quizá, solo se trate del mismo sueño, que en sustancia repito desde hace 30 años. Dos azafatas, paradas en la puerta de salida, nos despiden con una sonrisa aerocomercial. Sobre la escalera, una brisa cálida me pega. Poco a poco, mi ser bebe por sorbos el encuentro con el gran lagarto verde de Guillén. Cada escalón que desciendo, me retrotrae a episodios de mi vida. Los saqueos del 89, “la casa está en orden del 87”, las esperanzas democráticas del 83, el desarraigo, el exilio interno, el silencio y la muerte del 76, la decepción y la bronca del 74, la algarabía joven de un espejismo de 30 días, en el 73. Lo veo a Fidel comiendo un choripán en la costanera, y escucho una voz engolada diciendo por la radio Colonia de los 60: “Cuba, la perla de la Antillas, hoy convertida en el infierno de América”. Y aquí estoy, en este 1990, apoyando mis pies en esta pista de aviación, y llorando no solo mí llanto. En este momento, mi cuerpo es el desborde de muchos que quedaron en el camino, sobre todo del Gato, amigo entrañable, con el que planeamos muchas veces recorrer América, para poder llegar a esta tierra libre. En el 85 nos dijo chau. A mi lado, tengo la impresión que una mujer se está cayendo, pero no, se arrodilla sobre la pista y la besa. No se por qué, evoco cuatro líneas que conozco de un verso de Martí. “mi verso es como un puñal / que por mi puño echa flor /mi verso es un surtidor / que da un agua de coral”. 

miércoles, 16 de noviembre de 2016

            ¿La despedida?                                            Eduardo Wolfson

            Tomé el camperón relleno con pluma de ganso, lo inspeccioné. Por fin lo encontré en el bolsillo secreto más grande, ese con dos cierres reforzados y solapa. Lo acaricié sin lastimarlo. En el micro, la calefacción atosigante, me obligó a dejar el abrigo junto al bolso en el portaequipajes superior.
            El viaje, Buenos Aires Ushuaia, interminable. Me propuse protegerlo con mis manos en todo el trayecto, ni siquiera me desprendería cuando la azafata sirviera la cena. Resistí, delante de los otros pasajeros totalmente desconocidos, por temor a que alguien me lo quite en alguna distracción por causa del paisaje, o una frenada brusca, o segundos de somnolencia.
            Con mis palmas formé una cunita en la que iba súper cómodo, abrigado y protegido. En la estación de Ushuaia tomé un taxi, puedo jurar que llevaba el camperón puesto, el frío intenso de junio no me permitía otra cosa. Recuerdo que tomé la precaución de cerrar el medio centímetro de ventilación. En el hotel tomé una habitación, observé minuciosamente el sitio sin encontrar nada que lo haga sospechoso. No había cámaras y tampoco parlantes adheridos a los tabiques. Convencida, me quité la campera, y lo extraje  del bolsillo, lucía resplandeciente, como el primer día.
Volví a acariciarlo y me despedí.
            En el hall algunos grupos de huéspedes esperaban la apertura del comedor para cenar.
            Al regreso, la sorpresa fue mayúscula, sentí a mi corazón latir desproporcionadamente, él no estaba. Creo que intenté pedir auxilio, sé que un desmayo me dejó fuera de juego. Recuperé la conciencia en el sillón de dos cuerpos de la entrada. Me vi rodeada por gente ruda que abanicaba con revistas mi rostro. Al notarme despierta, comenzaron las preguntas: “¿Fue mucho dinero lo que le robaron?” Yo no hablaba, solo respuestas negativas de cabeza. “¿Tal vez un recuerdo de mucho valor?” Yo continuaba negando. Vi a un policía salir del cuarto, se acercó y me dijo: “No hay ningún equipaje que aparezca violado, ¿usted está segura que lo que le robaron estaba allí?”
            Esta vez contesté afirmando, pero siempre muda. A su pedido, lo acompañé hasta el destacamento para llenar las formulas de practica. La situación inesperada me desestabilizó y no pude ocultarle al escribiente dos lagrimones que surcaron mis mejillas. Tuve que deletrearle varias veces mi apellido, mi origen y edad. Cuando preguntó por lo robado respondí naturalmente: “mi amor”. El uniformado detuvo el tecleado de la lexicon y me miró por primera vez. Al final volvió al interrogatorio:
-¿Tenía mucho valor?
Sentí que el corazón se me estrujaba, aquella interrogación en pasado, me llevó a imaginar el más cruel de los desenlaces. El hombre, me ofreció un vaso de agua. Tomé dos sorbos aliviando un fuerte dolor que me atravesaba la boca del estomago hasta la columna vertebral. Corriendo el carro de la máquina de escribir preguntó: “¿pesaba mucho?”
            Otra vez hablaba en pasado. Sacada de quicio separé sus manos del teclado y grité: -¡Pesa mucho! Y volví a repetir: -¡Pesa mucho! Entiende.
Sin fuerzas y confundida, caí nuevamente en la silla. El policía pidió que me tranquilizara y que trate de colaborar con él contestando sus preguntas.
-¿Sospecha de algún huésped del hotel?
- De ninguno en particular.
- pudo haber escapado mientras usted cenaba
-Imposible, cerré puertas y ventanas, y aparte jamás mi amor escaparía.
- ¿Qué forma tiene?
- ¿El qué?
- Me refiero a su amor.
- Usted es un atrevido, su función no lo autoriza a humillar a mi amor
- Necesito tener la descripción del objeto sustraído señora
- Llame al comisario, no le voy a permitir a alguien que escribe con dos dedos a máquina llame objeto a mi amor.
- Señora, usted se encuentra muy alterada, carece de claridad para responderme. Mientras nuestro personal pesquisa el hotel, le ruego que vaya y tome una sopa caliente y que luego trate de descansar. Que si se produce alguna novedad, inmediatamente le avisaremos.
- Por favor, tienen que encontrarlo, estoy preparada para recibir la más horrible de las noticias.
- Le prometo que la enteraremos de todo.
- Usted cree que hay un asesino que me pinchó el globo ¿No es cierto?
                                                                   Fin



miércoles, 3 de agosto de 2016

La realidad es pura casualidad


El último torneo de Aristóbulo Buomtossi


En el puesto, echando hielo sobre los pescados, Giovanni vio acercarse al escribano. Sonrió al verlo. “Por ahora no necesitamos fileteadores”, expresó en voz alta con sorna. El escribano, sin darle importancia a su compañero de primaria, tomó de un banquito laqueado las botas de goma, un delantal, un gorro con orejeras de látex, unas antiparras enterizas, una caña plegable y una capa de plástico brilloso. Alisó el vaquero y la camisa leñadora. Se acercó al mármol dónde Giovanni desparramó su cardume muerto de grandes piezas. Se agachó sobre su hombro, y a modo de reflexión, en voz baja, apuntó, “Después de todo para llevarse un segundo premio no alcanzan con las copas, es necesario mostrar la evidencia”. Señaló un cazón con aspecto de fiera. Giovanni echó una carcajada cómplice, y el escribano sintió la abstinencia horaria del whisky. Recordó que sus amigos, la “Sociedad de los caballeros penetrantes”, lo esperaba en el bar frente al mercado del Plata. “Giovanni prepáralo y envolvelo con el equipo, que en una media hora los vengo a buscar. Los muchachos me están aguardando con el penúltimo trago”. Pangaro lo vio llegar, entonces dijo: “Brindemos por los tres días inolvidables que pasamos, por las hermosas locas que nos acompañaron, y sobre todo, por el segundo puesto de nuestro querido escribano Aristóbulo Buomtossi”. Levantaron sus copas, las chocaron y festejaron con carcajadas. Después de servir el segundo trago, el apodado Rasputín, un abogado de mirada intensa, preguntó “¿Por qué nunca querés sacarte el primer premio del torneo?”. El escribano bebió, peló unos maníes, y al fin, expuso:
“Mi mujer está convencida que soy un inútil, incapaz de ganar nada por mi cuenta, y que si algo tengo es porque me lo dieron las herencias. Siempre me menoscaba, lo hace con todos, sus amigas, mis parientes, en fin, con todos”. Los de la mesa adaptaron su rostro a la circunstancia y Rasputín interrumpió “¿Pero que tiene que ver el primer premio con tu mujer?”  Aristóbulo, no lo tuvo en cuenta, y prosiguió su relato “Estos torneos de pesca los inventé, buscando la excusa perfecta para zafar del agobio constante de la presencia de la bruja. Ustedes quieren creer que frunce la nariz, escoltando un gesto de asco cada vez que nombran al pescado y pescadores.  Me pasé varios meses planificando la forma de escabullirme para salir varios días con otras minas y con ustedes. Necesitaba que al volver de la libertad no haya escenas.
Desde entonces, cada vez que quiero irme de joda, publico un aviso recuadrado en el diario, anunciando un torneo de pesca. Las zonas que elijo no tienen ningún otro atractivo que el mar o el río, me percato muy bien de que no existan negocios, shopping, o gastronomía de calidad cerca, cosa que la turra no vaya a tentarse. En cada aviso agrego unas líneas de advertencia dramática, por ejemplo: - En la región se ha detectado últimamente víboras, cuyo parentesco con las boas se investiga. Recomendamos no olvidar de traer un antídoto específico- Cuando desayunamos, aprovecho para mostrarle la publicación, le pido que sea de la partida, sabiendo que jamás dirá que sí. Pero antes de todo esto y lo que sigue, Lo más importante, para que ella no sospeche, fue tener una coartada, un argumento de ¿cómo llegó a gustarme hasta el fanatismo la pesca?, deporte que como ya saben, nunca he practicado.
La solución vino con mi profesión, mejor dicho con el colegio de escribanos. El presidente es un rana, ex compañero del secundario. Si bien el puesto lo ha acartonado, a mí, por cortesía del pasado me escucha. Lo convencí que enviara una carta con membrete a mi domicilio, convocándome al primer concurso de pesca organizado por la institución, con asistencia obligatoria.
Para mi señora, que se instaure el evento -Escribanos a pescar-, fue original, yo se que pensó: <a un torneo de pesca no concurren mujeres>. Para que no capture sus cavilaciones, opinó que reuniones así deben resultar más agradables que los congresos, siempre con ponencias aburridas y una única conclusión de escribanos, dar fe.
Ella se acordó de algo que ni yo tuve en cuenta. Necesitaba poseer un buen equipo completo de pesca. No había que fijarse en gastos me dijo, no sea cosa que los colegas me tildaran de amarrete o de fundido. Como ganas de gastar más dinero de lo debido no tenía, no dejé que me acompañara a comprar ninguno de los accesorios. Imagínense, yo que nunca pesqué ni una mojarrita. Por suerte lo tengo a Giovanni, el que tiene la pescadería en el mercado, hicimos juntos la primaria, y si bien pertenecemos a ambientes diferentes, desde que nos conocimos fuimos compinches. El me explicó algunas cosas y me dio otras, como botas, capa, antiparras, caña, reel, medio mundo etc. De aquel seudo torneo volví entusiasmado, tanto, que solita al verme cayó en el lazo, hasta creyó que había sacado alguna distinción. En realidad, mi buen humor se debía al relax de Punta del Este, casino y bombón femenino. “Descubrí que la pesca es mi pasión” le dije dibujando una sonrisa de oreja a oreja. Ella hizo el gesto del pescado, luego aceptó lo inevitable, y con voz astuta dijo: “Puede ser que algún día te ganes una mención”.  Sin contestar, guardé el equipo en el armario. Sin saberlo, ella perfeccionaba mi plan.
Antes de un fin de semana de falsa pesca,  encargo en un negocio de la calle Montevideo, una copa o plaqueta, la hago grabar con el nombre del torneo, elegido antes, cuando publico el aviso y añado, pensando a la mina que me va acompañar, un tercer o cuarto premio, o una distinción. En esta oportunidad grabé una copa con el segundo premio, un poco para levantar mi autoestima, y para deslumbrarla. Para convencerla sobre un primer premio, querido Rasputin, necesitaría una publicación de un diario de la zona, con mi foto y el pescado en tapa, y otras tomas impresas, cuando la entrega de la copa gigante, rodeado de extras vestidos con esos equipos espantosos. Esa fuga consensuada me saldría un dineral que no creo que cambie el objetivo. Recién le pedí a Giovanni que me envuelva el equipo deportivo, y un cazón de notables dimensiones para llevar a casa.”

Antes de volver al hogar, Buomtossi pasó por el mercado. Giovanni no lo pudo esperar, “Uno tiene el equipo, y el otro el tiburón. Para hacer tiempo me esmeré con la prolijidad” comentó el ayudante que le entregó una caja blanca y una bolsa plástica.
Contento Aristóbulo entro en su casa, y depositó sobre la mesa de la cocina la copa del segundo premio y el ataúd alargado del pescado, decorado con un moño azul francia. Con la mano desocupada abrazó apasionadamente a su señora, la beso, y sin decir palabra se acercó al armario y guardó el equipo hasta la próxima salida.
La mujer entusiasmada, pensando que aquel moño azul presagiaba el obsequio de un caballero, se abalanzó a sacarlo, luego hizo otro tanto con la tapa. La impresión, detuvo por segundos el grito: “Son filetes de pescado”. Aristóbulo llegó corriendo a su lado y comprendió todo, el ayudante de Giovanni fileteo prolijamente el cazón para hacer tiempo, como él dijo, y para congraciarse con el cliente lo envolvió para regalo.


                                                  Eduardo Wolfson